En la iglesia de San Pablo Santiago Sas, estaba despachando al último feligrés de la mañana en el confesionario. Después de dar la absolución, miró a través de las cortinillas granates, hacia los bancos por si quedaba alguno. Al ver que no lo esperaba ningún pecador, salio rápido del confesionario y, casi a l trote, llegó a la sacristía.
Mientras se desvestía ayudado por un monaguillo, en el despacho del párroco de San Pablo, le esperaba su mentor y amigo Basilio Boggiero. Gracias a él, Santiago, dio un giro en su vida y acogió la senda de
En cuanto entró Santiago noto por la cara del su maestro que algo le rondaba por la cabeza.
- ¿Qué ocurre Basilio? Le preguntó santiago al pasar la puerta
- ¡Ah, ya estas aquí! Nada solo pensaba.
- Y ¿en qué? Si puede saberse.
- En esta carta que me ha llegado esta mañana al alba. Es del Abad del Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial. En la carta me exponen unos hechos, de los cuales algo sabíamos, ocurridos en Madrid las días dos y tres de Mayo de este año. Hace una quincena.
- Y…
- Pues que Madrid se sublevó contra los franceses. Todo el pueblo de Madrid se alzó en armas frente al invasor. Y los franceses se vengaron de toda esa pobre gente, que Dios tenga en su Gloria, asesinándolos como a pendencieros. No les importó en absoluto que fuesen niños o mayores, hombres o mujeres, laicos u hombres de Dios. Nada les importo una vez aplastado el alzamiento, todos los sospechosos de tomar parte en ese refriega fueron pasados por las armas y algunos colgados durante días a las puertas de la ciudad.
Santiago se dejo caer en el sillón de cuero viejo que tenia detrás de la amplia y reluciente mesa de caoba con los ojos fuera de órbita. Su cabeza intentaba asimilar la noticia mientras intentaba inútilmente sacar una palabra de su asombrada boca.
Te comento esto –dijo mirando por encima del hombro hacia atrás para asegurarse que estaba solo- porque despues de Madrid, Barcelona, Pamplona, Bilbao solo queda Zaragoza. Y que tarde o temprano estos gabachos entrarán en
- ¿Y que hacemos? Preguntó Santiago
- Tenemos que Informar al Capitán General Jorge Juan de Guillelmi, aunque supongo que las noticias van más rápido entre los soldados que entre los hombres de paz.
Mientras Santiago asimilaba las palabras y un sudor repentino y frío le cubrió el cuerpo que acababa de escuchar las campanas de
Decidieron salir a comer algo a la taberna que se encontraba a escasos treinta metros de la parroquia. Allí, despues de saludara a todos los que se encontraban en la taberna se sentaron en una mesa.
Pensaron que antes de comunicárselo al Capitán General, intentarían comunicárselo a otros ciudadanos de Zaragoza, a algunos hombres de bien que les apoyaran ante el Capitán. Sabían que Guillelmi era un afrancesado y no las tenían todas consigo en que entendiese lo que se avecinaba.
Mientras Palafox se terminaba de vestir con la ayuda de Elvira, Santiago le esperaba en la biblioteca observando los mapas que se desparramaban por encima de la mesa. Como buen militar la mirada recorría los mapas, los cuales se apreciaban las defensas de la ciudad con sus puertas y el temido ejercito a las puertas. Santiago se obcecaba en encontrar sentido a las distintas llamadas que figuraban por todo el mapa a distintos colores pero por más que observaba no comprendía, ya que no figuraba ninguna llamada en el mismo. Al cabo de unos minutos esas rayas, asteriscos, colores, rectángulos, flechas se le abrieron a la mente y los comprendió
Mientras tanto la ciudad de Zaragoza, a esa hora, rebosaba alegría. Todo era un ir y de venir de la gente más o menos ocupada. Se mirase a donde se mirase era un ajetreo alegre de personas ocupadas en sus quehaceres, en pequeños corros, hablando o gritando sus mercancías. En definitiva era una ciudad viva. Como vivo era ese muchacho de ropas roídas y descoloridas por el uso. Unos pantalones viejos por la rodilla con manchas, a saber de qué, con unas medias de lana acabadas en unas sandalias desgastadas y una blusa , que al principio sería blanca pero que ahora se veía casi gris que miraba con miedo al otro grupo de chicos que estaban jugando a la peonza en el suelo. Casi todos los días le obligaban a poner pies en polvorosa por ser el hijo mayor de un hortelano que vendía sus productos unos metros más abajo. El chico agacho la cabeza y apresuro el paso asiendo firmemente el cántaro que portaba para rellenarlo de agua fresca como le mando su padre.
Pasó por la acera de enfrente y la suerte ese día estaba con él, ya que el grupo no se percato de su presencia gracias a la discusión que tenían.
