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May 9th, 2008

May. 9th, 2008

  • 12:40 PM
xavare

En la iglesia de San Pablo Santiago Sas, estaba despachando al último feligrés de la mañana en el confesionario. Después de dar la absolución, miró a través de las cortinillas granates, hacia los bancos por si quedaba alguno. Al ver  que no lo esperaba ningún pecador, salio rápido del confesionario y, casi a l trote, llegó a la sacristía.

Mientras se desvestía ayudado por un monaguillo, en el despacho del párroco de San Pablo, le esperaba su mentor y amigo Basilio Boggiero. Gracias a él, Santiago, dio un giro en su vida y acogió la senda de la Iglesia. Basilio, de origen genovés, le acogió como si fuera un hijo. Le enseño sobre humanidades, filosofía y teología de una manera que al joven Santiago le parecía una forma divina de pasar la vida ayudando a los necesitados y teniendo formación para enfrentarse a los caciques de turno por las mejoras de los trabajadores, niños sobre todo, sobre el descanso y que los más benjamines no trabajaran hasta que hubiesen cumplido los catorce años. A los cuarenta y dos años, Basilio, fue nombrado predicador supernumerario del Rey, gracias a sus sermones en la Basílica del Pilar. Con este título se codeo con la alta burguesía y los nobles Zaragozanos pero no por eso dejó de atender sus obligaciones como “hombre del Señor” que era, ayudando a los pobres, enfermos, tullidos y a todo aquel que quería consuelo y oración.

En cuanto entró Santiago noto por la cara del su maestro que algo le rondaba por la cabeza.

-         ¿Qué ocurre Basilio? Le preguntó santiago al pasar la puerta

-         ¡Ah, ya estas aquí! Nada solo pensaba.

-         Y ¿en qué? Si puede saberse.

-         En esta carta que me ha llegado esta mañana al alba. Es del Abad del Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial. En la carta me exponen unos hechos, de los cuales algo sabíamos, ocurridos en Madrid las días dos y tres de Mayo de este año. Hace una quincena.

-         Y…

-         Pues que Madrid se sublevó contra los franceses. Todo el pueblo de Madrid se alzó en armas frente al invasor. Y los franceses se vengaron de toda esa pobre gente, que Dios tenga en su Gloria, asesinándolos como a pendencieros. No les importó en absoluto que fuesen niños o mayores, hombres o mujeres, laicos u hombres de Dios. Nada les importo una vez aplastado el alzamiento, todos los sospechosos de tomar parte en ese refriega fueron pasados por las armas y algunos colgados durante días a las puertas de la ciudad.

 

Santiago se dejo caer en el sillón de cuero viejo que tenia detrás de la amplia y reluciente mesa de caoba con los ojos fuera de órbita. Su cabeza intentaba asimilar la noticia mientras intentaba inútilmente sacar una palabra de su asombrada boca.

Te comento esto –dijo mirando por encima del hombro hacia atrás para asegurarse que estaba solo- porque despues de Madrid, Barcelona, Pamplona, Bilbao solo queda Zaragoza. Y que tarde o temprano estos gabachos entrarán en la Ciudad.

-         ¿Y que hacemos? Preguntó Santiago

-         Tenemos que Informar al Capitán General Jorge Juan de Guillelmi, aunque supongo que las noticias van más rápido entre los soldados que entre los hombres de paz.

Mientras Santiago asimilaba las palabras y un sudor repentino y frío le cubrió el cuerpo  que acababa de escuchar las campanas de la Seo de Zaragoza, tocaban a una de la tarde.

Decidieron salir a comer algo a la taberna que se encontraba a escasos treinta metros de la parroquia. Allí, despues de saludara a  todos los que se encontraban en la taberna se sentaron en una mesa. La Taberna era oscura, aún como ahora, el sol estaba en lo alto. La iluminación entraba por una ventana abierta y por la infinidad de candiles encendidos que colgaban del techo. Una camarera grande de carrillos pecosos y morena de ojos grandes se les  acerco con una jarra de vino y una hogaza de paz. Comieron conejo a la brasa con verduras y patatas y unas cuantas pintas. Mientras comían hablaron sobre el tema.

 

Pensaron que antes de comunicárselo al Capitán General, intentarían comunicárselo a otros ciudadanos de Zaragoza, a algunos hombres de bien que les apoyaran ante el Capitán. Sabían que Guillelmi era un afrancesado y no las tenían todas consigo en que entendiese lo que se avecinaba.

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