Mientras se levantaba de su sofá para acercarse hacia donde estábamos, la manga de la bella bata que llevaba se le deslizo hasta el codo.
Latorre lanzo una exclamación -¡Señora, tiene Ud. mas heridas! ¿Qué es esto?- dijo señalando a su antebrazo.
Dos manchas de rozaduras vivas marcaban su piel morena. Ella, rápidamente bajo su manga hasta que las oculto.
- No es nada, no tiene que ver que lo que pasó esta noche Sr. Latorre. Si quiere, puedo empezar a relatarle ya la historia. Mi nombre es Señora Latorre, bueno eso después de casarme. Llevo casado casi un año con el Conde de Llamazares. El matrimonio, si es que se puede llamar así, no fue muy feliz. Es inútil que intente disimularlo, ya que según tengo entendido por su reputación lo descubriría a nada que hiciese sus deberes. Como sabrá mi origen es chileno. Y allí fui educada en una familia de posición muy importante y sin ningún problema económico. En América, la educación es más libre que aquí, en la madre patria, con todos sus “que dirán” “políticamente correcto” etc. Usted me entiende ¿verdad señor Latorre? –Latorre, que estaba sentado apoyando las yemas de los dedos entres si, con los ojos semi cerrados, como si casi durmiera, asintió con la cabeza- Pero la razón de que mi matrimonio fracasase fue, sin ninguna duda, que mi marido, el Conde Llamazares, era un borracho empedernido. Pasar un día con el ya es algo dañino ¿se imaginan lo que es vivir todo un año? No, no se pueden hacer idea del infierno que es eso. Y la leyes de la madre patria para deshacer el matrimonio no eran más que largas e impedimentos.
Como supongo que sabrán el servicio hace la vida en el ala moderna de la casa. Nosotros vivimos en esta ala que como puede comprobar esta separado por este amplio salón y la cocina. Mi sirvienta es la única que vive en este lado de la casa, en el piso superior, el que hace guardilla, pues vino conmigo cuando salí de mi país.
- ¿únicamente ustedes viven en esta ala?
- Si Sr. Latorre. Como vera hay suficiente distancia para que los ruidos de los salteadores no se oyesen en el resto de la casa si cierran esta puerta.
- Siga, con el relato por favor, Señora
Los salteadores debían saber esto, por que sino, no hubiesen actuado como lo hicieron. El conde se había retirado ya a su habitación hacia las diez y media. Toda la servidumbre, se habían retirado a su estancias. Yo permanecí hasta las once más o menos leyendo un libro. Cuando decidí ir a descansar hice una ronda para ver si todas las ventanas estaban correctamente cerradas. El recorrido que hice… fue primero la cocina, después la habitación de las trofeos y escopetas de caza, luego la de al lado, la de los billares, y por último el comedor. La ventana como ve es grande, y es de las que son puerta de acceso al jardín. Había hecho la ronda con la palmatoria y al acercarme a la ventana vi. El rostro de los tres personajes que intentaban entrar en el salón. Intente retroceder, pero el primero, enseguida entro en la habitación y me cogio por la muñeca y por el cuello. Instintivamente intente gritar, pero me propino un puñetazo en la cara –mientras decía esto nos señalaba el cardenal de tenia en la ceja que casi le impedía abrir el ojo- y me derribo al suelo. Me quede inconsciente; pues lo que recuerdo es que estaba sentada en este sillón amarrada por las manos y los pies con el cordel de la campañilla que avisa en la cocina. La boca no podía emitir sonido alguno ya que me pusieron un pañuelo anudado fuertemente para evitar sonido alguno. En ese mismo momento, entró mi marido. Seguramente debió escuchar el estrépito de mi golpe y el entrar en la habitación. Se presento ante ellos con una garrota que usaba para caminar. Ataco al que estaba mas cerca de mi, pero yo veía como el más mayor se agachaba y asía el hurgón, y le descargo un golpe en toda la cabeza de mi marido que lo dejo blanco y al segundo se desplomó como un saco de patatas. De semejante espectáculo me desmayé, pero esta vez debió de ser pocos minutos, y cuando recobré el conocimiento vi. Que en ese estante se habían llevado toda la plata que había en el y aun habían tenido la osadía de beber una botella de vino, como usted puede comprobar con los tres vasos que hay encima de la mesa al lado de la botella. Dando unos grandes sorbos se retiraron por donde entraron cerrando tras de sí la ventana.
Aun tuve que luchar durante unos minutos para deshacerme de la mordaza, creo que pasaron entre cinco y diez minutos, y una vez libre de mi mordaza me puse a chillar para avisar al servicio. La primera que acudió fue mi fiel amiga –más que servidora- y después avisamos a toda la casa. El jardinero partió raudo a avisar a
Muy bien sra. Llamazares, siento muchísimo este horrendo suceso. Sr. Latorre, ¿tiene alguna pregunta para
- no deseo que la señora pase aun más mal rato pero lo que si desearía es escuchar el relato de lo que la doncella, o su ama, vio.
- Yo, como ha relatado la señora- Contesto la doncella- estaba en el piso superior, pues hacia escasa media hora que había subido a retirarme. Al correr las cortinas de mi ventana vi. a lo lejos, en el linde, a un grupo de personas, ya que la noche era clara, lo observe durante unos segundos pero me dieron la impresión que seguían su camino y corrí las cortinas sin preocuparme más por eso. Supuse que irían del hostal que hay a diez minutos hacia el sur.
Al cabo de unos cuarenta minutos de eso escuche el alarido de mi señora. Baje todo lo que mis piernas dieron, y cuando entre en la habitación, me encontré con el panorama. Mi pobre señora, atada y amordazada, manchada de sangre de su esposo y el señor muerto en el suelo con la cabeza aplastada por el golpe.
- Lleva con ella desde niña –nos comento Camarero por lo bajo- se traslado a España con ella cuando salieron de Chile. Pero pase por aquí Sr. Latorre.