Jaime que así se llamaba el chaval, suspiro aliviado al verse a salvo. Torció por la calle empinada en dirección a la fuente pensando en sus quehaceres.
Jaime era el mayor de los siete hermanos. Sus padres un hortelano y su madre, su madre un poco de todo. Cuando no estaba preñada, se valía para cuidar a los niños y ayudar al padre en el puesto. También sacaba tiempo para mantener la casa limpia y hacer unos bordados finísimos que vendía, de vez en cuando, a una tienda de la calle San Gil donde las señoras de alta burguesía aperciban el valor y la maña de esos bordados. Poco a poco se iba ganado una reputación. Al ser el mayor, y según el derecho Aragonés, en cuanto su padre dejase este mundo de Dios, todas las partencias las heredaría él por ser el primogénito. Jaime acababa de hacer trece años. Era alto, guapo aunque flaco. Tenía la tez blanca como su madre y sus mismos ojos grandes y verdes poblados de unas pestañas negras. Al ser flaco, ya que la comida escaseaba a veces, los músculos de su adolescente cuerpo, eran finos y nervudos.
Llegó a la fuente para llenar el cántaro y volver presuroso a sus quehaceres. Al volver cambió de camino para evitar encontrarse con los zagales que le hacían correr. Siguió con su paso rápido para no demorarse.
A la altura de la calle Santiago torció y abandono el paso presuroso ya que se acercaba a la casa donde habitaba una chica que cuando estaba delante de ella, el corazón se le aceleraba, notaba la sangre en la cara y sus palabras se volvían monosílabas. Esta vez quería entablar conversación con esa chica. La noche anterior, antes de dormirse, repaso más de quince veces, un diálogo imaginario para poder hablar con ella.
La divisó a unos treinta metros. Enseguida noto que el corazón se le aceleraba, que las manos se le empapaban y empezaba a respirar agitadamente. Cuando llegó casi a su altura esta se volvió, como si lo esperase. Su sonrisa blanca como la nieve, con unos labios carnosos le parecía a Jaime, la mejor sonrisa del mundo. Sus pómulos blancos, con una pequeña motas de color, unidos a unos ojos negros y grandes además de su melena negra recogida bajo una redecilla blanca hicieron que Jaime caminase más despacio para poder aprovechar la vista. Ella bajo la vista con coquetería, mientras ella vaciaba a las calles una gran palangana.
Al Llegar a su altura se paro y la miró fijamente con una amplia sonrisa que fue devuelta con una franqueza que hizo que las piernas le temblasen.
- Mi nombre es Jaime.
- Lo sé. Contesto. El mío es Natividad. Y vivo aquí.
Así estuvieron sin hablar largo rato mientras se miraban con la sonrisa puesta hasta que una llamada estridente de dentro de la casa los sacó que trance en el que flotaban. Natividad giro sobre sus talones y volvió corriendo hacia la casa con una risita que ha Jaime le pareció la mismísima risa de los ángeles.
En la biblioteca, donde le esperaba el General, llena de libros y documentos que tapizaban toda la estancia. Los libros y documentos versaban de las cosas más dispares. Se podría encontrar desde un tratado de estrategias militares pasando por otros de leyes, muchos de historia, otros de las colonias –escritos en su mayoría por los Jesuitas-, derecho romano, arquitectura, pintura y como no, todos los clásicos. En fin, era una biblioteca que cualquier erudito se dejaría sacar tres muelas para poder pasar en esa confortable habitación un día entero. Palafox, se encontraba sentado detrás de su mesa de escritorio de caoba, sobre ella se encontraban legajos que estaba leyendo en ese instante gracias a los candelabros repujados y dorados iluminaban la mesa sin ningún problema.
Palafox alzo la vista y moviendo el documento que sostenía con la mano hizo un gesto para que se sentase. Siguió leyendo unos minutos hasta que los dejo sobre la mesa y miro directamente a Santiago.
-¡Que escabechina, Santiago, que escabechina!
-¿De que me hablas?
De que va a ser de Madrid. La revuelta de hace quince días, la que el pueblo se levanto contra esos malditos gabachos. Todo el pueblo de Madrid se ha sublevado contra los franceses. ¡Todo el Pueblo! -dijo esto golpeando la mesa- desde los panaderos, carpinteros, carniceros, herreros, zapateros, mujeres, prostitutas, niños, ancianos. Todos menos, claro esta los burgueses, y el clero y todos esos hideputas de los afrancesados como ese cabrito de Godoy, ha obligado al ejercito a mantenerse al margen de la sublevación. Mientras sigue como siempre, besando las posaderas de “mesieur Napoleón”. Dejando que el pueblo muera de hambre, despues que nuestra gloriosa marina, tuviese su día más negro en Trafalgar dirigido por ese incompetente marino de agua dulce que llevó a nuestros gloriosos Churruca, Gravina a la muerte cuando todos los nuestro le decían que ir a buscar a los ingleses era una misión suicida. ¡Pero Claro! Ese “enfant terrible” quería darles un escarnio y lo que encontró fue su primera derrota. Nos ha echado toda la culpa a los españoles, y en Madrid nadie ha contestado y nadie ha cogido a los afrancesados y los ha colgado de un palo. No
- ¿No estás exagerando José?
