Hola a todos:
Circulábamos a una velocidad de 80 Km. /h. El corazón poco a poco volvía a su ritmo. Los sudores ya no se notaban. Delante de nosotros se extendía en toda su amplitud la calle del Trasmuro.
Seguía agarrando fuertemente el volante. Tan fuerte que los nudillos estaban blancos.
-Ya esta. Relájate. –Me dijo Fernando-
-Si; pero las hemos pasado bien putas. Respondí
-Si eres un hacha colega. Rió Diego, el Eraser, -yo también las ví putas-.
-Aun no me han bajado de la Garganta. Reí yo.
Seguíamos en dirección a las Miguelas. Circulábamos a toda pastilla. Todo se veía de color de rosas.
Llevábamos comida, bastante. Como para no preocuparnos en dos semana o quince días. Lo único que no cogimos fue vino. Y en esa tienda, La Confianza, dispendia unos caldos de la tierra dignos de beber. Ni una miserable botella de Güisqui pudimos atrapar. Ahora que estaba un poco más relajado, recordaba lo que no tomamos prestado.
Cuando ya divisábamos las Miguelas, el convento fundado por Alfonso I de Aragón en 1110, gótica con tradición románica, me vino a la cabeza el comentario que siempre me hacia el profesor de historia en el Seminario de Huesca, donde me tuvieron que “aguantar” en mi adolescencia. “Esta iglesia paga una peseta al Ayuntamiento por los Terrenos en los que esta, a eso se le llama El Concejo”. Me vino una sonrisa a la cara, que se me borró de inmediato.
Delante de nosotros, como un gigante dormido, se hallaba un trailer de “Repsol” tumbado. A los lados de el, otra improvisada barricada. Esta vez hecha con vehículos tumbados y algunos apoyados en otros. La verdad, era una barricada “con dos Cojones”.
Conduje hasta dar con la defensa en los vehículos que estaban en la cabeza del trailer.
-Vamos Javi, dale caña como antes –me dijo Carlos-
-No creo que podamos mover estos tres coches. Deben pesar alrededor de tres mil kilos y el Montero tiene “güevera” pero no tanto.
-¡Pruébalo! ¡Hostias!
-OK. Pero no os hagáis ilusiones.
Volví a hacer la maniobra, que escasos diez minutos habíamos probado con éxito. El Montero, cuando aceleré, salto; dando un golpe a las puertas de un Ford Focus.
El resultado fue el que yo esperaba. El cuenta revoluciones subía, subía, y subía hasta el máximo. Las ruedas empezaban a chillar. Un olor a goma quemada nos inundo a los cuatro dentro del coche.
- Esto no se va a mover. –dije-
- Vaya putada. VAYA PUTADA.- Contesto Carlos-
- Tendremos que volver y subir por el Colegio San Vicente – Dijo Fernando-
- Joder, y volver a conducir por calles estrechas. Eso no me gusta nada. –Dije yo-
- A nadie le gusta verse rodeados de No Muertos, pero es lo que hay. O dejamos el coche y cargamos con todo los vivieres tres kilómetros. –dijo el Eraser- que hasta ese momento seguía mirando hacia atrás, vigilando la llegada de la Horda.
- No, eso es peor –dijimos al unísono Carlos y Yo-
- Bien pues media vuelta. – Dijo el Eraser-
Aun no había terminado de decir eso, cuando el coche ya empezaba a ir marcha atrás, y girando hacia su derecha. Puse por enésima vez en el día, la primera. Esta vez no tendría miramientos. Acelere, acelere… Metí la segunda. Luego la Tercera. Circulábamos a 80 Km. /h. Ya se veía el cruce con el Colegio San Vicente. Llegamos al cruce y giramos hacia la Derecha. Una empinada cuesta nos importaba que llegáramos al Casco viejo de la ciudad, y por tanto a las calles empinadas y estrechas.
Pasábamos por delante del Colegio San Vicente. Una mole de ladrillo barroco, que ahora se impartían, bueno se habían impartido, clases del primer ciclo.
La calle Forment, que era la que teníamos delante, era muy, pero que muy angosta, así que decidí girar a la derecha. Cuando me disponía a girar, vi. Como a una veintena de No Muertos que se dirigía en nuestra dirección. Ese grupo de Zombis estaba compuesto de niños, adultos, y mayores. Ya no teníamos opción. Tendríamos que subir por la calle Forment.
Aceleré y con la cuesta, Carlos y el Eraser, se sujetaron a los asientos ya que la cuesta era bastante empinada.
Solo rezaba para que al giro que se divisaba a cien metros de nosotros no estuviera atrincherado o con una jauría de No Muertos.
Seguíamos subiendo. Con los nervios, no me di cuenta de que el motor se estaba quejando en demasía. Los acelerones, los golpes al vehículo, el sobreesfuerzo de mover barricadas, era algo a lo que el Montero no había sido diseñado. Mire la temperatura, la rayita del termómetro, estaba oscilando peligrosamente hacia la derecha, signo inconfundible que el motor se estaba sobrecalentando.
- Mal royo, dije entre dientes.
- ¿Mal royo? Pregunto Carlos
- Si la temperatura del coche. Esta subiendo.
- ¡Joder, Joder, Joder!
- Algún golpe o algún esfuerzo al mover los coches, ha debido dañar el radiador, o los ventiladores, o el aceite o… ¡Yo que sé!
- Pues tenemos que salir de la ciudad, si no…
Y no acabo la frase. Los cuatro sabíamos perfectamente lo que nos sucedería si acabábamos sin el Montero.
Os seguiré informando.
