En la iglesia de San Pablo Santiago Sas, estaba despachando al último feligrés de la mañana en el confesionario. Después de dar la absolución, miró a través de las cortinillas granates, hacia los bancos por si quedaba alguno. Al ver que no lo esperaba ningún pecador, salio rápido del confesionario y, casi a l trote, llegó a la sacristía.
Mientras se desvestía ayudado por un monaguillo, en el despacho del párroco de San Pablo, le esperaba su mentor y amigo Basilio Boggiero. Gracias a él, Santiago, dio un giro en su vida y acogió la senda de
En cuanto entró Santiago noto por la cara del su maestro que algo le rondaba por la cabeza.
- ¿Qué ocurre Basilio? Le preguntó santiago al pasar la puerta
- ¡Ah, ya estas aquí! Nada solo pensaba.
- Y ¿en qué? Si puede saberse.
- En esta carta que me ha llegado esta mañana al alba. Es del Abad del Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial. En la carta me exponen unos hechos, de los cuales algo sabíamos, ocurridos en Madrid las días dos y tres de Mayo de este año. Hace una quincena.
- Y…
- Pues que Madrid se sublevó contra los franceses. Todo el pueblo de Madrid se alzó en armas frente al invasor. Y los franceses se vengaron de toda esa pobre gente, que Dios tenga en su Gloria, asesinándolos como a pendencieros. No les importó en absoluto que fuesen niños o mayores, hombres o mujeres, laicos u hombres de Dios. Nada les importo una vez aplastado el alzamiento, todos los sospechosos de tomar parte en ese refriega fueron pasados por las armas y algunos colgados durante días a las puertas de la ciudad.
Santiago se dejo caer en el sillón de cuero viejo que tenia detrás de la amplia y reluciente mesa de caoba con los ojos fuera de órbita. Su cabeza intentaba asimilar la noticia mientras intentaba inútilmente sacar una palabra de su asombrada boca.
Te comento esto –dijo mirando por encima del hombro hacia atrás para asegurarse que estaba solo- porque despues de Madrid, Barcelona, Pamplona, Bilbao solo queda Zaragoza. Y que tarde o temprano estos gabachos entrarán en
- ¿Y que hacemos? Preguntó Santiago
- Tenemos que Informar al Capitán General Jorge Juan de Guillelmi, aunque supongo que las noticias van más rápido entre los soldados que entre los hombres de paz.
Mientras Santiago asimilaba las palabras y un sudor repentino y frío le cubrió el cuerpo que acababa de escuchar las campanas de
Decidieron salir a comer algo a la taberna que se encontraba a escasos treinta metros de la parroquia. Allí, despues de saludara a todos los que se encontraban en la taberna se sentaron en una mesa.
Pensaron que antes de comunicárselo al Capitán General, intentarían comunicárselo a otros ciudadanos de Zaragoza, a algunos hombres de bien que les apoyaran ante el Capitán. Sabían que Guillelmi era un afrancesado y no las tenían todas consigo en que entendiese lo que se avecinaba.
Mientras Palafox se terminaba de vestir con la ayuda de Elvira, Santiago le esperaba en la biblioteca observando los mapas que se desparramaban por encima de la mesa. Como buen militar la mirada recorría los mapas, los cuales se apreciaban las defensas de la ciudad con sus puertas y el temido ejercito a las puertas. Santiago se obcecaba en encontrar sentido a las distintas llamadas que figuraban por todo el mapa a distintos colores pero por más que observaba no comprendía, ya que no figuraba ninguna llamada en el mismo. Al cabo de unos minutos esas rayas, asteriscos, colores, rectángulos, flechas se le abrieron a la mente y los comprendió
Mientras tanto la ciudad de Zaragoza, a esa hora, rebosaba alegría. Todo era un ir y de venir de la gente más o menos ocupada. Se mirase a donde se mirase era un ajetreo alegre de personas ocupadas en sus quehaceres, en pequeños corros, hablando o gritando sus mercancías. En definitiva era una ciudad viva. Como vivo era ese muchacho de ropas roídas y descoloridas por el uso. Unos pantalones viejos por la rodilla con manchas, a saber de qué, con unas medias de lana acabadas en unas sandalias desgastadas y una blusa , que al principio sería blanca pero que ahora se veía casi gris que miraba con miedo al otro grupo de chicos que estaban jugando a la peonza en el suelo. Casi todos los días le obligaban a poner pies en polvorosa por ser el hijo mayor de un hortelano que vendía sus productos unos metros más abajo. El chico agacho la cabeza y apresuro el paso asiendo firmemente el cántaro que portaba para rellenarlo de agua fresca como le mando su padre.
Pasó por la acera de enfrente y la suerte ese día estaba con él, ya que el grupo no se percato de su presencia gracias a la discusión que tenían.
Jaime que así se llamaba el chaval, suspiro aliviado al verse a salvo. Torció por la calle empinada en dirección a la fuente pensando en sus quehaceres.
Jaime era el mayor de los siete hermanos. Sus padres un hortelano y su madre, su madre un poco de todo. Cuando no estaba preñada, se valía para cuidar a los niños y ayudar al padre en el puesto. También sacaba tiempo para mantener la casa limpia y hacer unos bordados finísimos que vendía, de vez en cuando, a una tienda de la calle San Gil donde las señoras de alta burguesía aperciban el valor y la maña de esos bordados. Poco a poco se iba ganado una reputación. Al ser el mayor, y según el derecho Aragonés, en cuanto su padre dejase este mundo de Dios, todas las partencias las heredaría él por ser el primogénito. Jaime acababa de hacer trece años. Era alto, guapo aunque flaco. Tenía la tez blanca como su madre y sus mismos ojos grandes y verdes poblados de unas pestañas negras. Al ser flaco, ya que la comida escaseaba a veces, los músculos de su adolescente cuerpo, eran finos y nervudos.
Llegó a la fuente para llenar el cántaro y volver presuroso a sus quehaceres. Al volver cambió de camino para evitar encontrarse con los zagales que le hacían correr. Siguió con su paso rápido para no demorarse.
A la altura de la calle Santiago torció y abandono el paso presuroso ya que se acercaba a la casa donde habitaba una chica que cuando estaba delante de ella, el corazón se le aceleraba, notaba la sangre en la cara y sus palabras se volvían monosílabas. Esta vez quería entablar conversación con esa chica. La noche anterior, antes de dormirse, repaso más de quince veces, un diálogo imaginario para poder hablar con ella.
La divisó a unos treinta metros. Enseguida noto que el corazón se le aceleraba, que las manos se le empapaban y empezaba a respirar agitadamente. Cuando llegó casi a su altura esta se volvió, como si lo esperase. Su sonrisa blanca como la nieve, con unos labios carnosos le parecía a Jaime, la mejor sonrisa del mundo. Sus pómulos blancos, con una pequeña motas de color, unidos a unos ojos negros y grandes además de su melena negra recogida bajo una redecilla blanca hicieron que Jaime caminase más despacio para poder aprovechar la vista. Ella bajo la vista con coquetería, mientras ella vaciaba a las calles una gran palangana.
Al Llegar a su altura se paro y la miró fijamente con una amplia sonrisa que fue devuelta con una franqueza que hizo que las piernas le temblasen.
- Mi nombre es Jaime.
- Lo sé. Contesto. El mío es Natividad. Y vivo aquí.
Así estuvieron sin hablar largo rato mientras se miraban con la sonrisa puesta hasta que una llamada estridente de dentro de la casa los sacó que trance en el que flotaban. Natividad giro sobre sus talones y volvió corriendo hacia la casa con una risita que ha Jaime le pareció la mismísima risa de los ángeles.
En la biblioteca, donde le esperaba el General, llena de libros y documentos que tapizaban toda la estancia. Los libros y documentos versaban de las cosas más dispares. Se podría encontrar desde un tratado de estrategias militares pasando por otros de leyes, muchos de historia, otros de las colonias –escritos en su mayoría por los Jesuitas-, derecho romano, arquitectura, pintura y como no, todos los clásicos. En fin, era una biblioteca que cualquier erudito se dejaría sacar tres muelas para poder pasar en esa confortable habitación un día entero. Palafox, se encontraba sentado detrás de su mesa de escritorio de caoba, sobre ella se encontraban legajos que estaba leyendo en ese instante gracias a los candelabros repujados y dorados iluminaban la mesa sin ningún problema.
Palafox alzo la vista y moviendo el documento que sostenía con la mano hizo un gesto para que se sentase. Siguió leyendo unos minutos hasta que los dejo sobre la mesa y miro directamente a Santiago.
-¡Que escabechina, Santiago, que escabechina!
-¿De que me hablas?
De que va a ser de Madrid. La revuelta de hace quince días, la que el pueblo se levanto contra esos malditos gabachos. Todo el pueblo de Madrid se ha sublevado contra los franceses. ¡Todo el Pueblo! -dijo esto golpeando la mesa- desde los panaderos, carpinteros, carniceros, herreros, zapateros, mujeres, prostitutas, niños, ancianos. Todos menos, claro esta los burgueses, y el clero y todos esos hideputas de los afrancesados como ese cabrito de Godoy, ha obligado al ejercito a mantenerse al margen de la sublevación. Mientras sigue como siempre, besando las posaderas de “mesieur Napoleón”. Dejando que el pueblo muera de hambre, despues que nuestra gloriosa marina, tuviese su día más negro en Trafalgar dirigido por ese incompetente marino de agua dulce que llevó a nuestros gloriosos Churruca, Gravina a la muerte cuando todos los nuestro le decían que ir a buscar a los ingleses era una misión suicida. ¡Pero Claro! Ese “enfant terrible” quería darles un escarnio y lo que encontró fue su primera derrota. Nos ha echado toda la culpa a los españoles, y en Madrid nadie ha contestado y nadie ha cogido a los afrancesados y los ha colgado de un palo. No
- ¿No estás exagerando José?
- No, no estoy exagerando, te lo comento muy en serio. Creo que después de Madrid, vamos nosotros.
- Pero, ¿Qué te hace pensar eso?
- La situación estratégica de la ciudad. Como sabes se encuentra en el centro del triángulo formado por Madrid, San Sebastián y Barcelona. Aquí tienen a las puertas de la ciudad, bajo el cargo del Gobernador Guillelmi a un ejército inmenso para poder mandar hacia donde les plazca sus contingentes de Infantería y Caballería.
- Bueno, bueno, creo que eres demasiado pesimista. Lo de Madrid si que fué algo extraño, pero la mecha que incendió todo fue que creyeron que transportaban todos los miembros de
- ¡Pero si están todos allá, exceptuando al Infante Fernando! Que al final, según un despacho que me ha hecho llegar un Capitán del cuerpo de Granaderos Real, el Infante también ha salido ya para Francia.
- ¡Vaya!, esa noticia si que es mala.
- Mala no Santiago, es Peor.
Día 13 de Mayo de 1808.
El cielo clareaba a las primeras horas del alba mientras Santiago, recorría las empedradas calles del Coso a un paso rápido. A esas horas todavía no se encontraba atestada de gente. Algunos hortelanos, chichorreros, carniceros con sus carros y sus caballerizas se acercaban al mercado central para que apunto de la mañana todo ese genero apareciera como un manjar delante de los asustados habitantes de Zaragoza, componían las únicas siluetas que se veían por la calle. Las noticias que llegaban de la capital del Reino producían en la población un inmenso temor. Por todos los barrios, casas de citas, albergues, monasterios, hospitales circulaba el rumor que la siguiente ciudad seria Zaragoza. Los habitantes de las aldeas y pueblos vecinos como Torrero, Casetas, Villanueba acudian con lo puesto a resguardarse, de lo que pudiese pasar, tras las murallas de
El cierzo soplaba así que Santiago se subio el cuello del tabardo y se encogio sobre si mismo mientras aceleraba el paso. Santiago de Álvarez y Miranda, ese era su nombre, pensaba mientras caminaba hacia la casa de su antiguo camarada y compañero militar José de Rebolledo y Palafox. Santiago y José se conocian muy bien pues aunque uno de Zaragoza y el otro de Huesca coincidieron en la escuela militar. Ambos fueron destinados, casi imberbes, a una de las compañías con más solera, arraigo y tenaces de todos los tiempos. Herederos del los famosos Tercios españoles. La compañía Flamenca de las Reales Guardias de Corps. Aquellos años en los que juntos pasaron penalidades y gloria en las guerras de Las Provincias, hizo que entre los dos creciese una amistad y lealtad inquebrantable. Juntos descubrieron la dureza de las batallas, la muerte por doquier, el tifus, el escorbuto. Por suerte ellos seguian en este mundo, muchos camaradas y amigos los esperaban en las puertas del mas allá.