- No, no estoy exagerando, te lo comento muy en serio. Creo que después de Madrid, vamos nosotros.
- Pero, ¿Qué te hace pensar eso?
- La situación estratégica de la ciudad. Como sabes se encuentra en el centro del triángulo formado por Madrid, San Sebastián y Barcelona. Aquí tienen a las puertas de la ciudad, bajo el cargo del Gobernador Guillelmi a un ejército inmenso para poder mandar hacia donde les plazca sus contingentes de Infantería y Caballería.
- Bueno, bueno, creo que eres demasiado pesimista. Lo de Madrid si que fué algo extraño, pero la mecha que incendió todo fue que creyeron que transportaban todos los miembros de
- ¡Pero si están todos allá, exceptuando al Infante Fernando! Que al final, según un despacho que me ha hecho llegar un Capitán del cuerpo de Granaderos Real, el Infante también ha salido ya para Francia.
- ¡Vaya!, esa noticia si que es mala.
- Mala no Santiago, es Peor.
Día 13 de Mayo de 1808.
El cielo clareaba a las primeras horas del alba mientras Santiago, recorría las empedradas calles del Coso a un paso rápido. A esas horas todavía no se encontraba atestada de gente. Algunos hortelanos, chichorreros, carniceros con sus carros y sus caballerizas se acercaban al mercado central para que apunto de la mañana todo ese genero apareciera como un manjar delante de los asustados habitantes de Zaragoza, componían las únicas siluetas que se veían por la calle. Las noticias que llegaban de la capital del Reino producían en la población un inmenso temor. Por todos los barrios, casas de citas, albergues, monasterios, hospitales circulaba el rumor que la siguiente ciudad seria Zaragoza. Los habitantes de las aldeas y pueblos vecinos como Torrero, Casetas, Villanueba acudian con lo puesto a resguardarse, de lo que pudiese pasar, tras las murallas de
El cierzo soplaba así que Santiago se subio el cuello del tabardo y se encogio sobre si mismo mientras aceleraba el paso. Santiago de Álvarez y Miranda, ese era su nombre, pensaba mientras caminaba hacia la casa de su antiguo camarada y compañero militar José de Rebolledo y Palafox. Santiago y José se conocian muy bien pues aunque uno de Zaragoza y el otro de Huesca coincidieron en la escuela militar. Ambos fueron destinados, casi imberbes, a una de las compañías con más solera, arraigo y tenaces de todos los tiempos. Herederos del los famosos Tercios españoles. La compañía Flamenca de las Reales Guardias de Corps. Aquellos años en los que juntos pasaron penalidades y gloria en las guerras de Las Provincias, hizo que entre los dos creciese una amistad y lealtad inquebrantable. Juntos descubrieron la dureza de las batallas, la muerte por doquier, el tifus, el escorbuto. Por suerte ellos seguian en este mundo, muchos camaradas y amigos los esperaban en las puertas del mas allá.
Recordándolo a Santiago se le esbozaba una sonrisa que le iluminaban sus ojos color miel. Aunque caminaba encorvado a causa del viento, su silueta era de un hombre fornido y bien dibujado. Su cara, si no fuera por ese espadazo que en forma de cicatriz le recordaba lo cerca que estuvo de la muerte durante la última batalla y que se libro en el último instante cuando el enemigo asestaba ya su golpe de gracia, apareció por suerte para él, la espada de Palafox deteniendo el golpe que lo hubiese dejado como una res muerta en canal. De vez en cuando aun le dolía esa cicatriz, sobre todo cuando el tiempo cambiaba bruscamente como pasaba en ese momento. Ese día Santiago le debía una a José y este, en forma jocosa, siempre se lo recordaba cosa que hacia que riesen como si fueran niños.
El eco de sus pasos rebotaba por la estrecha calle Real Aduana, donde estaba el palacio de la familia de José Palafox. Se planto delante de la gran puerta doble de nogal abatió por tres veces la anilla en forma de serpiente, fuertemente. Al momento una sirvienta abrió el portalón apartándose a un lado, dejo libre el umbral de la puerta que traspaso Santiago en dos zancadas mientras le daba el sombrero y el tabardo a la muchacha que aguardaba pacientemente.
- El señor Palafox le esta esperando, señor Álvarez.
- Gracias, Elvira.
