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Sep. 14th, 2007

  • 12:17 PM
xavare

A las pocas horas me estaba instalado en la casa del Sr. Latorre, con los servicios de la atentísima y Señora mayor Doña Encarna. Mi nueva casa era una habitación muy agradable con un gran ventanal que daba a la Calle Serrano, y se podía ver el discurrir de las cosas en Madrid. Tenía una gran chimenea enfrente del ventanal, de piedra con una repisa de madera y profunda, para pasar los fríos inviernos de la Capital. Una amplia y cómoda cama con un armario ropero, demasiado grande para tampocas pertenencias,  y al lado del ventanal una mesa con dos sillones orejeros que apuntaban a la chimenea. La habitación conservaba las dos puertas, una de ellas por la que accedí a la habitación, y la otra daba a un pequeño saloncito, que a la larga sería donde más tiempo pasé con mi amigo Latorre.

 

El suceso que voy a relatar, por no mover más lo que esta enterrado, dejare de lado algunos nombres, ya que eran muy conocidos, no solo en Madrid, sino en toda España y en muchos países de Europa.

El suceso ocupó durante días todos los tabloides nacionales y hubo ecos en los internacionales.

Diré que no es el primer ni último caso en el que Latorre intervino, sino que por sus peculiaridades demuestran el trabajo de reloj suizo de su prodigioso cerebro

 

Aquella mañana ruda de frío, viento y hielo, en el espantoso invierno de 1933 me desperté sobresaltado mientras Latorre tiraba de mí hombro. La pequeña palmatoria que portaba en la mano y la oscuridad que reinaba en la habitación me sobresalto. La pequeña luz amarilla proyectada en la cara de Latorre, hacia que sus rasgos fueran aun más afilados. El rostro anhelante e inclinado hacia mí mientras me zarandeaba como un saco me basto para comprender que algo malo sucedía.

-         Arriba Corvinos, arriba -gritaba casi fuera de si- nos necesitan en el Ministerio

-         ¿Qué demonios ocurre?

-         Ni una palabra, vamos vístase, la Sra. Encarna ya tiene preparado un desayuno abajo. ¡Dese prisa!

Diez minutos más tarde, marchábamos los dos en un coche que marchaba estruendosamente por las silenciosas y empedradas calles, en dirección la estación de Atocha.

Las primeras luces empezaban a salir por Madrid en ese día de invierno. Las calles estaban a esa hora vacías, se veía algún que otro obrero dirigiéndose a su fábrica. Los dos nos encontrábamos arrebullonados dentro del coche y con los gruesos abrigos cerrados hasta la barbilla, mirando por la ventanilla en la que se ahumaba con nuestro calor corporal. Latorre llevaba esa mirada y su posición favorita cuando su cabeza estaba a pleno rendimiento. Los ojos semi cerrados junto con la barbilla cuadrada pegada al pecho, estirando las piernas todo lo que daba el coche y las manos dentro de los bolsillos de su grueso abrigo.

Llegamos a Atocha y nos subimos en el tren que salía hacia Burgos. En cuanto nos acomodamos en nuestro departamento del tren, Latorre saco una carta y me lo pasó sin decir una palabra. Decía así:

Granja Doménech, Puerto Llano, Ciudad Real, 3,30 a.m.

            Mí querido Javier Latorre: Me alegraría mucho el poder contar con su opinión y su ayuda, INMEDIATA, en un caso que parece ser de los que a Ud le gustan. Salvo que dejare en libertad a la Señora, encontrara todo como yo lo encontré al entrar. Le ruego encarecidamente, que no pierda tiempo, ya que al Conde Llamazares, no lo podré dejar aquí mucho tiempo. Siempre suyo. Fernando Camarero.

 

-         ¿Cuántas veces ha recurrido Camarero a nosotros, Corvinos? Pregunto Latorre.

-         No sabría decirle…

-         Exactamente cuatro con esta. Y en todas ha estado justificada su petición. Ya que fueron unos casos realmente extraordinarios. Difíciles de ver por su complejidad, aunque también recuerdo que en dos no hubo sangre. Pero nuestra actual aventura, será sobre un asesinato. De eso no tengo dudas.

-         Entonces el Conde Llamazares, es cadáver según usted ¿no?

-         Eso creo. La forma en que Llamazares ha redactado su carta demuestra su estado nervioso a pesar, que es un hombre más bien tranquilo y pausado. Si, por lo que he leído, pienso que hay un cadáver y que ha habido violencia en el. De ser un suicidio, no creo que hubiese mandado la carta a un hora tan extraña ni nos hubiese molestado a nosotros. Lo que dice “dejare en libertad a la Señora” supongo que ella debió estar encerrada con llave dentro de la habitación mientras se perpetraba lo que haya pasado. Nos movemos en un mundo elegante y bien posicionado, Corvinos, a saber: el papel de la carta es de una calidad excelente, papel crujiente C.LL. con el escudo de armas, y por último una dirección un poco alejada de todo, pero donde se concentran una grandes casas de alta sociedad española. El crimen se debió cometer antes de la doce de la noche de ayer…

-         ¿Cómo puede usted saberlo?

-         Je. Consultando la lista de trenes y calculando el tiempo. Hubo que llamar a la Guardia Civil, la Guardia Civil tuvo que localizar a Camarero. Este llego al lugar y decidió escribir la carta, bien todo esto lleva el tiempo de… una media noche. ¡ah! Ya estamos llegando a la estación de Puerto Llano

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