Recordándolo a Santiago se le esbozaba una sonrisa que le iluminaban sus ojos color miel. Aunque caminaba encorvado a causa del viento, su silueta era de un hombre fornido y bien dibujado. Su cara, si no fuera por ese espadazo que en forma de cicatriz le recordaba lo cerca que estuvo de la muerte durante la última batalla y que se libro en el último instante cuando el enemigo asestaba ya su golpe de gracia, apareció por suerte para él, la espada de Palafox deteniendo el golpe que lo hubiese dejado como una res muerta en canal. De vez en cuando aun le dolía esa cicatriz, sobre todo cuando el tiempo cambiaba bruscamente como pasaba en ese momento. Ese día Santiago le debía una a José y este, en forma jocosa, siempre se lo recordaba cosa que hacia que riesen como si fueran niños.
El eco de sus pasos rebotaba por la estrecha calle Real Aduana, donde estaba el palacio de la familia de José Palafox. Se planto delante de la gran puerta doble de nogal abatió por tres veces la anilla en forma de serpiente, fuertemente. Al momento una sirvienta abrió el portalón apartándose a un lado, dejo libre el umbral de la puerta que traspaso Santiago en dos zancadas mientras le daba el sombrero y el tabardo a la muchacha que aguardaba pacientemente.
- El señor Palafox le esta esperando, señor Álvarez.
- Gracias, Elvira.
ANTECEDENTES
Tras la derrota que el ejército de Napoleón Bonaparte sufrió en
Al auspicio de la alianza franco-española que Manuel Godoy impulsó para contentar al expansionista vecino transpirenaico, tropas francesas habían cruzado la frontera en 1807 con la excusa de hacer cumplir a Portugal el Bloqueo Continental. Acantonadas ya a lo largo de España, y dada la apatía y dejadez de la monarquía Borbón, Napoleón decidió reemplazarlos por su hermano José Bonaparte. Es así como hace firmar a finales de ese año tanto al rey Carlos IV como al príncipe y heredero Fernando (futuro Fernando VII) las conocidas como Abdicaciones de Bayona en las que renunciaban a sus derechos al trono de España en favor de Napoleón, que a su vez renunció en favor de su hermano.
A pesar de las instrucciones de cooperar con las nuevas autoridades, el descontento popular por la ocupación militar motivó el levantamiento del 2 de mayo de 1808 en la capital. Tras la dura represión del mismo por parte francesa, diversas juntas autónomas se declararon en rebeldía en todo el país. En Zaragoza, el pueblo depuso al gobernador afrancesado Guillelmi y nombró el 25 de mayo al militar José de Palafox y Melci, partidario del Príncipe de Asturias y cabeza de la rebelión en Aragón. Éste repartió las armas del arsenal de
Un ejército al mando del general Moncey fue destinado a tomar la ciudad, de gran valor estratégico tanto por su relativa cercanía a la frontera francesa y su categoría de capital del Reino de Aragón, como por su posición clave como nudo de comunicaciones donde se cortaban el eje que unía la capital, Madrid, con Barcelona con el que enlaza el País Vasco con la costa valenciana. Así mismo, la línea logística del ejército francés comenzaba en Navarra y embarcaba los víveres en el Canal Imperial de Aragón, siendo Zaragoza un punto clave para garantizar el aprovisionamiento de las fuerzas francesas de Tortosa y Tarragona.
Hola a todos los posibles lectores de este blog.
Acabo de empezar otro escrito que iré colgando aquí.
Este tampoco va de Zombies, ni detectivesco.
Va a Hablar sobre los Sitios de Zaragoza en el año 1808
Si os gusta o no dejazme algún comentario
Adios
- Pero no crea que “he ganado”- dijo Camarero, a la pandilla de los Casado los han detenido en Lisboa cuando estaba a punto de coger u vapor para Brasil.
- ¡Vaya! Eso si que es un contratiempo importante para sus pesquisas. Entonces, si no fueron los casado ¿Quiénes fueron Sr. Casado?
- No lo sé. Aunque como Ud. sabrá no solo existe una cuadrilla que se dedica a asaltar casas. Supongo que será alguna de las que ya tenemos constancia, y si no será una cuadrilla nueva. Salen como setas en otoño desde un tiempo a esta parte.
- También puede ser, Sr. Camarero, también.
- Bueno pues sin más me voy. Tengo que llegar a la comisaría. He pedido uno telégrafos. Voy a ver si tengo respuesta. Si no le molesta Sr. Latorre, ¿podría darme alguna pista sobre lo que usted piensa?
- Ya se la di- dijo mi amigo estirándose todo lo largo que era para acercar sus pies a la chimenea- que es todo una falsedad.
- Sr. Latorre, seamos serios por favor. Si lo que dice usted es verdad, ¿con que motivo se hace el engaño?
- Eso no lo sé… aun.
Después de una cena majestuosa, digna de un rey, nos sentamos en la salita a tomar- yo un chinchón y Latorre un Oporto- y hablar sobre cosas banales, aunque mi compañero no daba mucho pie para entablar conversación. Seguía estirando sus pies al fuego de la chimenea, y se quedaba absorto otros momentos. Yo intentaba poner algo de mi parte para sacarle algo.
- si, querido Corvinos, tengo algo en mente –dijo de pronto como si leyese el pensamiento.-
- y ¿Qué es lo que tiene?
- Espero Noticias de un momento a otro.
- ¿a estas horas?
- Si.
- Pues si no le importa, le diré que me pareció un poco arrogante y malintencionado la forma en que trato usted a Camarero.
- Vamos, vamos Corvinos, hace tiempo que me conoce y creo que nunca le he dado pie para que desconfíe. ¿Qué no le he dado todo lo que sé? Pues si.
- ¿y eso?
- Mire –dijo recogiéndose y sentándose apoyando la espalda en el sillón- lo que yo sé es extraoficial, y lo que sabe Camarero es oficial. ¿me explico? Yo puedo juzgar por mi mismo, cosa que el no puede por ser el investigador oficial y tener superiores a los que debe informar. Aparte, si yo le digo todo el sueldo que se gana, tendría que ser para mi ¿no cree? –dijo esto último con una sonrisa en los labios-.
- Y ¿Cuándo espera usted las noticias?
- Ya, mismo ¿no ha oído el timbre?
- Si, y oigo los pasos subiendo la escalera…
La puerta se abrió y se vio en ella dibujada la figura de
- Tome asiento Sr. Lasierra recibió usted mi telegrama por lo que veo.
- Si señor, Recibí su telegrama, y aquí estoy a la hora que me indicaba.- eran la diez y media de la noche- Me he enterado de que ha estado en
- Tranquilícese, y tome una copa de este oporto que esta realmente bueno. Mire señor Lasierra, si yo creyese por un solo momento, que usted es un criminal, no estaría sentado allí tan tranquilo eso seguro. Ahora le ruego que se tranquilice y me responda a las preguntas que voy a efectuar. ¡Ah! Y le digo que no me podrá engañar. Al primer atisbo de mentira le entrego a la policía.
El gigantón se bebió de un sorbo el vino que le habíamos servido, y empezó a mordisquear un cigarro que llegaba en la boca.
- ¿Qué quiere que le diga Sr. Latorre?
- La verdad, únicamente
- Esta bien. Ya me da lo mismo. Acataré lo que ud decida. Y también le digo que me da igual lo que me depare el futuro. Volvería a hacer lo que hice sin ningún género de dudas. Cuando pienso en la pobre señora, Elisa Campoviejo, me negare siempre a llamarla Sra. Llamazares, se me derrite el alma. Bueno les cuento- suspiro, dio una larga calada a su cigarro, y empezó a contar los hechos-.
Supongo que ustedes sabrán que a
- ¿Se le declaró usted? –intervino Latorre-
- No, no lo hice, su doncella me comento que venia a España a Casarse con el Sr. Llamazares, y como usted comprenderá al oír ese nombre, vi. que mi empresa era imposible.
- Siga, siga.
- Bueno, la sra. Me trató como nadie en mi vida me ha tratado. Con dulzura, con cariño y amistad. Y la trate como un enamorado trata a su enamorada. ¿Cómo se iba a fijar en mí si en España la esperaban títulos, riquezas, joyas, alta sociedad? Y yo ¿Qué podía ofrecerle? Si mi amor incondicional pero un marinero sin más. Ella ha nacido para lo bello y lo mejor de esta cloaca que es el mundo. Y yo no podía proporcionárselo. Me alegré por ella, pero no evito que intimáramos en el viaje como dos grandes amigos. Como sabrán me ascendieron a capitán y el barco no estaba preparado para hacerse a la mar y por suerte me quede hospedado en Madrid. Un día caminando distraídamente por
La doncella acudió rauda al oír los gritos de él y ella y cuando se presento ya todo estaba finalizado. Descorche una botella de vino y le hice beber a
Y eso Sr. Latorre es lo que sucedió, aunque me vaya el garrote vil. Esto es lo que pasó.
Latorre se quedo pensando, como si durmiese, y de pronto se levanto y fue hacia el hombretón dándole la mano.
- Aquí tiene usted lo que pienso. Creo que me ha dicho totalmente la verdad. Apenas ha dicho algo que yo no supiese. Nadie podría haber hecho los nudos que mantenían a la señora atada si este no era un marino. Solo una vez la señora había estado en contacto con marinos, y fue en su travesía por el Atlántico, y tendría que ser alguien de su escala social, más o menos, una señora como ella no se dirigiría a los carboneros, por ejemplo. Y también demuestra dos cosas una que la señora no quería delatarlo y la otra, consecuencia de esta, es que sentía amor por usted. Ya ve que fácil ha sido cogerle a usted en cuanto he dado con la pista correcta.
- Creí que la policía no daría nunca con los hechos verdaderos.
- Je, Je, y aun no lo ha hecho. Ni lo conseguirán, espero. Y ahora señor Lasierra, comprenderá usted que esto es un tema grave de verdad. Así, que si usted quiere, puedo dejarle un día de ventaja para escabullirse de
- Y al cabo de ese tiempo… ¿se hará todo público?
- Si por supuesto, ya sabe la calaña de los Tabloides.
- Y ¿QUIERE QUE ME VAYA Y PUEDAN CULPAR A
- Je, je, Tranquilo hombre de Dios, esta era mi última prueba para ver si realmente todo los sentimientos que ha contado usted eran reales y veo que sí.
- y ¿Qué hacemos?
- Yo al Sr. Camarero, le di mi opinión y la pista, que no ha querido seguir. Es harto improbable que consiga desentrañar el misterio si siguen actuando así.
Vamos a ver, Usted Lasierra es el reo, usted querido Corvinos es el Jurado. Y yo como nadie queda seré el juez…. Ejem, señores de Jurado ya han escuchado todo el caso. ¿Cómo declaran al reo Culpable o No Culpable?
- No culpable –Continué intentando hacer dignamente el papel que Latorre me había dado-
- Bien, el Jurado ha hablado. Mientras
- Gracias Sr. Latorre. Muchísimas gracias.
Y Así termino el caso de
Este también fue el único caso donde mi amigo “perdono” a un “culpable”. Mucho más adelante, cuando Latorre ya se había retirado, me entere de
- ¿pero qué? Pregunto Camarero.
- Esos vasos…
- ¿Qué le pasa a los vasos?
- ¿Cómo usted no ve nada extraño?
- Pues…
- Nada, nada dejémoslo correr. El cerebro mío carbura demasiado deprisa intentando buscar alguna solución para idioteces algunas veces… esta puede ser una de ellas. Esto de los vasos debe ser pura casualidad. Por lo que veo Camarero usted ya tiene a sus sospechosos, bueno, a sus culpables por lo que mi estancia aquí sobra. Corvinos, vayámonos a aprovechar lo que queda del día.
En el trayecto hasta la estación Latorre estuvo ensimismado en sus pensamientos, con lo que casi no me dirigió la palabra. Conociendo como conocí a Latorre, veía su rostro acerado y su brillante mirada como que algo no le cuadraba, pero sabía que en ese estado era mejor no interrumpir su maquinaria pensante.
Ya en el tren seguía ensimismado, hasta que, como si despertara de un sueño, me comento:
- Corvinos, le pareceré un loco, pero me parece una locura dejar este misterioso caso tal y como dice Camarero. Llámeme loco si quiere, pero por muchas vueltas que le doy no me cuadra en absoluto. Si ya se que la honorable Señora y su criada no han dejado lugar a dudas… pero hay algo que me huele a podrido.
- ¿Los vasos?
- ¡Exactamente! Los vasos. Ya sabe usted que a mi me gusta empezar una investigación por mis propios medios, no que me den una caso casi, no, yá resuelto. Yo, hubiese empezado por los vasos, cosa que Camarero, los ha dejado casi de lado. Yo hubiese actuado así, y ahora borre de su mente todo lo dicho anteriormente por la señora, su criada, y Camarero. ¿De acuerdo? Bien ahí va.
Los Ladrones han actuado hace dos semanas a poca distancia, y según los tabloides y la policía se apropiaron de un gran botín, y de cómo esa cuadrilla actuaba dejando claras pistas por si alguien quisiera usar esta información como un plan. La mayoría de los ladrones, incluyendo a estos, cuando dan un buen golpe se retiran durante un tiempo por dos cosas: una que se calme toda la investigación y otra disfrutar de paz y sosiego mientras planean el próximo movimiento, no se arriesgan a dar otro golpe y menos tan poco provechoso como este, dejando una grañidísima cantidad de objetos valiosos a su alcance y con un asesinato a sumar a sus ya numerosos delitos.