ANTECEDENTES
Tras la derrota que el ejército de Napoleón Bonaparte sufrió en
Al auspicio de la alianza franco-española que Manuel Godoy impulsó para contentar al expansionista vecino transpirenaico, tropas francesas habían cruzado la frontera en 1807 con la excusa de hacer cumplir a Portugal el Bloqueo Continental. Acantonadas ya a lo largo de España, y dada la apatía y dejadez de la monarquía Borbón, Napoleón decidió reemplazarlos por su hermano José Bonaparte. Es así como hace firmar a finales de ese año tanto al rey Carlos IV como al príncipe y heredero Fernando (futuro Fernando VII) las conocidas como Abdicaciones de Bayona en las que renunciaban a sus derechos al trono de España en favor de Napoleón, que a su vez renunció en favor de su hermano.
A pesar de las instrucciones de cooperar con las nuevas autoridades, el descontento popular por la ocupación militar motivó el levantamiento del 2 de mayo de 1808 en la capital. Tras la dura represión del mismo por parte francesa, diversas juntas autónomas se declararon en rebeldía en todo el país. En Zaragoza, el pueblo depuso al gobernador afrancesado Guillelmi y nombró el 25 de mayo al militar José de Palafox y Melci, partidario del Príncipe de Asturias y cabeza de la rebelión en Aragón. Éste repartió las armas del arsenal de
Un ejército al mando del general Moncey fue destinado a tomar la ciudad, de gran valor estratégico tanto por su relativa cercanía a la frontera francesa y su categoría de capital del Reino de Aragón, como por su posición clave como nudo de comunicaciones donde se cortaban el eje que unía la capital, Madrid, con Barcelona con el que enlaza el País Vasco con la costa valenciana. Así mismo, la línea logística del ejército francés comenzaba en Navarra y embarcaba los víveres en el Canal Imperial de Aragón, siendo Zaragoza un punto clave para garantizar el aprovisionamiento de las fuerzas francesas de Tortosa y Tarragona.
Hola a todos los posibles lectores de este blog.
Acabo de empezar otro escrito que iré colgando aquí.
Este tampoco va de Zombies, ni detectivesco.
Va a Hablar sobre los Sitios de Zaragoza en el año 1808
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Adios
- Pero no crea que “he ganado”- dijo Camarero, a la pandilla de los Casado los han detenido en Lisboa cuando estaba a punto de coger u vapor para Brasil.
- ¡Vaya! Eso si que es un contratiempo importante para sus pesquisas. Entonces, si no fueron los casado ¿Quiénes fueron Sr. Casado?
- No lo sé. Aunque como Ud. sabrá no solo existe una cuadrilla que se dedica a asaltar casas. Supongo que será alguna de las que ya tenemos constancia, y si no será una cuadrilla nueva. Salen como setas en otoño desde un tiempo a esta parte.
- También puede ser, Sr. Camarero, también.
- Bueno pues sin más me voy. Tengo que llegar a la comisaría. He pedido uno telégrafos. Voy a ver si tengo respuesta. Si no le molesta Sr. Latorre, ¿podría darme alguna pista sobre lo que usted piensa?
- Ya se la di- dijo mi amigo estirándose todo lo largo que era para acercar sus pies a la chimenea- que es todo una falsedad.
- Sr. Latorre, seamos serios por favor. Si lo que dice usted es verdad, ¿con que motivo se hace el engaño?
- Eso no lo sé… aun.
Después de una cena majestuosa, digna de un rey, nos sentamos en la salita a tomar- yo un chinchón y Latorre un Oporto- y hablar sobre cosas banales, aunque mi compañero no daba mucho pie para entablar conversación. Seguía estirando sus pies al fuego de la chimenea, y se quedaba absorto otros momentos. Yo intentaba poner algo de mi parte para sacarle algo.
- si, querido Corvinos, tengo algo en mente –dijo de pronto como si leyese el pensamiento.-
- y ¿Qué es lo que tiene?
- Espero Noticias de un momento a otro.
- ¿a estas horas?
- Si.
- Pues si no le importa, le diré que me pareció un poco arrogante y malintencionado la forma en que trato usted a Camarero.
- Vamos, vamos Corvinos, hace tiempo que me conoce y creo que nunca le he dado pie para que desconfíe. ¿Qué no le he dado todo lo que sé? Pues si.
- ¿y eso?
- Mire –dijo recogiéndose y sentándose apoyando la espalda en el sillón- lo que yo sé es extraoficial, y lo que sabe Camarero es oficial. ¿me explico? Yo puedo juzgar por mi mismo, cosa que el no puede por ser el investigador oficial y tener superiores a los que debe informar. Aparte, si yo le digo todo el sueldo que se gana, tendría que ser para mi ¿no cree? –dijo esto último con una sonrisa en los labios-.
- Y ¿Cuándo espera usted las noticias?
- Ya, mismo ¿no ha oído el timbre?
- Si, y oigo los pasos subiendo la escalera…
La puerta se abrió y se vio en ella dibujada la figura de
- Tome asiento Sr. Lasierra recibió usted mi telegrama por lo que veo.
