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Sep. 14th, 2007

  • 12:20 PM
xavare
 

Nos esperaba a la salida de la estación coche marca Renault Vissatella Azul, grande y confortable. Gracias a ese bólido recorrimos la distancia entre la estación y la Casa Doménech en poco más de veinte minutos.

Al llegar un guarda de la finca nos abrió una pesada puerta de hierro que daba directamente a la avenida de acceso flanqueado por unos nogales centenarios que ahora dormían el invierno. Desembocaba esa avenida en la preciosa casa, esta era baja y de mucha extensión. Con una gran columnata de neoclásica. Antes una fuente circular que hacia de entrada y salida sin tener que maniobrar. La piedra ya había adquirido esa tonalidad que dan los años y aumenta el caché de la casa. En el ala derecha se veía de construcción bastante más nueva, pero guardando su estilo señorial. Cuando el Renault paró nos estaba esperando ya la el Sr. Camarero que nos recibió muy cordialmente.

-         Señor Latorre, me alegro de que haya podido venir. Pero creo que le he molestado para nada. En cuanto la Señora se recupero del shock, pudo decir lo que pasó y ha quedado todo aclarado. Siento haberles molestado a unas horas tan intempestivas para nada.

-         ¿Qué hay de nuevo pues? –Pregunto- Latorre.

-         ¿Recuerda Usted la cuadrilla de salteadores de casas que ataron en Cuenca y Toledo? Pues parece ser que ahora están de Caza en Ciudad Real.

-         Como ¿la Cuadrilla de los cuatro Casado?

-         Exactamente. El padre y los tres hijos. Es obra suya. No me cabe la menor duda. Misma forma de actuar.

-         ¿No dieron hace dos semanas un golpe a escasa distancia de aquí? – pregunto mi amigo-

-         Si, a unos cincuenta kilómetros en el palacio de Villahermosa. Robaron todo lo que pudieron y el ama de llaves, que estaba en ese momento en el desván, los vio cuando salían de la casa arrastrando cuatro grandes sacos en los que habían metido todos los objetos de valor.

-         ¡Que temeridad! Con dos semanas de diferencia.

-         Y esta vez ¡asesinato! Cuando les demos alcance. No los libraran del garrote vil.

-         ¿De modo que Conde Llamazares ha muerto ya?

-         Si. Fue instantáneo. Le hundieron el cráneo su propio hurgón de la chimenea. Quien se lo iba a decir a uno de los hombres más ricos de la provincia y de España con muchos contactos en las altas esferas y en el extranjero gracias a sus propiedades en las  antiguas colonias La señora Llamazares se encuentra en el salón. Pobre señora, cuando la encontré estaba medio muerta. Lo que ha pasado no se lo deseo a nadie. Ha pasado una prueba realmente dura. Pase ud. Sr. Latorre para que escuche de sus propios y calidos labios el relato de los que aquí ha sucedido. Y luego yo le acompañaré a ver al Conde.

 

La señora Llamazares no era una señora corriente, no. Pocas veces he visto yo una mujer como aquella. Parecía un ángel o una reina. Su porte era majestuoso. Su figura era lo que toda fémina desearía para ella. Su rostro era hermoso. Era morena, alta con una tonalidad en la piel de los nacidos allende los mares. Pero sus rasgos eran perfectos. Sus ojos grandes pobladas con unas pestañas oscuras y frondosas, hacia que sus ojos de color miel luciesen como brillantes, y eso que a la altura de su ceja derecha llevaba un impresionante golpe que ya se le estaba amoratando e hinchando de una manera casi ridícula. Pues ni aun con el golpe en la cara nadie podía decir que esa señora era fea. Ese golpe era amorosamente cuidado por su sirvienta una mujer de tez oscura y muy alta para ser del otro lado del atlántico, que le propinaba compresas de agua fría para desentumecer el chichón.

Al entrar nosotros en la habitación la señora, que se encontraba medio tumbada en un magnífico sofá, nos  dirigió una mirada observadora y rápida.

-         ¡Vaya! La señora es valiente, con lo que ha debido de sufrir la pobre señora. –me cuchicheo Latorre.

 

-         Ya le he dicho todo lo que paso al señor camarero- dijo denotando en el tono de su voz un tono quejumbroso-  ¿no podría Ud. Sr. Camarero relatarle todo lo que yo le conté? No quiero pasar otra vez ese trago

 

-         Sra. Llamazares –contesto humildemente Camarero- creo que será muchísimo mejor que lo oiga de sus propias palabras. El Sr. Latorre es, como lo podríamos decir, un fuera de serie en algunas materias y un autentico caballero. No se preocupe Ud. de nada señora, de su boca no saldrá nada de lo que hable con el aquí...

 

-         Bien, como Ud. quiera Sr. Camarero.

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