La cuadrilla es por así decirlo, profesional. ¿Qué asaltador profesional entra en la casa y le da un puñetazo a la inquilina para que no grite, cuando lo más seguro es que grite por el puñetazo y no por el susto? Y por último no es corriente que gente como esta descorchen un Excelente vino y no se lo terminen o no se la lleven ¿me sigue usted Corvinos? ¿Qué impresiones saca Ud de todo esto?
- Pues la verdad que visto así, impresiona un poco, pero desgranando como la ha hecho todo parece factible. Lo que no ha comentado usted es que la señora fue atada en la silla.
- Mire Corvinos; lo de atar a la señora, me parece que solo tenían dos opciones, o la mataban, como al Conde, o la inmovilizaban. Para que no diese la alarma cuando hubiesen terminado de consumar el robo. Pero esta los de los vasos.
- Dígame ya, por Dios, que barrunta usted con los dichosos vasos de vino.
- Nos dijeron que bebieron tres hombres en ellos ¿le parece a Ud verosímil?
- Claro ¿Por qué no? Había resto de vino en los tres vasos.
- ¡Exactamente! Pero solo en uno de ellos había posos de vino ¿lo recuerda?
- Pues que seria el último vaso el que tenga el poso.
- No, la botella lo tenía en abundancia como yo me fije. Y es imposible que los dos primeros vasos aparezcan limpios de posos y solamente el último tenga poso y bastante. He llegado a la conclusión que solo hay dos opciones para eso; una es que una vez lleno los dos vasos, para fastidiar al tercero, agitaran violentamente la botella, cosa poco probable, ¿no cree?
- Y entonces ¿Qué es lo que cree?
- Que solo fueron utilizados dos vasos. Y que los posos de ambos fueron vertidos en el tercer vaso. Para dar credibilidad a la engañifa de que fueron tres personas las que había en la habitación. En ese caso ¿Dónde se encontraría el poso? ¡Exactamente! En el último vaso. Y aquí es donde viene lo bueno por que si tal y como yo sostengo, solo se usaron dos vasos, eso quiere decir Sr. Corvinos que…
- ¡La doncella y
- Excelente, Corvinos, excelente- dijo riendo por lo bajini- y que del relato que nos han contado la señora y su doncella no debemos creernos nada en absoluto. No debemos creer nada de lo que esas señoras digan, deben tener una razón poderosísima para urdir un plan tan bien expuesto y ocultar al verdadero criminal. Nosotros tenemos que empezar con este cabo para desenmarañar el ovillo que esta un poco enredado. Camarero ira por su lado y nosotros por el nuestro. ¿esta conmigo Corvinos?
- Hasta el Infinito y más allá.
Cuando los habitantes de
Tuvimos suerte ya que, Camarero no se encontraba en la casa puesto que fue ha a informar a sus superiores de cómo iba el caso.
Latorre y yo fuimos directamente al salón donde ocurrieron los hechos. Todo estaba tal y como nosotros lo dejamos exceptuando, claro, el cadáver de Sr. Llamazares, que no estaba y en su lugar se veía un perfil de una figura humana en el suelo pintado con tiza blanca.
Latorre cerro con llave y acto seguido se puso a investigar a sus anchas. Yo me acomode en un confortable sillón orejero y me dispuse a ver, como otras tantas veces, el trabajo concienzudo de mi amigo.
Observo la ventana, la silla, el cordón de la silla, la alfombra con la mancha de sangre aun fresca, las cortinas… en fin todo lo que estaba en la habitación fue escudriñado por el ojo y la mente rápida y deductiva de mi querido Latorre.
De pronto dio un ágil salto y se encaramo a la repisa de la chimenea y observó, durante unos minutos, el trozo de cordón que quedo en el techo agarrado aun al alambre. Lo miró y requtemiró con detenimiento y yo vi que casi se le iluminaba la cara. Aun hizo el movimiento de intentar agarrar el trozo pero se quedaba a escasos centímetros del cordón. Luego salto al suelo con una pequeña sonrisa de satisfacción en la cara.
- Todo esta bien, Corvinos, muy bien diría yo. Nuestra cadena de acontecimientos esta casi con todos los eslabones perfectamente colocados. ¡Ah, si hubiese hecho caso a Camarero! Vaya torpeza hubiésemos conseguido.
- ¿Ya dio con los hombres? –dijo yo incorporándome casi de un salto-
- Con el HOMBRE, Corvinos, y extraordinario por cierto.
- ¿Cómo que Extraordinario?
- Pues sí. Si no, fíjese en el hurgón, esta doblado del impacto, o sea, que debe tener una fuerza descomunal. Rondara entre el metro ochenta y cinco y el metro noventa. También será ágil y diestro con el empleo de los dedos. Y, ahora lo más destacable, tiene una inteligencia superior como demuestra que, creo, fue el a quien se le ocurrió todo este teatro. Pero, como siempre le digo, siempre hay alguien más listo que tu ¿no es así? Se le pasó por alto el cordón, y no contaba con que me llamaran.
- ¿Dónde estaba la pista para poder deducir todo esto?
- ¡Bah! Cuando se lo explique desaparecerá todo el misterio. Bueno, bueno no se impaciente querido amigo. Contésteme a esta pregunta ¿si usted hubiese sido el asesino y fuera a dar un tirón para arrancar el cordón de la campanilla por dónde se hubiese roto?
- En la unión con el alambre –conteste yo-
- Efectivamente, pero ¿Por qué se ha roto a unos siete centímetros del alambre?
- Por que estaría deshilachado.
- Muy bien, como vemos en el cordón con que ataron a
- Ahora, querido Corvinos, fíjese en la mancha de la silla, en el asiento. ¿Qué cree que es?
- Sangre, sin ninguna duda.
- Y ¿no le dice nada?
- Pues…
- Con esto se desbarata el relato, el cuento de la señora. ¿Cómo va a haber una mancha si estaba la señora atada y sentada en la misma?
- Entonces se tuvo que sentar después del golpe en la cabeza a su marido.
- Exactamente, y su vestido negro tendrá que llevar una mancha como esta de la silla. Tendremos que volver a molestar a la doncella antes de dejar ver nuestras cartas ¿no opina Ud. igual?
- Por supuesto que sí- respondí con una cara llena de asombro y veneración-
La criada se presento ante nosotros con el rostro que dibujaba resquemos hacia nosotros.
La doncella era una mujer de piel oscura pero radiante. Unos ojos negros y grandes que acompañaban unas pestañas de tigresa. Sus rasgos redondeados y sus sobrantes carnes hacían que pasara desapercibido el detalle que de cara era una señora muy bien agraciada.
Al principio de la entrevista contestaba únicamente con monosílabos, pero Latorre, cuando quería era capaz de ser un autentico Don Juan. Viendo como vió que la doncella no quería contarle nada nuevo, desplegó durante bastantes minutos una andanada de cumplidos y pequeños chascarrillos hasta que se gano la confianza de la doncella.
Al cuarto de hora la doncella ya no ocultaba su odio hacia su difunto señor.
- Si señor, varias veces me había puesto la mano encima. De normal, cara afuera, era un respetable y rico señor con títulos nobiliarios. Dentro de la casa era un demonio. Cuando bebía, y lo hacia constantemente, se volvía en una persona dura, áspera, maleducada, y violenta. Las veces que me pegó fue siempre por defender a mi Señora, a la que quiero más que a mi vida, pues la conozco desde casi nació. A mi no me importaba recibir si con ello evitaba que pegara a mi querida señora.
- ¿Le comento la señora las rozaduras del brazo que portaba hoy’
- No, no me comento nada, pero no me extrañaría en absoluto que hubiese sido esa bestia de hombre. Lo que pasa es que la señora es muy orgullosa, y antes de aceptar que su marido borracho la maltrataba, se hubiese dejado ahogar, sobre todo por los amigos del Sr. que son todos muy parecidos y no veían con buenos ojos que una mujer de ultramar viniese a una de las casas más antiguas de España.
Cuando conocimos al Sr. era todo mieles, engatuso y engaño a mi pobre señora hasta que la convenció que viniese para la madre patria. Para vivir aquí una vida plena decía. Plena de horror y de disgustos. Pues en cuanto llegamos a España el señor empezó a ser muchísimo más severo con todos y se volvió un ser despreciable.
- ¿Fue el primer viaje de la señora a España?
- Si era el primero que hizo. Vino engatusada con el título, y el ser grande de España.
- ¿Vinieron directos o hicieron alguna escala en el mar?
- No vinimos directos en una Goleta a vapor.
No hubo terminado casi de contestar cuando en el umbral de la puerta vimos la estilizada e imponente figura de la señora de la casa. Rápidamente la doncella nos dió la espalda y fue junto a su señora que seguía un poco fatigada por los sucesos.
- No creo Sr. Latorre que hayan venido a hacerme más insoportables preguntas ¿verdad?
- No señora. Creo que me tiene usted por lo que no soy. Se que usted a sufrido mucho durante mucho tiempo. Le ruego a usted que se muestre confiada conmigo yo sabré devolverle esa confianza sin ninguna duda.
- No entiendo Sr. Latorre, ¿Qué quiere que haga yo?
- Solo una cosa.-dijo esbozando una sonrisa lo más cariñosa que le he visto yo en la vida- Que me diga usted
- ¡SEÑOR LATORRE!- exclamó con un deje señorial que impresionaba a todos menos a Latorre, claro-
- Vamos, vamos Sra. Llamazares, cuénteme la verdad
- ¿Qué verdad Sr.?
- No se si usted sabe, ya que lleva poco tiempo en España, que yo, como decirlo, gozo de una reputación ganada ya en mis años de extraños casos. Pues bien, mire lo que le digo. Estoy dispuesto a jugármela entera en que el relato pormenorizado que usted y su doncella nos hicieron es todo una FALSEDAD.
Tanto la doncella como
- Sr., Latorre, es usted un maleducado diciendo estas cosas a mi joven señora. Y más hoy después de lo ocurrido esta noche.
- Sigo esperando…
- ¿Qué quiere decir? ¿Qué mi señora le ha contado un cuento, un engaño?-decía la doncella que la palidez de su rostro había desaparecido y unas manchas rojizas estaban ahora alojadas en las mejillas-
- ¿No tiene nada usted que decirme?-pregunto Latorre mientras hacia un ademán de levantarse-
- Ya le he contado todo lo que paso esta noche- dijo la señora.-
- Por última vez Sra. ¿no tiene nada nuevo que decirme?
- Ya le he contado todo lo que sé – yo me fije que unas pequeñas perlas de sudor le bajaban por las sienes.
- Lo siento por Ud.-dijo Latorre levantándose y dirigiéndose a la puerta-
Saliendo por la puerta principal se descubría ante nosotros el gran jardín en todo su esplendor iluminado por el sol frío de invierno de ese día. En la derecha vimos un hermoso estanque rodeado de un parterre, ahora desnudo. En estanque, helado menos en el centro, le llamó la atención a mi amigo que se acerco a curiosear y cuando se satisfizo me alcanzo con grandes zancadas cerca ya de la salida de la finca.
En la puerta se encontraba un Guardia Civil esperando; tal y como le ordeno Camarero. Latorre escribió una nota y se la entrego con orden de que se la diese al Sr. Camarero nada más que le viera.
Nosotros nos encaminamos hacia la estación de tren.
- ¿Hacia a donde vamos Latorre?
- Aquí hemos terminado de momento- me dijo- Volvemos a la capital a las oficinas de
- ¿Para qué quiere ud. ir allí?
- De momento no se lo voy a decir… solo le digo que si allí no encontramos lo que busco, tendremos que ir a otras dos líneas más que tienen sus oficinas centrales en Madrid.
- No entiendo que…
El viaje se hizo monótono, pues en el trayecto Latorre, se dedico a estirar sus piernas, juntar las manos sobre el pecho y bajarse el sombrero hasta taparse los ojos. No abrió la boca en todo el trayecto. Yo observaba como los árboles desnudos pasaban ante mí a una gran velocidad.
Llegamos a
En poco más de veinte minutos, Latorre ya tenía toda la información que quería. En el año 1932 solo dos grandes buques habían venido de Chile hacia España. “El Montenegro” –así se llamaba el Vapor- fue el barco en el que
Latorre le pregunto que si la tripulación que navegaba en el era la misma que cuando llego.
- Si. Son la misma tripulación a excepción del Segundo de Abordo, D. José Maria Lasierra de Loscos. Ya que ha ascendido a Capitán y se hará cargo del nuevo buque de
- No, no le diga usted nada de esta entrevista, por favor. Pero me gustaría que me facilitase su hoja de servicios, si es posible.
- Por supuesto Sr. Latorre. – y le dio una carpeta llena de papeles que Latorre los leyó atentamente.