- Si señor, Recibí su telegrama, y aquí estoy a la hora que me indicaba.- eran la diez y media de la noche- Me he enterado de que ha estado en
- Tranquilícese, y tome una copa de este oporto que esta realmente bueno. Mire señor Lasierra, si yo creyese por un solo momento, que usted es un criminal, no estaría sentado allí tan tranquilo eso seguro. Ahora le ruego que se tranquilice y me responda a las preguntas que voy a efectuar. ¡Ah! Y le digo que no me podrá engañar. Al primer atisbo de mentira le entrego a la policía.
El gigantón se bebió de un sorbo el vino que le habíamos servido, y empezó a mordisquear un cigarro que llegaba en la boca.
- ¿Qué quiere que le diga Sr. Latorre?
- La verdad, únicamente
- Esta bien. Ya me da lo mismo. Acataré lo que ud decida. Y también le digo que me da igual lo que me depare el futuro. Volvería a hacer lo que hice sin ningún género de dudas. Cuando pienso en la pobre señora, Elisa Campoviejo, me negare siempre a llamarla Sra. Llamazares, se me derrite el alma. Bueno les cuento- suspiro, dio una larga calada a su cigarro, y empezó a contar los hechos-.
Supongo que ustedes sabrán que a
- ¿Se le declaró usted? –intervino Latorre-
- No, no lo hice, su doncella me comento que venia a España a Casarse con el Sr. Llamazares, y como usted comprenderá al oír ese nombre, vi. que mi empresa era imposible.
- Siga, siga.
- Bueno, la sra. Me trató como nadie en mi vida me ha tratado. Con dulzura, con cariño y amistad. Y la trate como un enamorado trata a su enamorada. ¿Cómo se iba a fijar en mí si en España la esperaban títulos, riquezas, joyas, alta sociedad? Y yo ¿Qué podía ofrecerle? Si mi amor incondicional pero un marinero sin más. Ella ha nacido para lo bello y lo mejor de esta cloaca que es el mundo. Y yo no podía proporcionárselo. Me alegré por ella, pero no evito que intimáramos en el viaje como dos grandes amigos. Como sabrán me ascendieron a capitán y el barco no estaba preparado para hacerse a la mar y por suerte me quede hospedado en Madrid. Un día caminando distraídamente por
La doncella acudió rauda al oír los gritos de él y ella y cuando se presento ya todo estaba finalizado. Descorche una botella de vino y le hice beber a
Y eso Sr. Latorre es lo que sucedió, aunque me vaya el garrote vil. Esto es lo que pasó.
Latorre se quedo pensando, como si durmiese, y de pronto se levanto y fue hacia el hombretón dándole la mano.
- Aquí tiene usted lo que pienso. Creo que me ha dicho totalmente la verdad. Apenas ha dicho algo que yo no supiese. Nadie podría haber hecho los nudos que mantenían a la señora atada si este no era un marino. Solo una vez la señora había estado en contacto con marinos, y fue en su travesía por el Atlántico, y tendría que ser alguien de su escala social, más o menos, una señora como ella no se dirigiría a los carboneros, por ejemplo. Y también demuestra dos cosas una que la señora no quería delatarlo y la otra, consecuencia de esta, es que sentía amor por usted. Ya ve que fácil ha sido cogerle a usted en cuanto he dado con la pista correcta.
- Creí que la policía no daría nunca con los hechos verdaderos.
- Je, Je, y aun no lo ha hecho. Ni lo conseguirán, espero. Y ahora señor Lasierra, comprenderá usted que esto es un tema grave de verdad. Así, que si usted quiere, puedo dejarle un día de ventaja para escabullirse de
- Y al cabo de ese tiempo… ¿se hará todo público?
- Si por supuesto, ya sabe la calaña de los Tabloides.
- Y ¿QUIERE QUE ME VAYA Y PUEDAN CULPAR A
- Je, je, Tranquilo hombre de Dios, esta era mi última prueba para ver si realmente todo los sentimientos que ha contado usted eran reales y veo que sí.
- y ¿Qué hacemos?
- Yo al Sr. Camarero, le di mi opinión y la pista, que no ha querido seguir. Es harto improbable que consiga desentrañar el misterio si siguen actuando así.
Vamos a ver, Usted Lasierra es el reo, usted querido Corvinos es el Jurado. Y yo como nadie queda seré el juez…. Ejem, señores de Jurado ya han escuchado todo el caso. ¿Cómo declaran al reo Culpable o No Culpable?
- No culpable –Continué intentando hacer dignamente el papel que Latorre me había dado-
- Bien, el Jurado ha hablado. Mientras
- Gracias Sr. Latorre. Muchísimas gracias.
Y Así termino el caso de
Este también fue el único caso donde mi amigo “perdono” a un “culpable”. Mucho más adelante, cuando Latorre ya se había retirado, me entere de
- ¿pero qué? Pregunto Camarero.
