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LA GRANJA DE LOS DOMENECH

  • Sep. 14th, 2007 at 10:38 AM
xavare

Mi  nombre es José Antonio Corvinos y Álvarez. Nací en Santiago de Cuba, en el año 1897. Mi padre estaba destinado en la colonia como comandante de la Guardia Civil.  Y cuando yo apenas había cumplido un año, tuvimos que salir de allí con pies en polvorosa. La guerra contra los Estados Unidos nos obligo a dejar la isla.

Recalé en Zaragoza, ya que mi padre nació en esa ciudad, y con la misma graduación y mayor sueldo – ya que fue distinguido con la medalla de honor de Isabel II por su heroísmo, repelió durante cinco días y cinco noches a más de 400 hombres con tan solo 20 Guardias Civiles al cargo del fuerte Montoro- empezamos una nueva vida en la ciudad.

Yo crecí y cuando tuve diecisiete años me aliste en el ejercito que por aquel entonces necesitaba grandes cantidades de “repuestos humanos” ya que con el reino de Marruecos se peleaba día si y día no.

En el ejército aprendí, a la fuerza, algo de medicina, que cuando me hirieron en la batalla de Al-Hassin, una bala se clavo en mi cadera, me enviaron de vuelta a la península y me decidí estudiar ciencias políticas. No quería que las guerras tan sangrientas y tan inhumanas se repitieran y yo quería participar para pacificar el mundo.

Cuando hube terminado la carrera, a mis veinte nueve años,  me trasladé con toda la ilusión del mundo a Madrid para intentar entrar en el cuerpo diplomático de cualquier embajada.

Tuve suerte ya que enseguida me destinaron a la embajada de Constantinopla allí ejercí como vice-secretario del Embajador lo que me ayudo a escalar en mi carrera política. De allí me destinaron a Pekín con lo que me dio oportunidad de ver la extraña cultura de los amarillos. Cinco años más tarde volví a Europa a Copenhague, pero esta vez como Embajador. Esta fue mi experiencia a muy grandes rasgos de mi vida como Embajador.

Con la edad de treinta y ocho años, volví a Madrid y esta vez trabajando para el servicio de inteligencia.

Y allí conocí a la persona más extraordinaria que he conocido en mi ya, larga vida, aunque cuando me lo presentaron mi opinión sobre el fue totalmente distinta. Por decirlo de algún modo me resulto altivo, distante, serio, nervioso a la vez que muy vital.

Su nombre era Javier Latorre Manero. Era alto, más alto que yo, y delgado. Su cara era un ovalo en el que destacaban dos escrutadores ojos verdes grisáceos, que a lo largo de mi convivencia con el, aprendí a identificar todos sus tipos de miradas. Las cejas las tenia finas pero pobladas y despeinadas, que indicaba su superior intelecto, que unido a lo profundo de su mirada, cuando te escrutaba parecía leerte dentro de ti. Tenía una nariz fina y un poco ganchuda lo que le acentuaba ese porte casi aristocrático a su cara. El pelo era un castaño claro, liso y fino.

Cuando me lo presentaron se volcaba sobre una mesa que, al principio, me pareció de algún tipo de análisis, y efectivamente estaba escribiendo un tratado sobre unas hierbas que crecían en la sierra de Madrid, en el que explicaba todo lo referente a esas hierbas, años más tarde se publicaría con gran éxito entre los horticultores, apicultores, y gente de botánica en general.

Latorre vivía en una casa muy cerca del Ministerio del Interior, no era suya, era del estado pero, gracias a los servicios prestados le dejaban vivir allí sin tener que abonar nada por ello. Así mismo se beneficiaba de una ama de llaves, una señora mayor que era la que cuidaba tanto la casa como a el.

Cuando lo conocí me escruto de arriba abajo, cosa que al principio me molesto, pero en cuanto empezó a hablar mi enfado desapareció y empezó a crecer dentro de mi una autentica admiración de a aquel extraño que con sus palabras dio de lleno en todos sus pronósticos.

 

Cuando me lo presentaron la fuerza de su delgada mano me sorprendió. Después, a bocajarro me soltó:

-         Veo que usted ha sido hombre de políticas. Ha viajado mucho, destinado en el sudeste de Asia. También ha sido soldado –lo que no sé si de fortuna o no.- Y hace poco que viene del norte de Europa.

-         ¡Exactamente! ¿Cómo lo ha podido averiguar?

-         Es lo que le comentaba –me comento mi amigo, el que me acompaño a conocer a ese extraño personaje- le puede dejar de una pieza con solo echarle un vistazo. No he visto en mi vida nada igual. Esta dotado con una inteligencia, que gracias a Dios, esta de nuestro bando y no de lo delincuentes.

-         ¡Oh! No ha sido difícil, pero si se lo explico desaparece todo el misterio ¿no cree?

-         Este Sr., Latorre es el Sr. José Antonio Corvinos, como usted ya ha deducido, es todo lo que usted cree. Esta en Madrid, y no tiene sitio para hospedarse, si a Ud, no le causa molestia podría compartir esa aviación que le sobra en la casa, mientras busca un alojamiento. ¿Qué le parece?

-         No me puedo negar, ya que la casa no es mía. Le advierto Sr. Latorre que tengo unas manías que le pueden parecer extrañas, pero son mis manías y no las pienso cambiar por nada del mundo. Si esta deacuerdo, por mi no hay inconveniente.

-         Perfecto –exclame- voy al Hotel donde me hospedo y hago el traslado, si no le importuna estaría en su casa alrededor de las dos de la tarde.

-         No, en absoluto, así podremos comer juntos la maravillosa comida que nos preparará la Señora Encarna.

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