- ¡Vaya! Este capitán Lasierra, es un marinero de los que ya no quedan por lo que veo. Cumplidor con su deber, Honesto en el trabajo y con sus subordinados, estudio en Salamanca y luego en Cádiz… Sopla, ¿Qué tenemos aquí? Es leal y honrado pero se ve también que fuera de su trabajo es un poco irascible y se exalta con facilidad… Interesante.
Garabateo unas cuantas palabras en su bloc de notas y devolvió la carpeta a su dueño. Después de saludarnos y despedirnos salimos en dirección a casa ya que estábamos cansados del día tan ajetreados que llevábamos. En el Taxi, Latorre no pronuncio palabra. Se le vía, bueno yo veía, que estaba su cabeza funcionando como un reloj suizo por sus expresiones faciales
Cuando llegamos a nuestras habitaciones y colgamos nuestros abrigos, ya sentados delante de
- No, no y no. Esto es más fuerte que yo. Una vez dado el auto de procesamiento ya nada ni nadie podría salvar a ese hombre. Una o dos veces en mi carrera me he arrepentido de descubrir al culpable y entregarlo a
- ¿QUÉ ME DICE? Sr. Latorre.
- ¡Uy! Perdone Corvinos, pero es que, eso que una o dos veces he hecho más daño descubriendo al criminal que no haciéndolo. Luego
- ¿Eso quiere decir que ya lo tiene?
- Más o menos.
En ese instante cerca ya de las nueve y media de la noche se presento en nuestra casa el Sr. Camarero un poco alterado.
- Sr. Latorre, usted es brujo. Y si no es brujo cerca le anda. ¿Cómo es posible que supiese donde estaba
- No lo sabía.
- Pero en su nota me “recomendaba” que registrase el estanque
- Y ¿encontró
- Si la encontré. No falta nada.
- Me alegro haberle podido ayudar sr. Camarero.
- Pero no me ha ayudado- dijo esto dejándose caer en el sofá con las manos en la cabeza- ¿Qué ladrones entran a robar en una casa, atan a la señora y matan al marido y luego tiran lo que han robado?
- Si que es raro, sí –apostillé- igual se asustaron y tiraron la plata al estanque para poder huir más velozmente.
- Si lo que dice usted, puede ser. –dijo Latorre- Al salir vieron el agujero y decidieron ocultar allí la plata para, quizá, volver otro día a buscarla.
- Si, ahora lo veo -dijo Camarero- claro la ocultaron porque si les veían por los caminos con esa plata en sus manos seguramente hubiese caído en nuestras manos. y dejándola a buen recaudo en el estanque nadie hubiese imaginado que allí estaban los objetos robados. Esto suena bien, si señor, suena bien.
- Tengo que reconocer que esa en una buena teoría, y tengo que reconocer que en este caso Usted Sr. Camarero me ha ganado por la mano.
Camarero se hincho como un globo. Mientras yo miraba perplejo a Latorre. ¿Había dicho lo que yo había escuchado? ¿Reconocía que había perdido? Me tenía alucinado.
La cara de Latorre era un poema ¿lo habían despertado para semejante causa? ¿Le habían hecho salir de su confortable casa para llegar y ver que era un asunto sin importancia? ¿Qué pensaría un arquitecto al que le llaman a altas horas para hacer el trazado de una acequia? El rostro de Latorre expresaba eso y más. Sus ojos ya no relampagueaban intentando descubrir no sé que detalle imperceptible.
Cuando pasamos al comedor, esa mirada, volvió a ser escudriñadora. El comedor era una amplísima habitación que magnificaba el poder de sus propietarios. El techo era de madera noble con unas vigas macizas grabadas con figuras en guerra. Todos los laterales estaban forrados de la misma madera, dando una luz especial. Había una gran librería rellena de libros, de lo más variopinto. Algunos parecían nuevos y otros, en cambio parecían incunables. En la pared paralela a esta había diversos trofeos de caza con sus cornamentas de ciervo tanto en hueso como con pelo, y encima de la chimenea había tres escopetas antiguas. La chimenea era profunda, grande, majestuosa, rematada en el final por una gran viga de madera.
La puerta daba justo enfrente de la ventana puerta que
A un lado de la chimenea se disponían dos coquetos sillones de madera noble con los asientos de travesaños. En uno de ellos aun estaba el cordón con que los asaltantes ataron a
El conde era u hombre alto, yo diría que cerca del metro ochenta. Bien formado y con un hundimiento de cráneo mortal por necesidad. Estaba con la espalda apoyada en el suelo, los ojos abiertos y los brazos a la altura de las orejas con el bastón de madera entre ellos. La habitación estaba impregnada con multitud de gotas de sangre y masa encefálica debido al tremendo golpe propinado. Cerca, a unos cincuenta centímetros se hallaba el hurgón con restos de sangre, pelo y masa encefálica. Latorre se agacho ágil como un gato y se lo puso a observar detenidamente el hurgón.
- El viejo salteador debe ser un hombre de una fuerza hercúlea- Comento Latorre-
- Si según tengo entendido es de Armas tomar-contesto Camarero_
- Tiene que ser muy fácil para usted apresarlo.
- Pues ahora que lo dice, sí. Desde hace cerca de un año la cuadrilla ha estado asaltando cortijos o mansiones como esta y se ha llevado una gran cantidad de objetos nobles. Se supone que querrán ir a América para empezar una nueva vida sin sobresaltos de la justicia. Supongo que querrán salir de Valencia, Barcelona, Málaga o Sevilla, ya que la frontera con Portugal la tenemos bien cerrada en caso que quieran ir al país vecino. Lo que no comprendo, siendo que
- ¡Exactamente! –exclamo mi amigo mientras reía por lo bajini- lo más normal es que hubiesen asesinado también a la señora de la casa.
- Quizás no se dijeron cuenta de que volvió en si…- dije yo-
- Muy bien dicho corvinos. Pero Camarero ¿Qué me dice del muerto? Tengo oído que era un poco, por así decirlo, rarito
- Pues como le ha dicho
Pero ¿Qué esta haciendo Sr. Latorre?
Mi amigo estaba casi tumbado en el suelo y examinaba con gran atención el cordón de la silla donde
- Cuando el asaltante tiro tan fuerte del cordón de la campanilla para atar a la señora, debió hacer un estrépito importante.
- Recuerde Latorre que
- ¡Exactamente! Corvinos, ahí es donde quiero llegar. ¿Cómo sabia el asaltante que nadie le podía escuchar? ¿usted se hubiese arriesgado de esa manera sin saber si le podían oír? Yo creo que no.
- Eso es lo que me ronda a mí por la cabeza, contesto Camarero, no me cabe la menor duda que el asaltante tenía que conocer la casa y sus horarios. Tendría que saber que el servicio vive en el ala más alejada y que se suelen ir a dormir relativamente temprano y era imposible oír el tintineo de la campanilla de la cocina.
- ¿Ha entrevistado Ud. a los criados?
- Si, y son nada más que ¡ocho! Pero todos con unos informes muy fiables de sus anteriores amos. Además ninguno de ellos escucho nada.
Latorre observaba con detenimiento toda la habitación. A veces parecía, si no lo conocías su forma de trabajar, que miraba sin ver. Se acerco a la ventana por donde entraron.
- aquí no se ven huellas. Lastima de este invierno tan dura. El suelo esta como un pedernal. Poco podremos sacar de aquí. Hola ¿Qué veo? esas velas que están en la repisa de la chimenea has sido encendidas
- Si. Esas son las que portaban los asaltantes cuando entraron en la habitación.
- ¿Qué ha desaparecido?
- Pues no mucho. Todos esos estantes estaban con cachivaches de plata y tres bandejas de plata y un abrecartas del mismo material. La condesa dice que igual la muerte de su marido les asusto un poco dejando todo lo de valor aquí.
- Si, eso puede ser… pero ¿no se echaron unos tragos de vino?
- Para tranquilizarse
- ¿han tocado la botella y los vasos?
- No esta todo como yo lo encontré.
- Perfecto, perfecto. Voy a echar una ojeada.
Los tres vasos estaban encima de la mesa al lado de un vino de una buena marca. Los tres vasos tenían aun restos de vino. En uno de ellos había posos.
La cara Latorre se volvió acerada. Sus ojos se entrecerraron. Y su poderosa mandíbula se apretaba una y otra vez. Su maquinaria pensante ya estaba a pleno rendimiento. Algo le había llamado la atención. Cogio en corcho y lo examino durante unos buenos minutos. El corcho aparecía impregnado en vino dado que ejemplar era un buen reserva.
- ¿Cómo han descorchado la botella? A si ya veo. En ese cajón medio abierto tendrá que haber un buen sacacorchos ¿no es así?
- Si sr. Latorre. Me sigue usted asombrando.
- ¿Le dijo
- No recuerde que estaba desmayada.
- Cierto, cierto… pero este no es el sacacorchos.
- ¿Cómo dice Ud?
- Que no es el sacacorchos. Fíjese en la botella y en el corcho. Esta botella ha sido abierta con un pequeño sacacorchos como el que tienen las navajas multiusos, ve aquí, aquí y aquí, intentaron por tres veces descorchar la botella, pero al ser un sacacorchos corto, se les escapaba, ya que el corcho esta muy maduro, casi podrido. Si se hubiese sacado con eses sacacorchos, lo habrían sacado de un solo estocazo…. Pero lo que me intriga de verdad son esos tres vasos. La condesa a dicho que vio bebiendo a los tres ¿me equivoco?
- No Sr. Latorre, en eso fue categórica.
- Pues no hablemos más de eso. Pero…
Mientras se levantaba de su sofá para acercarse hacia donde estábamos, la manga de la bella bata que llevaba se le deslizo hasta el codo.
Latorre lanzo una exclamación -¡Señora, tiene Ud. mas heridas! ¿Qué es esto?- dijo señalando a su antebrazo.
Dos manchas de rozaduras vivas marcaban su piel morena. Ella, rápidamente bajo su manga hasta que las oculto.
- No es nada, no tiene que ver que lo que pasó esta noche Sr. Latorre. Si quiere, puedo empezar a relatarle ya la historia. Mi nombre es Señora Latorre, bueno eso después de casarme. Llevo casado casi un año con el Conde de Llamazares. El matrimonio, si es que se puede llamar así, no fue muy feliz. Es inútil que intente disimularlo, ya que según tengo entendido por su reputación lo descubriría a nada que hiciese sus deberes. Como sabrá mi origen es chileno. Y allí fui educada en una familia de posición muy importante y sin ningún problema económico. En América, la educación es más libre que aquí, en la madre patria, con todos sus “que dirán” “políticamente correcto” etc. Usted me entiende ¿verdad señor Latorre? –Latorre, que estaba sentado apoyando las yemas de los dedos entres si, con los ojos semi cerrados, como si casi durmiera, asintió con la cabeza- Pero la razón de que mi matrimonio fracasase fue, sin ninguna duda, que mi marido, el Conde Llamazares, era un borracho empedernido. Pasar un día con el ya es algo dañino ¿se imaginan lo que es vivir todo un año? No, no se pueden hacer idea del infierno que es eso. Y la leyes de la madre patria para deshacer el matrimonio no eran más que largas e impedimentos.
Como supongo que sabrán el servicio hace la vida en el ala moderna de la casa. Nosotros vivimos en esta ala que como puede comprobar esta separado por este amplio salón y la cocina. Mi sirvienta es la única que vive en este lado de la casa, en el piso superior, el que hace guardilla, pues vino conmigo cuando salí de mi país.
- ¿únicamente ustedes viven en esta ala?
- Si Sr. Latorre. Como vera hay suficiente distancia para que los ruidos de los salteadores no se oyesen en el resto de la casa si cierran esta puerta.
- Siga, con el relato por favor, Señora
Los salteadores debían saber esto, por que sino, no hubiesen actuado como lo hicieron. El conde se había retirado ya a su habitación hacia las diez y media. Toda la servidumbre, se habían retirado a su estancias. Yo permanecí hasta las once más o menos leyendo un libro. Cuando decidí ir a descansar hice una ronda para ver si todas las ventanas estaban correctamente cerradas. El recorrido que hice… fue primero la cocina, después la habitación de las trofeos y escopetas de caza, luego la de al lado, la de los billares, y por último el comedor. La ventana como ve es grande, y es de las que son puerta de acceso al jardín. Había hecho la ronda con la palmatoria y al acercarme a la ventana vi. El rostro de los tres personajes que intentaban entrar en el salón. Intente retroceder, pero el primero, enseguida entro en la habitación y me cogio por la muñeca y por el cuello. Instintivamente intente gritar, pero me propino un puñetazo en la cara –mientras decía esto nos señalaba el cardenal de tenia en la ceja que casi le impedía abrir el ojo- y me derribo al suelo. Me quede inconsciente; pues lo que recuerdo es que estaba sentada en este sillón amarrada por las manos y los pies con el cordel de la campañilla que avisa en la cocina. La boca no podía emitir sonido alguno ya que me pusieron un pañuelo anudado fuertemente para evitar sonido alguno. En ese mismo momento, entró mi marido. Seguramente debió escuchar el estrépito de mi golpe y el entrar en la habitación. Se presento ante ellos con una garrota que usaba para caminar. Ataco al que estaba mas cerca de mi, pero yo veía como el más mayor se agachaba y asía el hurgón, y le descargo un golpe en toda la cabeza de mi marido que lo dejo blanco y al segundo se desplomó como un saco de patatas. De semejante espectáculo me desmayé, pero esta vez debió de ser pocos minutos, y cuando recobré el conocimiento vi. Que en ese estante se habían llevado toda la plata que había en el y aun habían tenido la osadía de beber una botella de vino, como usted puede comprobar con los tres vasos que hay encima de la mesa al lado de la botella. Dando unos grandes sorbos se retiraron por donde entraron cerrando tras de sí la ventana.