- Esos vasos…
- ¿Qué le pasa a los vasos?
- ¿Cómo usted no ve nada extraño?
- Pues…
- Nada, nada dejémoslo correr. El cerebro mío carbura demasiado deprisa intentando buscar alguna solución para idioteces algunas veces… esta puede ser una de ellas. Esto de los vasos debe ser pura casualidad. Por lo que veo Camarero usted ya tiene a sus sospechosos, bueno, a sus culpables por lo que mi estancia aquí sobra. Corvinos, vayámonos a aprovechar lo que queda del día.
En el trayecto hasta la estación Latorre estuvo ensimismado en sus pensamientos, con lo que casi no me dirigió la palabra. Conociendo como conocí a Latorre, veía su rostro acerado y su brillante mirada como que algo no le cuadraba, pero sabía que en ese estado era mejor no interrumpir su maquinaria pensante.
Ya en el tren seguía ensimismado, hasta que, como si despertara de un sueño, me comento:
- Corvinos, le pareceré un loco, pero me parece una locura dejar este misterioso caso tal y como dice Camarero. Llámeme loco si quiere, pero por muchas vueltas que le doy no me cuadra en absoluto. Si ya se que la honorable Señora y su criada no han dejado lugar a dudas… pero hay algo que me huele a podrido.
- ¿Los vasos?
- ¡Exactamente! Los vasos. Ya sabe usted que a mi me gusta empezar una investigación por mis propios medios, no que me den una caso casi, no, yá resuelto. Yo, hubiese empezado por los vasos, cosa que Camarero, los ha dejado casi de lado. Yo hubiese actuado así, y ahora borre de su mente todo lo dicho anteriormente por la señora, su criada, y Camarero. ¿De acuerdo? Bien ahí va.
Los Ladrones han actuado hace dos semanas a poca distancia, y según los tabloides y la policía se apropiaron de un gran botín, y de cómo esa cuadrilla actuaba dejando claras pistas por si alguien quisiera usar esta información como un plan. La mayoría de los ladrones, incluyendo a estos, cuando dan un buen golpe se retiran durante un tiempo por dos cosas: una que se calme toda la investigación y otra disfrutar de paz y sosiego mientras planean el próximo movimiento, no se arriesgan a dar otro golpe y menos tan poco provechoso como este, dejando una grañidísima cantidad de objetos valiosos a su alcance y con un asesinato a sumar a sus ya numerosos delitos.
La cuadrilla es por así decirlo, profesional. ¿Qué asaltador profesional entra en la casa y le da un puñetazo a la inquilina para que no grite, cuando lo más seguro es que grite por el puñetazo y no por el susto? Y por último no es corriente que gente como esta descorchen un Excelente vino y no se lo terminen o no se la lleven ¿me sigue usted Corvinos? ¿Qué impresiones saca Ud de todo esto?
- Pues la verdad que visto así, impresiona un poco, pero desgranando como la ha hecho todo parece factible. Lo que no ha comentado usted es que la señora fue atada en la silla.
- Mire Corvinos; lo de atar a la señora, me parece que solo tenían dos opciones, o la mataban, como al Conde, o la inmovilizaban. Para que no diese la alarma cuando hubiesen terminado de consumar el robo. Pero esta los de los vasos.
- Dígame ya, por Dios, que barrunta usted con los dichosos vasos de vino.
- Nos dijeron que bebieron tres hombres en ellos ¿le parece a Ud verosímil?
- Claro ¿Por qué no? Había resto de vino en los tres vasos.
- ¡Exactamente! Pero solo en uno de ellos había posos de vino ¿lo recuerda?
- Pues que seria el último vaso el que tenga el poso.
- No, la botella lo tenía en abundancia como yo me fije. Y es imposible que los dos primeros vasos aparezcan limpios de posos y solamente el último tenga poso y bastante. He llegado a la conclusión que solo hay dos opciones para eso; una es que una vez lleno los dos vasos, para fastidiar al tercero, agitaran violentamente la botella, cosa poco probable, ¿no cree?
- Y entonces ¿Qué es lo que cree?
- Que solo fueron utilizados dos vasos. Y que los posos de ambos fueron vertidos en el tercer vaso. Para dar credibilidad a la engañifa de que fueron tres personas las que había en la habitación. En ese caso ¿Dónde se encontraría el poso? ¡Exactamente! En el último vaso. Y aquí es donde viene lo bueno por que si tal y como yo sostengo, solo se usaron dos vasos, eso quiere decir Sr. Corvinos que…
- ¡La doncella y
- Excelente, Corvinos, excelente- dijo riendo por lo bajini- y que del relato que nos han contado la señora y su doncella no debemos creernos nada en absoluto. No debemos creer nada de lo que esas señoras digan, deben tener una razón poderosísima para urdir un plan tan bien expuesto y ocultar al verdadero criminal. Nosotros tenemos que empezar con este cabo para desenmarañar el ovillo que esta un poco enredado. Camarero ira por su lado y nosotros por el nuestro. ¿esta conmigo Corvinos?