Circulábamos a una velocidad de 80 Km. /h. El corazón poco a poco volvía a su ritmo. Los sudores ya no se notaban. Delante de nosotros se extendía en toda su amplitud la calle del Trasmuro.
Seguía agarrando fuertemente el volante. Tan fuerte que los nudillos estaban blancos.
-Ya esta. Relájate. –Me dijo Fernando-
-Si; pero las hemos pasado bien putas. Respondí
-Si eres un hacha colega. Rió Diego, el Eraser, -yo también las ví putas-.
-Aun no me han bajado de la Garganta. Reí yo.
Seguíamos en dirección a las Miguelas. Circulábamos a toda pastilla. Todo se veía de color de rosas.
Llevábamos comida, bastante. Como para no preocuparnos en dos semana o quince días. Lo único que no cogimos fue vino. Y en esa tienda, La Confianza, dispendia unos caldos de la tierra dignos de beber. Ni una miserable botella de Güisqui pudimos atrapar. Ahora que estaba un poco más relajado, recordaba lo que no tomamos prestado.
Cuando ya divisábamos las Miguelas, el convento fundado por Alfonso I de Aragón en 1110, gótica con tradición románica, me vino a la cabeza el comentario que siempre me hacia el profesor de historia en el Seminario de Huesca, donde me tuvieron que “aguantar” en mi adolescencia. “Esta iglesia paga una peseta al Ayuntamiento por los Terrenos en los que esta, a eso se le llama El Concejo”. Me vino una sonrisa a la cara, que se me borró de inmediato.
Delante de nosotros, como un gigante dormido, se hallaba un trailer de “Repsol” tumbado. A los lados de el, otra improvisada barricada. Esta vez hecha con vehículos tumbados y algunos apoyados en otros. La verdad, era una barricada “con dos Cojones”.
Conduje hasta dar con la defensa en los vehículos que estaban en la cabeza del trailer.
-Vamos Javi, dale caña como antes –me dijo Carlos-
-No creo que podamos mover estos tres coches. Deben pesar alrededor de tres mil kilos y el Montero tiene “güevera” pero no tanto.
-¡Pruébalo! ¡Hostias!
-OK. Pero no os hagáis ilusiones.
Volví a hacer la maniobra, que escasos diez minutos habíamos probado con éxito. El Montero, cuando aceleré, salto; dando un golpe a las puertas de un Ford Focus.
El resultado fue el que yo esperaba. El cuenta revoluciones subía, subía, y subía hasta el máximo. Las ruedas empezaban a chillar. Un olor a goma quemada nos inundo a los cuatro dentro del coche.
- Esto no se va a mover. –dije-
- Vaya putada. VAYA PUTADA.- Contesto Carlos-
- Tendremos que volver y subir por el Colegio San Vicente – Dijo Fernando-
- Joder, y volver a conducir por calles estrechas. Eso no me gusta nada. –Dije yo-
- A nadie le gusta verse rodeados de No Muertos, pero es lo que hay. O dejamos el coche y cargamos con todo los vivieres tres kilómetros. –dijo el Eraser- que hasta ese momento seguía mirando hacia atrás, vigilando la llegada de la Horda.
- No, eso es peor –dijimos al unísono Carlos y Yo-
- Bien pues media vuelta. – Dijo el Eraser-
Aun no había terminado de decir eso, cuando el coche ya empezaba a ir marcha atrás, y girando hacia su derecha. Puse por enésima vez en el día, la primera. Esta vez no tendría miramientos. Acelere, acelere… Metí la segunda. Luego la Tercera. Circulábamos a 80 Km. /h. Ya se veía el cruce con el Colegio San Vicente. Llegamos al cruce y giramos hacia la Derecha. Una empinada cuesta nos importaba que llegáramos al Casco viejo de la ciudad, y por tanto a las calles empinadas y estrechas.
Pasábamos por delante del Colegio San Vicente. Una mole de ladrillo barroco, que ahora se impartían, bueno se habían impartido, clases del primer ciclo.
La calle Forment, que era la que teníamos delante, era muy, pero que muy angosta, así que decidí girar a la derecha. Cuando me disponía a girar, vi. Como a una veintena de No Muertos que se dirigía en nuestra dirección. Ese grupo de Zombis estaba compuesto de niños, adultos, y mayores. Ya no teníamos opción. Tendríamos que subir por la calle Forment.
Aceleré y con la cuesta, Carlos y el Eraser, se sujetaron a los asientos ya que la cuesta era bastante empinada.
Solo rezaba para que al giro que se divisaba a cien metros de nosotros no estuviera atrincherado o con una jauría de No Muertos.
Seguíamos subiendo. Con los nervios, no me di cuenta de que el motor se estaba quejando en demasía. Los acelerones, los golpes al vehículo, el sobreesfuerzo de mover barricadas, era algo a lo que el Montero no había sido diseñado. Mire la temperatura, la rayita del termómetro, estaba oscilando peligrosamente hacia la derecha, signo inconfundible que el motor se estaba sobrecalentando.
- Mal royo, dije entre dientes.
- ¿Mal royo? Pregunto Carlos
- Si la temperatura del coche. Esta subiendo.
- ¡Joder, Joder, Joder!
- Algún golpe o algún esfuerzo al mover los coches, ha debido dañar el radiador, o los ventiladores, o el aceite o… ¡Yo que sé!
- Pues tenemos que salir de la ciudad, si no…
Y no acabo la frase. Los cuatro sabíamos perfectamente lo que nos sucedería si acabábamos sin el Montero.
Os seguiré informando.