Aun tuve que luchar durante unos minutos para deshacerme de la mordaza, creo que pasaron entre cinco y diez minutos, y una vez libre de mi mordaza me puse a chillar para avisar al servicio. La primera que acudió fue mi fiel amiga –más que servidora- y después avisamos a toda la casa. El jardinero partió raudo a avisar a
Muy bien sra. Llamazares, siento muchísimo este horrendo suceso. Sr. Latorre, ¿tiene alguna pregunta para
- no deseo que la señora pase aun más mal rato pero lo que si desearía es escuchar el relato de lo que la doncella, o su ama, vio.
- Yo, como ha relatado la señora- Contesto la doncella- estaba en el piso superior, pues hacia escasa media hora que había subido a retirarme. Al correr las cortinas de mi ventana vi. a lo lejos, en el linde, a un grupo de personas, ya que la noche era clara, lo observe durante unos segundos pero me dieron la impresión que seguían su camino y corrí las cortinas sin preocuparme más por eso. Supuse que irían del hostal que hay a diez minutos hacia el sur.
Al cabo de unos cuarenta minutos de eso escuche el alarido de mi señora. Baje todo lo que mis piernas dieron, y cuando entre en la habitación, me encontré con el panorama. Mi pobre señora, atada y amordazada, manchada de sangre de su esposo y el señor muerto en el suelo con la cabeza aplastada por el golpe.
- Lleva con ella desde niña –nos comento Camarero por lo bajo- se traslado a España con ella cuando salieron de Chile. Pero pase por aquí Sr. Latorre.
Nos esperaba a la salida de la estación coche marca Renault Vissatella Azul, grande y confortable. Gracias a ese bólido recorrimos la distancia entre la estación y
Al llegar un guarda de la finca nos abrió una pesada puerta de hierro que daba directamente a la avenida de acceso flanqueado por unos nogales centenarios que ahora dormían el invierno. Desembocaba esa avenida en la preciosa casa, esta era baja y de mucha extensión. Con una gran columnata de neoclásica. Antes una fuente circular que hacia de entrada y salida sin tener que maniobrar. La piedra ya había adquirido esa tonalidad que dan los años y aumenta el caché de la casa. En el ala derecha se veía de construcción bastante más nueva, pero guardando su estilo señorial. Cuando el Renault paró nos estaba esperando ya la el Sr. Camarero que nos recibió muy cordialmente.
- Señor Latorre, me alegro de que haya podido venir. Pero creo que le he molestado para nada. En cuanto
- ¿Qué hay de nuevo pues? –Pregunto- Latorre.
- ¿Recuerda Usted la cuadrilla de salteadores de casas que ataron en Cuenca y Toledo? Pues parece ser que ahora están de Caza en Ciudad Real.
- Como ¿
- Exactamente. El padre y los tres hijos. Es obra suya. No me cabe la menor duda. Misma forma de actuar.
- ¿No dieron hace dos semanas un golpe a escasa distancia de aquí? – pregunto mi amigo-
- Si, a unos cincuenta kilómetros en el palacio de Villahermosa. Robaron todo lo que pudieron y el ama de llaves, que estaba en ese momento en el desván, los vio cuando salían de la casa arrastrando cuatro grandes sacos en los que habían metido todos los objetos de valor.
- ¡Que temeridad! Con dos semanas de diferencia.
- Y esta vez ¡asesinato! Cuando les demos alcance. No los libraran del garrote vil.
- ¿De modo que Conde Llamazares ha muerto ya?
- Si. Fue instantáneo. Le hundieron el cráneo su propio hurgón de la chimenea. Quien se lo iba a decir a uno de los hombres más ricos de la provincia y de España con muchos contactos en las altas esferas y en el extranjero gracias a sus propiedades en las antiguas colonias La señora Llamazares se encuentra en el salón. Pobre señora, cuando la encontré estaba medio muerta. Lo que ha pasado no se lo deseo a nadie. Ha pasado una prueba realmente dura. Pase ud. Sr. Latorre para que escuche de sus propios y calidos labios el relato de los que aquí ha sucedido. Y luego yo le acompañaré a ver al Conde.
La señora Llamazares no era una señora corriente, no. Pocas veces he visto yo una mujer como aquella. Parecía un ángel o una reina. Su porte era majestuoso. Su figura era lo que toda fémina desearía para ella. Su rostro era hermoso. Era morena, alta con una tonalidad en la piel de los nacidos allende los mares. Pero sus rasgos eran perfectos. Sus ojos grandes pobladas con unas pestañas oscuras y frondosas, hacia que sus ojos de color miel luciesen como brillantes, y eso que a la altura de su ceja derecha llevaba un impresionante golpe que ya se le estaba amoratando e hinchando de una manera casi ridícula. Pues ni aun con el golpe en la cara nadie podía decir que esa señora era fea. Ese golpe era amorosamente cuidado por su sirvienta una mujer de tez oscura y muy alta para ser del otro lado del atlántico, que le propinaba compresas de agua fría para desentumecer el chichón.
Al entrar nosotros en la habitación la señora, que se encontraba medio tumbada en un magnífico sofá, nos dirigió una mirada observadora y rápida.
- ¡Vaya! La señora es valiente, con lo que ha debido de sufrir la pobre señora. –me cuchicheo Latorre.
- Ya le he dicho todo lo que paso al señor camarero- dijo denotando en el tono de su voz un tono quejumbroso- ¿no podría Ud. Sr. Camarero relatarle todo lo que yo le conté? No quiero pasar otra vez ese trago
- Sra. Llamazares –contesto humildemente Camarero- creo que será muchísimo mejor que lo oiga de sus propias palabras. El Sr. Latorre es, como lo podríamos decir, un fuera de serie en algunas materias y un autentico caballero. No se preocupe Ud. de nada señora, de su boca no saldrá nada de lo que hable con el aquí...
- Bien, como Ud. quiera Sr. Camarero.
A las pocas horas me estaba instalado en la casa del Sr. Latorre, con los servicios de la atentísima y Señora mayor Doña Encarna. Mi nueva casa era una habitación muy agradable con un gran ventanal que daba a
El suceso que voy a relatar, por no mover más lo que esta enterrado, dejare de lado algunos nombres, ya que eran muy conocidos, no solo en Madrid, sino en toda España y en muchos países de Europa.
El suceso ocupó durante días todos los tabloides nacionales y hubo ecos en los internacionales.
Diré que no es el primer ni último caso en el que Latorre intervino, sino que por sus peculiaridades demuestran el trabajo de reloj suizo de su prodigioso cerebro
Aquella mañana ruda de frío, viento y hielo, en el espantoso invierno de 1933 me desperté sobresaltado mientras Latorre tiraba de mí hombro. La pequeña palmatoria que portaba en la mano y la oscuridad que reinaba en la habitación me sobresalto. La pequeña luz amarilla proyectada en la cara de Latorre, hacia que sus rasgos fueran aun más afilados. El rostro anhelante e inclinado hacia mí mientras me zarandeaba como un saco me basto para comprender que algo malo sucedía.
- Arriba Corvinos, arriba -gritaba casi fuera de si- nos necesitan en el Ministerio
- ¿Qué demonios ocurre?
- Ni una palabra, vamos vístase,
Diez minutos más tarde, marchábamos los dos en un coche que marchaba estruendosamente por las silenciosas y empedradas calles, en dirección la estación de Atocha.
Las primeras luces empezaban a salir por Madrid en ese día de invierno. Las calles estaban a esa hora vacías, se veía algún que otro obrero dirigiéndose a su fábrica. Los dos nos encontrábamos arrebullonados dentro del coche y con los gruesos abrigos cerrados hasta la barbilla, mirando por la ventanilla en la que se ahumaba con nuestro calor corporal. Latorre llevaba esa mirada y su posición favorita cuando su cabeza estaba a pleno rendimiento. Los ojos semi cerrados junto con la barbilla cuadrada pegada al pecho, estirando las piernas todo lo que daba el coche y las manos dentro de los bolsillos de su grueso abrigo.
Llegamos a Atocha y nos subimos en el tren que salía hacia Burgos. En cuanto nos acomodamos en nuestro departamento del tren, Latorre saco una carta y me lo pasó sin decir una palabra. Decía así:
Granja Doménech, Puerto Llano, Ciudad Real,
Mí querido Javier Latorre: Me alegraría mucho el poder contar con su opinión y su ayuda, INMEDIATA, en un caso que parece ser de los que a Ud le gustan. Salvo que dejare en libertad a
- ¿Cuántas veces ha recurrido Camarero a nosotros, Corvinos? Pregunto Latorre.
- No sabría decirle…
- Exactamente cuatro con esta. Y en todas ha estado justificada su petición. Ya que fueron unos casos realmente extraordinarios. Difíciles de ver por su complejidad, aunque también recuerdo que en dos no hubo sangre. Pero nuestra actual aventura, será sobre un asesinato. De eso no tengo dudas.
- Entonces el Conde Llamazares, es cadáver según usted ¿no?
- Eso creo. La forma en que Llamazares ha redactado su carta demuestra su estado nervioso a pesar, que es un hombre más bien tranquilo y pausado. Si, por lo que he leído, pienso que hay un cadáver y que ha habido violencia en el. De ser un suicidio, no creo que hubiese mandado la carta a un hora tan extraña ni nos hubiese molestado a nosotros. Lo que dice “dejare en libertad a
- ¿Cómo puede usted saberlo?
- Je. Consultando la lista de trenes y calculando el tiempo. Hubo que llamar a
Mi nombre es José Antonio Corvinos y Álvarez. Nací en Santiago de Cuba, en el año
Recalé en Zaragoza, ya que mi padre nació en esa ciudad, y con la misma graduación y mayor sueldo – ya que fue distinguido con la medalla de honor de Isabel II por su heroísmo, repelió durante cinco días y cinco noches a más de 400 hombres con tan solo 20 Guardias Civiles al cargo del fuerte Montoro- empezamos una nueva vida en la ciudad.
Yo crecí y cuando tuve diecisiete años me aliste en el ejercito que por aquel entonces necesitaba grandes cantidades de “repuestos humanos” ya que con el reino de Marruecos se peleaba día si y día no.
En el ejército aprendí, a la fuerza, algo de medicina, que cuando me hirieron en la batalla de Al-Hassin, una bala se clavo en mi cadera, me enviaron de vuelta a la península y me decidí estudiar ciencias políticas. No quería que las guerras tan sangrientas y tan inhumanas se repitieran y yo quería participar para pacificar el mundo.
Cuando hube terminado la carrera, a mis veinte nueve años, me trasladé con toda la ilusión del mundo a Madrid para intentar entrar en el cuerpo diplomático de cualquier embajada.
Tuve suerte ya que enseguida me destinaron a la embajada de Constantinopla allí ejercí como vice-secretario del Embajador lo que me ayudo a escalar en mi carrera política. De allí me destinaron a Pekín con lo que me dio oportunidad de ver la extraña cultura de los amarillos. Cinco años más tarde volví a Europa a Copenhague, pero esta vez como Embajador. Esta fue mi experiencia a muy grandes rasgos de mi vida como Embajador.
Con la edad de treinta y ocho años, volví a Madrid y esta vez trabajando para el servicio de inteligencia.
Y allí conocí a la persona más extraordinaria que he conocido en mi ya, larga vida, aunque cuando me lo presentaron mi opinión sobre el fue totalmente distinta. Por decirlo de algún modo me resulto altivo, distante, serio, nervioso a la vez que muy vital.
Su nombre era Javier Latorre Manero. Era alto, más alto que yo, y delgado. Su cara era un ovalo en el que destacaban dos escrutadores ojos verdes grisáceos, que a lo largo de mi convivencia con el, aprendí a identificar todos sus tipos de miradas. Las cejas las tenia finas pero pobladas y despeinadas, que indicaba su superior intelecto, que unido a lo profundo de su mirada, cuando te escrutaba parecía leerte dentro de ti. Tenía una nariz fina y un poco ganchuda lo que le acentuaba ese porte casi aristocrático a su cara. El pelo era un castaño claro, liso y fino.