- Hasta el Infinito y más allá.
Cuando los habitantes de
Tuvimos suerte ya que, Camarero no se encontraba en la casa puesto que fue ha a informar a sus superiores de cómo iba el caso.
Latorre y yo fuimos directamente al salón donde ocurrieron los hechos. Todo estaba tal y como nosotros lo dejamos exceptuando, claro, el cadáver de Sr. Llamazares, que no estaba y en su lugar se veía un perfil de una figura humana en el suelo pintado con tiza blanca.
Latorre cerro con llave y acto seguido se puso a investigar a sus anchas. Yo me acomode en un confortable sillón orejero y me dispuse a ver, como otras tantas veces, el trabajo concienzudo de mi amigo.
Observo la ventana, la silla, el cordón de la silla, la alfombra con la mancha de sangre aun fresca, las cortinas… en fin todo lo que estaba en la habitación fue escudriñado por el ojo y la mente rápida y deductiva de mi querido Latorre.
De pronto dio un ágil salto y se encaramo a la repisa de la chimenea y observó, durante unos minutos, el trozo de cordón que quedo en el techo agarrado aun al alambre. Lo miró y requtemiró con detenimiento y yo vi que casi se le iluminaba la cara. Aun hizo el movimiento de intentar agarrar el trozo pero se quedaba a escasos centímetros del cordón. Luego salto al suelo con una pequeña sonrisa de satisfacción en la cara.
- Todo esta bien, Corvinos, muy bien diría yo. Nuestra cadena de acontecimientos esta casi con todos los eslabones perfectamente colocados. ¡Ah, si hubiese hecho caso a Camarero! Vaya torpeza hubiésemos conseguido.
- ¿Ya dio con los hombres? –dijo yo incorporándome casi de un salto-
- Con el HOMBRE, Corvinos, y extraordinario por cierto.
- ¿Cómo que Extraordinario?
- Pues sí. Si no, fíjese en el hurgón, esta doblado del impacto, o sea, que debe tener una fuerza descomunal. Rondara entre el metro ochenta y cinco y el metro noventa. También será ágil y diestro con el empleo de los dedos. Y, ahora lo más destacable, tiene una inteligencia superior como demuestra que, creo, fue el a quien se le ocurrió todo este teatro. Pero, como siempre le digo, siempre hay alguien más listo que tu ¿no es así? Se le pasó por alto el cordón, y no contaba con que me llamaran.
- ¿Dónde estaba la pista para poder deducir todo esto?
- ¡Bah! Cuando se lo explique desaparecerá todo el misterio. Bueno, bueno no se impaciente querido amigo. Contésteme a esta pregunta ¿si usted hubiese sido el asesino y fuera a dar un tirón para arrancar el cordón de la campanilla por dónde se hubiese roto?
- En la unión con el alambre –conteste yo-
- Efectivamente, pero ¿Por qué se ha roto a unos siete centímetros del alambre?
- Por que estaría deshilachado.
- Muy bien, como vemos en el cordón con que ataron a
- Ahora, querido Corvinos, fíjese en la mancha de la silla, en el asiento. ¿Qué cree que es?
- Sangre, sin ninguna duda.
- Y ¿no le dice nada?
- Pues…
- Con esto se desbarata el relato, el cuento de la señora. ¿Cómo va a haber una mancha si estaba la señora atada y sentada en la misma?
- Entonces se tuvo que sentar después del golpe en la cabeza a su marido.
- Exactamente, y su vestido negro tendrá que llevar una mancha como esta de la silla. Tendremos que volver a molestar a la doncella antes de dejar ver nuestras cartas ¿no opina Ud. igual?
- Por supuesto que sí- respondí con una cara llena de asombro y veneración-
La criada se presento ante nosotros con el rostro que dibujaba resquemos hacia nosotros.
La doncella era una mujer de piel oscura pero radiante. Unos ojos negros y grandes que acompañaban unas pestañas de tigresa. Sus rasgos redondeados y sus sobrantes carnes hacían que pasara desapercibido el detalle que de cara era una señora muy bien agraciada.
Al principio de la entrevista contestaba únicamente con monosílabos, pero Latorre, cuando quería era capaz de ser un autentico Don Juan. Viendo como vió que la doncella no quería contarle nada nuevo, desplegó durante bastantes minutos una andanada de cumplidos y pequeños chascarrillos hasta que se gano la confianza de la doncella.
Al cuarto de hora la doncella ya no ocultaba su odio hacia su difunto señor.
- Si señor, varias veces me había puesto la mano encima. De normal, cara afuera, era un respetable y rico señor con títulos nobiliarios. Dentro de la casa era un demonio. Cuando bebía, y lo hacia constantemente, se volvía en una persona dura, áspera, maleducada, y violenta. Las veces que me pegó fue siempre por defender a mi Señora, a la que quiero más que a mi vida, pues la conozco desde casi nació. A mi no me importaba recibir si con ello evitaba que pegara a mi querida señora.
- ¿Le comento la señora las rozaduras del brazo que portaba hoy’
- No, no me comento nada, pero no me extrañaría en absoluto que hubiese sido esa bestia de hombre. Lo que pasa es que la señora es muy orgullosa, y antes de aceptar que su marido borracho la maltrataba, se hubiese dejado ahogar, sobre todo por los amigos del Sr. que son todos muy parecidos y no veían con buenos ojos que una mujer de ultramar viniese a una de las casas más antiguas de España.
Cuando conocimos al Sr. era todo mieles, engatuso y engaño a mi pobre señora hasta que la convenció que viniese para la madre patria. Para vivir aquí una vida plena decía. Plena de horror y de disgustos. Pues en cuanto llegamos a España el señor empezó a ser muchísimo más severo con todos y se volvió un ser despreciable.
- ¿Fue el primer viaje de la señora a España?
- Si era el primero que hizo. Vino engatusada con el título, y el ser grande de España.
- ¿Vinieron directos o hicieron alguna escala en el mar?
- No vinimos directos en una Goleta a vapor.
No hubo terminado casi de contestar cuando en el umbral de la puerta vimos la estilizada e imponente figura de la señora de la casa. Rápidamente la doncella nos dió la espalda y fue junto a su señora que seguía un poco fatigada por los sucesos.
- No creo Sr. Latorre que hayan venido a hacerme más insoportables preguntas ¿verdad?
- No señora. Creo que me tiene usted por lo que no soy. Se que usted a sufrido mucho durante mucho tiempo. Le ruego a usted que se muestre confiada conmigo yo sabré devolverle esa confianza sin ninguna duda.
- No entiendo Sr. Latorre, ¿Qué quiere que haga yo?
- Solo una cosa.-dijo esbozando una sonrisa lo más cariñosa que le he visto yo en la vida- Que me diga usted
- ¡SEÑOR LATORRE!- exclamó con un deje señorial que impresionaba a todos menos a Latorre, claro-
- Vamos, vamos Sra. Llamazares, cuénteme la verdad
- ¿Qué verdad Sr.?
- No se si usted sabe, ya que lleva poco tiempo en España, que yo, como decirlo, gozo de una reputación ganada ya en mis años de extraños casos. Pues bien, mire lo que le digo. Estoy dispuesto a jugármela entera en que el relato pormenorizado que usted y su doncella nos hicieron es todo una FALSEDAD.
Tanto la doncella como
- Sr., Latorre, es usted un maleducado diciendo estas cosas a mi joven señora. Y más hoy después de lo ocurrido esta noche.
- Sigo esperando…
- ¿Qué quiere decir? ¿Qué mi señora le ha contado un cuento, un engaño?-decía la doncella que la palidez de su rostro había desaparecido y unas manchas rojizas estaban ahora alojadas en las mejillas-
- ¿No tiene nada usted que decirme?-pregunto Latorre mientras hacia un ademán de levantarse-
- Ya le he contado todo lo que paso esta noche- dijo la señora.-
- Por última vez Sra. ¿no tiene nada nuevo que decirme?
- Ya le he contado todo lo que sé – yo me fije que unas pequeñas perlas de sudor le bajaban por las sienes.
- Lo siento por Ud.-dijo Latorre levantándose y dirigiéndose a la puerta-
Saliendo por la puerta principal se descubría ante nosotros el gran jardín en todo su esplendor iluminado por el sol frío de invierno de ese día. En la derecha vimos un hermoso estanque rodeado de un parterre, ahora desnudo. En estanque, helado menos en el centro, le llamó la atención a mi amigo que se acerco a curiosear y cuando se satisfizo me alcanzo con grandes zancadas cerca ya de la salida de la finca.
En la puerta se encontraba un Guardia Civil esperando; tal y como le ordeno Camarero. Latorre escribió una nota y se la entrego con orden de que se la diese al Sr. Camarero nada más que le viera.
Nosotros nos encaminamos hacia la estación de tren.
- ¿Hacia a donde vamos Latorre?
- Aquí hemos terminado de momento- me dijo- Volvemos a la capital a las oficinas de
- ¿Para qué quiere ud. ir allí?
- De momento no se lo voy a decir… solo le digo que si allí no encontramos lo que busco, tendremos que ir a otras dos líneas más que tienen sus oficinas centrales en Madrid.
- No entiendo que…
El viaje se hizo monótono, pues en el trayecto Latorre, se dedico a estirar sus piernas, juntar las manos sobre el pecho y bajarse el sombrero hasta taparse l