Cuando me lo presentaron se volcaba sobre una mesa que, al principio, me pareció de algún tipo de análisis, y efectivamente estaba escribiendo un tratado sobre unas hierbas que crecían en la sierra de Madrid, en el que explicaba todo lo referente a esas hierbas, años más tarde se publicaría con gran éxito entre los horticultores, apicultores, y gente de botánica en general.
Latorre vivía en una casa muy cerca del Ministerio del Interior, no era suya, era del estado pero, gracias a los servicios prestados le dejaban vivir allí sin tener que abonar nada por ello. Así mismo se beneficiaba de una ama de llaves, una señora mayor que era la que cuidaba tanto la casa como a el.
Cuando lo conocí me escruto de arriba abajo, cosa que al principio me molesto, pero en cuanto empezó a hablar mi enfado desapareció y empezó a crecer dentro de mi una autentica admiración de a aquel extraño que con sus palabras dio de lleno en todos sus pronósticos.
Cuando me lo presentaron la fuerza de su delgada mano me sorprendió. Después, a bocajarro me soltó:
- Veo que usted ha sido hombre de políticas. Ha viajado mucho, destinado en el sudeste de Asia. También ha sido soldado –lo que no sé si de fortuna o no.- Y hace poco que viene del norte de Europa.
- ¡Exactamente! ¿Cómo lo ha podido averiguar?
- Es lo que le comentaba –me comento mi amigo, el que me acompaño a conocer a ese extraño personaje- le puede dejar de una pieza con solo echarle un vistazo. No he visto en mi vida nada igual. Esta dotado con una inteligencia, que gracias a Dios, esta de nuestro bando y no de lo delincuentes.
- ¡Oh! No ha sido difícil, pero si se lo explico desaparece todo el misterio ¿no cree?
- Este Sr., Latorre es el Sr. José Antonio Corvinos, como usted ya ha deducido, es todo lo que usted cree. Esta en Madrid, y no tiene sitio para hospedarse, si a Ud, no le causa molestia podría compartir esa aviación que le sobra en la casa, mientras busca un alojamiento. ¿Qué le parece?
- No me puedo negar, ya que la casa no es mía. Le advierto Sr. Latorre que tengo unas manías que le pueden parecer extrañas, pero son mis manías y no las pienso cambiar por nada del mundo. Si esta deacuerdo, por mi no hay inconveniente.
- Perfecto –exclame- voy al Hotel donde me hospedo y hago el traslado, si no le importuna estaría en su casa alrededor de las dos de la tarde.
- No, en absoluto, así podremos comer juntos la maravillosa comida que nos preparará
Contador gratuito
Contador gratuito
como habreís podido comprovar, la novela de zombis llegó a su fin.
He empezado otro escrito. Este va de un asesinato lo voy a seguir en este blog
Gracias a todos los que me leen (1,2 5,7,--- no se)
pero muchas tankius.
Soy José María; el que ha ido escribiendo todas estas penalidades, desde que el Virus escapase de Daguestan. Al principio escribía este blog por contar algo de lo que sucedía y plasmar mis vivencias, entre los supervivientes al virus.
Mantuve un blog en Internet, hasta que la energía eléctrica desapareció. Mantenía contacto con supervivientes. Con Jano, que es de Huesca, como yo. Y ahora mismo lo tengo a mi lado. Con Un tal Ridi, con un tal Conrad, y otros supervivientes.
Yo seguí escribiendo, pero al no haber Internet, lo escribía un documento Word.
Escribo esto porque esto va a ser lo último que escriba. No se que me va a deparar el Futuro, pero no creo que sea tan aterrador como lo que he dejado escrito en mis vivencias. Por lo menos he ganado algo, no tendré que inventarme cuentos para mis niñas. Solo les contare las vivencias que sus padres, sus tíos, tías, abuelos… tuvieron que soportar para vivir.
Supongo, que el que lea esto se preguntara ¿Qué les paso?
Pues aquí va MI ULTMINO CAPITULO.
Una vez en la carretera hacia Huerrios, y hecho la operación de rellenar el radiador. Emprendimos el viaje a casa. Nos separaban unos tres kilómetros únicamente. Volví a poner el CD. Se escuchaba una canción que hizo que subiera el volumen hasta casi el tope. Eran The Doors, uno de mis grupos preferidos. Sonaba una canción que iba al pelo. Después de los acordes un poco anárquicos se oía la voz de Jim Morrison que decia “THIS IS THE END… MY ONLY FRIEND, THE END…
De repente, a todos no cambio el animo. Era el Final. Era el final de la aventura de los víveres, por lo menos dos semanas. Y cantábamos todos a voz en grito. Se nos dibujaba una cara de alegría. Estábamos ya relajados. No se veían, no se esperaban más No Muertos. Seguía conduciendo. Seguía cantando. Hasta bromas nos decíamos. –Oye tío deja de cantar, que va a llover- y cosas de esas. El miedo lo habíamos dejado en el cruce de la carretera que lleva a Huerrios.
Seguimos de buen humor y a las 18:56, según el reloj del Montero, estaba tocando el claxon delante de mi CASA. Me sorprendió ver que mi hija Sara, salía del corriendo del garaje seguida de cerca por mi padre para abrir la puerta.
Me sorprendió ver la cara de alegría que llevaban. Vale que hubiésemos visto la muerte muy, pero que muy de cerca. Y pensé que se alegraban de vernos.
Abrieron la pesada puerta. Y el montero entro. Lo aparcamos al lado de la rampa del garaje. Para descargar los víveres. Bajamos de un salto. Yo acogí a Sara. Y la lancé hacia arriba, como a ella le gusta. Lo hice varia veces, hasta que vi. que Carlos, Fernando y el Eraser. Se metían en el garaje para saludar a una persona que no había visto en mi vida.
Otra vez me puse tenso. Deje a la niña en el suelo y cogí la Beretta, que había dejado Fernando en el coche. Me dirigí al garaje.
Lo que vi. Me sorprendió. Mi Familia, estaba rodeando a un HUMANO. No me lo podía creer. Un Humano después de más de ocho meses. Deje la escopeta, y baje la rampa. Estaban todos, formando una media luna detrás del nuevo, que estaba delante de la emisora de radio. Parecía que la radio funcionaba bien. Supuse que la arreglo.
Cuando llegue, el extraño se volvió. Me tendió la mano diciendo:
- Hola soy Jano, ¿tu eres…?
- ¡JODER! JANO. JANO ¿EL QUE HABIA IDO AL CUARTEL DE LA GUARDIA CIVIL?
- Exactamente. Respondió con una sonrisa de oreja a oreja.
Le di la mano. Y a la vez lo abrace como un niño a su osito. Lo hice durante un tiempo hasta que me dijo:
- Perdona tío. Que van a emitir. A las siete se ponen a emitir y recibir.
- ¿A emitir y recibir? ¿Quién?
- He hecho algunos cambios en la emisora para darle mayor potencia a la emisora. Creo que lo he conseguido. Por que, hace unas horas he contactado con una señal que emitía automáticamente, diciendo que estarían a la escucha de 19:00 a 24:00.
- ¡Pero eso es cojonudo! Acerté a decir.
- Si. Pero a hora silencio. Se acerca la hora.
A las 19:03, según el reloj del Montero. La radio empezó a crepitar.
Hola…Hola Aquí el Acuartelamiento de San Bernardo de Jaca Provincia de Huesca. España… Estamos a la escucha. Repito. Estamos a la escucha.
Aquí el Acuartelamiento de San Bernardo emitiendo por UHF frecuencia 1039.235…
Repito.
Todos los que estábamos allí, estallamos en unos gritos eufóricos, en abrazos, en risas que se juntaban con lágrimas. Saltábamos, reíamos, rezábamos, nos golpeábamos las manos, apretábamos puños.
Hasta que dijo Jano
- ¡Silencio! Por favor. Voy a intentar hablar.
- Oiga. Aquí supervivientes. Aquí supervivientes en Huesca, Huerrios. ¿me oyen? cambio
Después de unos segundos interminables, una voz metálica contesto:
- ¡Alto y Claro! Supervivientes Huesca-Huerrios. Cambio.
- Estamos aquí, desde que empezó todo esto. ¿podrían ayudarnos? Cambio.
- ¿Cómo lo han logrado? Y si, SI LES PODEMOS AYUDAR. Cambio
- Es una historia muy Larga, que si quiere se la contaremos cuando no veamos ¿hace? Cambio.
- Hace, jejeje. cambio
- ¿Podrán rescatarnos? Cambio
- Podremos hijo. Podremos.
La algarabía, el ruido, los vivas, los golpes, los abrazos, las lagrimas, las risas… todos los que estábamos estallamos en un frenesí.
- ¿Cómo vendrán? Cambio.
- No hay problema. Mandaremos un helicóptero Cougar de gran capacidad para que subáis todos. ¿Cuántos sois? cambio
- Trece personas. tenemos víveres Cambio.
- Muy bien no nos harán mucha falta, pero mejor que sobre a que falte. Cambio
- ¿Dónde estáis? Cambio.
- Estamos protegido en la Ciudadela de Jaca. Recinto inexpugnable, pues hay un foso de unos 15 metros de altura y solo se puede acceder a el por un puente elevadizo, y siempre esta cerrado menos para las salidas y entradas. Al ser el otro cuartel de Jaca, armas no nos faltan. Estamos aquí exactamente 3267 personas de todos lados. Vamos recogiendo a gente de donde recibimos llamadas. En Jaca además, casi no quedan No Muertos, los hemos pasado a todos por la piedra. Cambio
- ¿Qué me dices? ¿ que os habeis cargado a todos? Cambio.
- No a todos no a casi todos. Aquí cuando estalló la epidemia, mucha gente se infecto. Pero en el ejército, estábamos todos en el cuartel. Habían puesto la alarma máxima, lo que en las pelis se decia DEFCON 1 y entonces no salíamos. Y estábamos preparados para cualquier tipo de ataque. Los repelimos y los estamos aniquilando. Además, estamos en contacto con otros puntos en la península, en Francia, Italia, Portugal con supervivientes. Más o menos como nuestro caso. Cambio
- NO ME LO PUEDO CREER ¿ES VERDAD LO QUE ME CUENTAS? Cambio.
- Te doy la palabra de Sargento primera Jesús Loscertales. Cambio.
- ¿Cuándo podréis venirnos a buscar? Cambio.
- Mañana, a primera hora. El Cougar ha salido en misión de aniquilamiento. Estará a punto de llegar. Repostara, y saldrá, mañana con las primeras luces del sol. Cambio.
- De acuerdo. Os esperamos. No tardéis. Cambio.
- Tranquilo vamos a cargarnos a todos esos “hijoputas”. El mundo volverá a se nuestro. Estáis salvados si aguantáis esta noche. cambio
- Aguantaremos, por Dios, Aguantaremos. Cambio.
- Esta bien. Quedamos así. Mañana a primera hora. Cambio y corto.
- OK. Cambio y corto.
Nos mirábamos todos con una felicidad en la cara que iluminaba el garaje. Comentamos cosas. Y dispusimos cenar pronto y marchar a descansar lo máximo posible para levantarnos pronto y hacer el equipaje de llevarnos algo que nos fuera útil…
Estoy delante del Cougar AS532Al. Un helicóptero inmenso. Capacidad para 24 soldados con su equipo de guerra. Nosotros somos la mitad, pero seguro que llevamos mas equipaje que ellos.
Nos vamos de mi casa. Nos vamos TODOS. Hemos sobrevivido a la experiencia más infernal que pudiera uno imaginarse.
Dejo esto, mi ordenador, aquí. Por si alguien, como Jano llega por aquí, que lo enchufe, y lea mi relato. Le he puesto una pegatina en la tapa para que lo lea.
Sin más me voy. Me voy a la salvación.
Adios, y si lees esto, que tengas mucha SUERTE.
Estadisticas gratis
Circulábamos todo lo deprisa que podíamos. Yo miraba continuamente la temperatura del coche, que poco a poco cada vez subía más. El agujero en el radiador, hacia que se perdiese el agua y que el coche rugiera más de lo de costumbre.
Habíamos dejado atrás el Museo Provincial, y el Seminario. Bajábamos por la Calle General Alsina. Tendríamos que girar nuevamente a la izquierda hasta incorporarnos a la calle Desengaño, para Terminar enfrente del Convento de Las Miguelas.
Cuando llegamos, a la derecha de nosotros se encontraba el camión que haría cosa de una hora nos había cortado el paso.
Seguía tumbado. Seguía sin verse a nadie. Bueno, eso no es cierto del todo. Pero eran grupos muy pequeños de tres a cinco personas. Y estaban bastante lejos como para preocuparnos.
Cuando llegamos a intersección donde estaba el camión el humo del radiador nos tapaba todo. Mire la temperatura. Ya estaba en lo rojo. Tendríamos que volver a parar para rellenar el radiador.
- Tengo que parar. El coche necesita agua.
- Para un poco más adelante. Allí hay un estanque con una fuente y podremos coger agua –dijo Diego-
- De acuerdo.
Seguimos esos ochocientos, o novecientos metros a una velocidad endiablada. Pensaba que si circulábamos lo más deprisa posible, no se calentaría tanto el vehículo.
A los pocos minutos llegamos al estanque. El Montero rezumaba humo por toda la parte delantera. Se volvió a repetir la operación. Fernando bajo con la Beretta para abrir el capó del coche. Diego, el Eraser, volvió a saltar de la parte trasera del vehículo, esta vez seguido de Carlos, que dejo la motosierra para portar el rifle.
- Daos prisa, les dije.
- VAMOS, VAMOS –gritaba el Eraser-
A lo lejos, unos 400 metros se veían una gran multitud de No Muertos que pululaban sinsabor bien a donde ir. Hasta que oyeron el quejido del Montero y los Gritos del Eraser.
- Vamos, Vamos ¡Joder! No tenemos todo el día. Se están acercando engendros.
- Por donde. –Preguntaron casi al unísono-
- Por delante nuestro. A unos 400 metros. Y con la escandalera que estamos montando, no me extrañaría que viniesen más. Así que daos prisa ¡JODER!
Aun no había terminado de decir esas palabras, cuando Fernando ya había abierto el Radiador. Esta vez sin salpicaduras, lo cual indicaba. Que perdíamos mucho agua. Nos había durado exactamente 4 minutos.
El Eraser, ya la estaba echando dentro del radiador. Carlos les cubría las espaldas. Visto así, desde el puesto del conductor, recordaban a mecánicos de la F1. Lo hacían todo a la vez, pero sin molestarse los unos a los otros.
- Diego, coje agua no llegáramos con esto a Huerrios. Necesitaremos parar una vez más y no recuerdo que haya ningún sitio para cojerla.
- Ok.
Dicho esto. Diego volvió sobre sus pasos. Y volvió a llenar el receptáculo para llevar el agua. Mientras Fernando ya se había sentado a mi lado. Sobre el reposaba la Beretta.
Carlos esperaba con el Portón abierto y con el rifle preparado. Mirando hacia donde habíamos venido por si las moscas.
Por último el Eraser subió con el Agua.
Oí el ruido del portón y la voz de Carlos.
- Arranca, vamos, vamos, vamos.
- Voy. Vamos a ir por la Avenida de la Paz, donde esta la Biblioteca. Es una calle muy ancha y podemos dar caña al coche. Además, es el camino mas corto para ir a Huerrios.
- ¿y esos de delante?- pregunto Fernando-
No había abierto ni la boca para contestar, cuando los motores de las Motosierras volvían a hacer que el habitáculo del Montero fuera ensordecedor.
Sacaron sus maquinas infernales por las ranuras mientras aceleraban a la máxima potencia sus maquinas.
- Intenta no llevarte a ninguno por delante. Un golpe fuerte más y el radiador se rajaría por completo. Si tienes que llevarte a alguno inténtalo hacer por los costado que aquí atrás ya estamos preparados.
- De acuerdo. Vamos hacia allá.
Mire de soslayo el Reloj. Marcaba las 18:30 Habíamos perdido mucho tiempo. Llevábamos un retraso de tres Horas respecto a lo calculado. Solo esperaba no tener más contratiempos. Con los que habíamos tenido era suficiente.
Acelere. Rugió el Montero, como un animal Herido. Poco a poco íbamos cogiendo velocidad. Los No Muertos iban en contra de nuestra dirección. Poco a poco se iba estrechando el cerco que nos querían hacer. Seguía acelerando. El velocímetro, marcaba 90 Km. /h. No tendría que atropellar a ningún No Muerto de frente o los daños serian irreparables.
Me había acercado a la derecha todo lo que podía. Aun rozando coche aparcados. Los No Muertos hicieron lo mismo. Cuando estaba a unos 50 metros gire a la izquierda. Haciendo un arco, hasta situarme en la izquierda. Los No Muertos se quedaban a la Derecha. Por poco. Uno salto e intento asirse al Montero. Encontró esa motosierra que lo cerceno. Cayó al suelo como un saco.
Seguía acelerando. 120 Km. /h. Dejamos atrás la biblioteca, la comisaría, las casas de ciudad jardín. Se veía ya la Carretera de Huerrios. Estábamos a unos doscientos metros de la carretera y con ello la salvación de volver a estar en casa protegidos.
La temperatura subía, subía y subía. Yo aceleraba, aceleraba y aceleraba. Quería llegar al límite de la ciudad para volver a llenar agua el radiador.
Llegamos a la carretera. Todo estaba en calma. Pare el coche y volvimos a repetir por tercera vez la operación de llenar de agua el radiador.
Os Seguiré informando.
Jano, dando unos juramentos que temblaban los misterios, bajo por la escalera del tejado. Se había dado un pinchazo doloroso en la muñeca con el alambre. Pero consiguió su objetivo. Dar vueltas al alambre y atarlo para formar una antena de “andar por casa”.
En cuanto estuvo a dos peldaños del suelo saltó. Y corrió al garaje para ver si su experimento funcionaba.
Lentamente, los habitantes de la casa se levantaban de la siesta. Una siesta larga, ya que según el reloj de la cocina. Ya marcaba las 17:58. Se volvía a oír el ruido de “humanidad” dentro de la casa.
Cuando estuvo delante de la Emisora de radio, Jano se paro unos instantes delante de ella. Paso su dedo índice por la carcasa. Era un movimiento suave, como una caricia. Parecía que quería integrarse en ella. La miraba casi hasta con amor. Con un movimiento rápido, conecto la tecla ON. Automáticamente, la emisora empezó a crepitar. Crepitaba con mucha mas fuerza. El experimento había funcionado. La antigua Yaesu FT 817 ND, era más potente que antes, tanto para recibir, como para hablar.
Volvió a salir del garaje para coger una silla del jardín. Esas de plástico verde. Duras pero ligeras. Y volvió como un zorro a su madriguera. Se sentó frente a la emisora. Puso entre sus dedos la rueda de búsqueda. La giraba suavemente, como si la acariciara. Los dígitos de la sintonía corrían poco a poco. No quería que por un despiste pudiera perder algún tipo de comunicación.
Ensimismado como estaba en la búsqueda, no se dio cuenta de que el Abu, José Maria, estaba colocado a pocos metros.
- ¿Qué estas haciendo? Pregunto el Abu
Jano dio un brinco y se volvió blanco.
- Siento haberte asustado.
- No te preocupes, José Maria, es que me has cogido desprevenido.
- ¿Qué es lo que haces?
- Estoy intentando contactar con alguien. Después de fabricar la nueva placa, y poner la antena de la casa conectada a la emisora, espero poder oír algo. No quiero creer que seamos los únicos.
- Espero que tengas razón. La última conexión que tuvimos, fue una conexión con unas mujeres que estaban en el Cuartel de la Guardia Civil.
- Si era yo. Ya se lo dije a Elisa, creo. Era yo y de allí al Sabeco que estábamos bien protegidos. Con comida en conserva en abundancia. PERO ESAS PUTAS… ESAS PUTAS NOS JODIERON, Dijo esto último con un resquemor que le salía de lo más profundo del corazón.
- Tranquilo, hijo, tranquilo. Aquí no te vamos a dejar en la estacada, contesto mi padre, mientras le removía fuertemente el largo cabello.
- Si; eso ya lo se. Contesto mientras apretaba la mano de José Maria.
Guardaron silencio mientras Jano seguía moviendo casi imperceptiblemente la rueda de la búsqueda de un dial.
La búsqueda era infructososa, llevaba ya dos canales, y solo había recibido la típica respuesta de electricidad estática. Los chisporroteos que se oían le estaban desanimando. Tenía una radio con una potencia enorme y no conseguía sacar nada. Estaba convencido de que estaba en un desierto, en medio de la nada.
De repente, algo en la pantalla de LCD se ilumino. Era la señal de algo que EMITIA. Automáticamente, mientras el corazón empezó a golpear al pecho como si un caballo desbocado se trataba. Movió un poco más la rueda. La pantalla, que indicaba la potencia de la emisión estaba al máximo. Un grito ahogado salio de su garganta. No podía creer lo que veía. Alguien o algo, estaba emitiendo.
- Esto es una grabación del Acuartelamiento de San Bernardo De Jaca, Provincia de Huesca. España. …. This is a recording of San Bernardo's Billeting Of Pony, Province of Huesca. Spain….
c'est un enregistrement du Casernement de Sain Bernardin Du Bidet, la Province de Huesca. L'Espagne. Emitiremos y escucharemos entre las siguientes horas.
06 :00 hasta 12 :00 de 19 :00 a 24 :00 ... We will express(emit) and listen between the following hours(o'clock).
06: 00 up to(even) 12:00 of 19:00 to 24:00... Nous émettrons et écouterons entre les heures suivantes.
06: 00 jusqu'à 12:00 de 19:00 à 24:00.
A Jano, casi se le para el corazón. No estaba preparado. Pasaron unos interminables segundos hasta que por fin, como un arroyo que desemboca en el Amazonas, llamó a gritos a José Maria.
- José Maria, José Maria. Ven. Corre.
- ¿Qué pasa Jano?
- He contactado. HE CONTACTADO. HE CONTACTADO.
- ¿Qué cojones dices? No es posible.
- Yo tampoco lo creía. Es el Acuartelamiento de San Bernardo de Jaca.
- Y ¿les has dicho que estamos vivos? ¿Qué te han dicho? ¿vienen ya?
- No, aun no he hablado con ellos, dijo en un tono más lastimero. Es una grabación.
- ¡Coño! ¿una grabación? Igual están ya todos muertos. ¡Joder!
- Dicen que emiten y reciben a partir de las 19:00 hasta las 24:00 ¿Qué hora es?
- Las siete menos diez.
- Vamos a esperar hasta las siete. Y lo intento de nuevo.
- De acuerdo. Espero contigo.
Los gritos de Jano se escucharon por toda la casa. Y en cuestión de minutos toda la familia, incluidas las niñas estaban en el garaje. Formaron un semicírculo alrededor de Jano. Todos tenían una expresión en sus caras de impaciencia, ansiedad, esperanza.
Os seguiré informando
Subíamos lastimosamente por la calle Forment. El ruido del Montero anunciaba que algo no funcionaba bien. Por las rendijas del capó empezó a salir un humo blanco.
-¡Joder! El radiador. Nos hemos cargado el radiador- gritaba- mientras la aguja de la temperatura estaba a punto de rebasar el limite pintado en rojo.
-Sube hasta la plaza del Ayuntamiento. Ahí esta la fuente de la Moreneta y podremos rellenar el radiador. –Dijo el Eraser-
-Más vale que valga. Y que no nos encontremos a ningún no Muerto.
-¡¡¡TU DALE CAÑA AL COCHE!!! Me respondieron.
Llegábamos a la última curva en la que ya se divisaba la imponente entrada del Ayuntamiento. Parecía todo en calma. Subimos los últimos quince metros y llegamos a la Plaza. Había multitud de cadáveres desparramados por el suelo en las posiciones más inverosímiles.
El Montero echaba humo como una locomotora de carbón tanto, que me tapaba la visión. Pude frenar el coche, pero decidí no pararlo por si luego no se encendía.
Aun no había terminado de frenar cuando el Eraser, salto del vehículo como una pantera. Entre la basura había divisado algo con lo que poder transportar agua y echarla en el radiador.
- Abre el Capó –gritaba- mientras corría como alma que lleva el diablo.
- OK, respondí
Metí la mano por debajo del volante hasta acceder a la maneta del capo y estire la palanca. Con un ruido sordo se abrió el cerrojo. Fernando bajo, con la escopeta, a abrir el capó y desenroscar el tapón del radiador.
Cuando abrió el capó, Fernando tuvo que soltarlo de inmediato. Una nube de vapor de agua le golpeo la cara. Al girarse por instinto, soltó el arma, para poder cubrirse la cara con los brazos.
- ¡TEN CUIDADO! –espete-
- Ya con las prisas… no he pensado
- Carlos, mira a ver si hay un paño o algo por allí.
- Aquí no hay nada. Contesto.
- No importa, usare la camiseta para abrirlo y no quemarme.
- Ten MUCHO CUIDADO. En cuanto abras el tapón el agua va a saltar.
- ¡Joder! Vaya putada.
- Toma. Usa esto.
El Eraser le acercaba una tapa de plástico de un contenedor que estaba por allí tirado. Recogió la Beretta, y disparó. Hizo un boquete en la tapa para que le cupiera la mano y poderse resguardar del agua que saldría disparada e hirviendo.
Parapetado como los antiguos antidisturbios, Fernando se acerco de nuevo al coche. Saco el brazo por el agujero, y empezó a mover el tapón.
En cuanto lo giro, un ruido de agua hirviendo se oía, como si tocaran a misa de 12, en ese silencio mortal.
Siguió desenroscando y como habíamos previsto un pequeño geiser salio del motor. En cuanto termino, se quito el “escudo” protector, y visiono el motor.
- Se ha clavado un hierro de la defensa. Por eso pierde agua.
- ¡Vaya Putada! Exclame.
El Eraser, ya estaba de nuevo echando agua al radiador.
- Espera un poco lo vas a reventar, dije.
- ¿A que espero a que nos rodeen en esta puta plaza?
- No… tienes razón. Échala. Y recoge mas pues tendremos que volver echar agua si el agujero es grande.
- Si es grande, si.
- Perfecto esto es perfecto…
El Reloj del Montero marcaba las 14: 57. Ya llevábamos casi una hora de retraso con el horario que habíamos estimado. Se me pasaba por la cabeza si saldríamos alguna vez vivos de allí.
Un golpe seco me asusto. Era el Eraser, que cerraba el capo. Y con la mano derecha, extendido únicamente el índice, daba vueltas a la mano en la señal de arrancar. Y no lo dude. Acelere por millonésima vez aquella mañana. Eraser, subió al coche de un salto cuando ya estábamos en marcha. La cabeza que llevábamos para estudiar. Al ser redonda, y estar el portón abierto, y sumando la aceleración, hizo que cayera al suelo.
- Sayonara baby. –le dijo el Eraser- mientras cerraba el portón.
Todos reímos la gracia como si fuera el chiste más gracioso del mundo.
Giramos a la derecha. Acelerando. La aguja de la temperatura estaba a mitad del termómetro. Tendríamos que volar para hacer las menos paradas posibles. Y eso si no nos encontrábamos con ninguna barricada, ni ninguna jauría de No Muertos. Porque entonces estábamos muertos.
Os seguiré informando
¡A COMERRRRRRR! Grito mi madre por la ventana de la cocina. Todos dejaron lo que estaban haciendo y se dirigieron raudos.
El abuelo con las nietas, que seguían jugando, ahora a la gallinita ciega. ¡Quien me iba a decir a mi que jugaría a eso con sus nietas! Las Evas, dejaron las hoces en el campo que estaban cosechando. Y Elisa después de haber acompañado a Jano, ayudaba a mi madre en la cocina. Jano, dejo por un momento la emisora.
Eran, según el reloj de la cocina 15:37
Ya estaban sentados en la cocina y se disponían a dar cuenta de lo poco que había en la mesa. Había algo de pan. Sopa de cebolla. Pimientos asados, y las últimas porciones de carne que había en la despensa. Y frutos secos almendras, nueces y avellanas. Estos sacados de los árboles de la finca, que gracias a Dios, seguían sacando sus frutos sin problema alguno.
-¡Vaya Banquete! –Exclamo el abuelo al ver todo lo que se ofrecía en la mesa-
-Si, si… banquete esto es lo que hay
-Pero si tiene una pinta fantástica dijo Jano con una cara del que no comía caliente hacia tiempo.
-Espero que estos, refiriéndose a los cuatro que habían bajado a Huesca, puedan traer algo de comida. Si no, si que nos vamos a morir de inanición, comento por lo bajo mi madre.
-Si mujer. Contestó el Abuelo que la había oído. Claro que trairan comida.
Sin más empezaron a buena cuenta de la comida que ante ellos se ofrecía.
Terminaron rápido. No hubo café, pues lo racionaban para los desayunos. Y todos se fueron a hacer la siesta. Todos menos Jano. Que tenía el trabajo de intentar hacer funcionar la emisora.
Volvió al garaje y se dispuso a hacer ensamblar el nuevo circuito en la emisora. Soldador en mano, “cosía y cortaba” como un cirujano en una operación de Bay-pass.
Pasó un tiempo hasta que hubo terminado de encajar las piezas para que comprovaba el invento. No cerro la carcasa, ni le puso los tornillos por si no fuera a funcionar. La seguridad con la que había comentado que podía dar más potencia a la emisora, empezaba a flaquear. Ya que, hacia cinco o seis años que había dejado la carrera. Pero eso no lo podía ni quería decir a nadie. Quería sentirse seguro e insuflar optimismo a esa familia que le había acogido con los brazos abiertos. Se preguntaba también, si otra familia hubiera actuado de la misma manera que esta. Nunca tendría la respuesta.
Conecto la emisora al generador. Cruzo los dedos. Dio a la palanca del ON/OFF y lo puso en posición ON. La pantalla de LCD verde, se encendió. Miro a la izquierda de la pantalla. Vio que la señal estaba en lo máximo. Instintivamente, cerró el puño y apretó los dientes.
La emisora empezó a crepitar. Hacia ruidos extraños. Mezcla de electricidad estática y silencio. Jano, empezó a mover suavemente la rueda. Cambia de sintonía muy poco a poco 1230.000 UHF, 1229.995, así sucesivamente. Cada vez que giraba el dial, aguantaba la respiración inconscientemente.
Cuando llevaba mas de un cuarto de hora enfrascado en la búsqueda de emisoras. Se le cayó en la cuenta de que no tenía antena. Bueno tenía pero era miserable. Tenía una antenita un poco más grande que las de los teléfonos móviles. El cerebro de Jano estaba funcionando a todo lo que daba de sí.
Recordó que la valla que separaba la casa de los campos, rodeada con un seto verde, podría valer. Con un destornillador, a la pequeña antena de la emisora, le desprendió el plástico negro que la recubría. Miro la antena de aluminio reluciente que tenia delante de si y sonrió. Acto seguido, salio del garaje con unos alicates y se encamino hacia la valla.
Cuando estuvo frente a ella se agacho hasta tumbarse sobre el jardín. Despejo de hierbas los bajos para obtener mejor visión. Y corto. Corto alambre de la valla. Corto unos 30 metros. Pero con el cuidado de no dañar ni debilitar la valla que estaba.
Cuando salio con el alambre, estaba sofocado por el calor y el esfuerzo, pues esa valla tenia el alambre recio de unos 0,5 cm. Ahora se encaminaba a buscar algo para encaramarse al tejado. Quería conectar ese alambre a la viga metálica que soportaba la antena de televisión de la casa. Con eso penaba que la capacidad de la recepción de la emisora, se multiplicaría por mil. Si había alguien trasmitiendo en toda España, seguro que con los arreglos que había confeccionado, tendrían que oírlos. Y hasta quien sabe, ponerse en contacto.
No quería molestar a la Familia que estaba durmiendo la siesta. Entro en casa a mirar si alguien estaba despierto. No habia nadie. Todos descansaban. Al salir miró el reloj de la cocina. Faltaban cinco minutos para las cinco y media.
Salio de la casa y se dispuso a mirar por toda la finca una escalera. Se dirigió a una caseta de aperos que había en el extremo superior derecha de la finca. Allí estaba ubicada la bomba de extracción de agua de un pozo del que se abastecían todos los habitantes de la finca.
Abrió la puerta y vio la escalera apoyada en la pared izquierda. La cogió sin miramientos. Pesaba más de lo que parecía. Tuvo que esforzarse para levantarla y llevarla a rastro por todo el jardín.
Cuando llego a la pared de la casa, apoyo la escalera y empezó a sacar los tramos que llevaba en forma de tubos. Los desplegó todos y le faltaba a la escalera unos 60 cm. para llegar al tejado. Eso no le suponía ningún tipo de esfuerzo para Jano. Auparse al tejado no le suponía nada.
Subió por la escalera amarrándose con la mano izquierda, mientras que con la derecha sostenía el alambre. Llego al tejado y finalmente al pequeño pilar que sostenía la antena de la televisión. Al ser el pilar metálico, tuvo que quitar un poco la pintura blanca que lo embellecía, y se dispuso a dar unas vueltas al alambre en el pilar metálico.
Os seguiré informando.
Circulábamos a una velocidad de 80 Km. /h. El corazón poco a poco volvía a su ritmo. Los sudores ya no se notaban. Delante de nosotros se extendía en toda su amplitud la calle del Trasmuro.
Seguía agarrando fuertemente el volante. Tan fuerte que los nudillos estaban blancos.
-Ya esta. Relájate. –Me dijo Fernando-
-Si; pero las hemos pasado bien putas. Respondí
-Si eres un hacha colega. Rió Diego, el Eraser, -yo también las ví putas-.
-Aun no me han bajado de la Garganta. Reí yo.
Seguíamos en dirección a las Miguelas. Circulábamos a toda pastilla. Todo se veía de color de rosas.
Llevábamos comida, bastante. Como para no preocuparnos en dos semana o quince días. Lo único que no cogimos fue vino. Y en esa tienda, La Confianza, dispendia unos caldos de la tierra dignos de beber. Ni una miserable botella de Güisqui pudimos atrapar. Ahora que estaba un poco más relajado, recordaba lo que no tomamos prestado.
Cuando ya divisábamos las Miguelas, el convento fundado por Alfonso I de Aragón en 1110, gótica con tradición románica, me vino a la cabeza el comentario que siempre me hacia el profesor de historia en el Seminario de Huesca, donde me tuvieron que “aguantar” en mi adolescencia. “Esta iglesia paga una peseta al Ayuntamiento por los Terrenos en los que esta, a eso se le llama El Concejo”. Me vino una sonrisa a la cara, que se me borró de inmediato.
Delante de nosotros, como un gigante dormido, se hallaba un trailer de “Repsol” tumbado. A los lados de el, otra improvisada barricada. Esta vez hecha con vehículos tumbados y algunos apoyados en otros. La verdad, era una barricada “con dos Cojones”.
Conduje hasta dar con la defensa en los vehículos que estaban en la cabeza del trailer.
-Vamos Javi, dale caña como antes –me dijo Carlos-
-No creo que podamos mover estos tres coches. Deben pesar alrededor de tres mil kilos y el Montero tiene “güevera” pero no tanto.
-¡Pruébalo! ¡Hostias!
-OK. Pero no os hagáis ilusiones.
Volví a hacer la maniobra, que escasos diez minutos habíamos probado con éxito. El Montero, cuando aceleré, salto; dando un golpe a las puertas de un Ford Focus.
El resultado fue el que yo esperaba. El cuenta revoluciones subía, subía, y subía hasta el máximo. Las ruedas empezaban a chillar. Un olor a goma quemada nos inundo a los cuatro dentro del coche.
- Esto no se va a mover. –dije-
- Vaya putada. VAYA PUTADA.- Contesto Carlos-
- Tendremos que volver y subir por el Colegio San Vicente – Dijo Fernando-
- Joder, y volver a conducir por calles estrechas. Eso no me gusta nada. –Dije yo-
- A nadie le gusta verse rodeados de No Muertos, pero es lo que hay. O dejamos el coche y cargamos con todo los vivieres tres kilómetros. –dijo el Eraser- que hasta ese momento seguía mirando hacia atrás, vigilando la llegada de la Horda.
- No, eso es peor –dijimos al unísono Carlos y Yo-
- Bien pues media vuelta. – Dijo el Eraser-
Aun no había terminado de decir eso, cuando el coche ya empezaba a ir marcha atrás, y girando hacia su derecha. Puse por enésima vez en el día, la primera. Esta vez no tendría miramientos. Acelere, acelere… Metí la segunda. Luego la Tercera. Circulábamos a 80 Km. /h. Ya se veía el cruce con el Colegio San Vicente. Llegamos al cruce y giramos hacia la Derecha. Una empinada cuesta nos importaba que llegáramos al Casco viejo de la ciudad, y por tanto a las calles empinadas y estrechas.
Pasábamos por delante del Colegio San Vicente. Una mole de ladrillo barroco, que ahora se impartían, bueno se habían impartido, clases del primer ciclo.
La calle Forment, que era la que teníamos delante, era muy, pero que muy angosta, así que decidí girar a la derecha. Cuando me disponía a girar, vi. Como a una veintena de No Muertos que se dirigía en nuestra dirección. Ese grupo de Zombis estaba compuesto de niños, adultos, y mayores. Ya no teníamos opción. Tendríamos que subir por la calle Forment.
Aceleré y con la cuesta, Carlos y el Eraser, se sujetaron a los asientos ya que la cuesta era bastante empinada.
Solo rezaba para que al giro que se divisaba a cien metros de nosotros no estuviera atrincherado o con una jauría de No Muertos.
Seguíamos subiendo. Con los nervios, no me di cuenta de que el motor se estaba quejando en demasía. Los acelerones, los golpes al vehículo, el sobreesfuerzo de mover barricadas, era algo a lo que el Montero no había sido diseñado. Mire la temperatura, la rayita del termómetro, estaba oscilando peligrosamente hacia la derecha, signo inconfundible que el motor se estaba sobrecalentando.
- Mal royo, dije entre dientes.
- ¿Mal royo? Pregunto Carlos
- Si la temperatura del coche. Esta subiendo.
- ¡Joder, Joder, Joder!
- Algún golpe o algún esfuerzo al mover los coches, ha debido dañar el radiador, o los ventiladores, o el aceite o… ¡Yo que sé!
- Pues tenemos que salir de la ciudad, si no…
Y no acabo la frase. Los cuatro sabíamos perfectamente lo que nos sucedería si acabábamos sin el Montero.
Os seguiré informando.
