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Mar. 5th, 2008

  • 12:46 PM
xavare

Día 13 de Mayo de 1808.

 

El cielo clareaba a las primeras horas del alba mientras Santiago, recorría las empedradas calles del Coso a un paso rápido. A esas horas todavía no se encontraba atestada de gente. Algunos hortelanos, chichorreros, carniceros con sus carros y sus caballerizas se acercaban al mercado central para que apunto de la mañana todo ese genero apareciera como un manjar delante de los asustados habitantes de Zaragoza, componían las únicas siluetas que se veían por la calle. Las noticias que llegaban de la capital del Reino producían en la población un inmenso temor. Por todos los barrios, casas de citas, albergues, monasterios, hospitales circulaba el rumor que la siguiente ciudad seria Zaragoza. Los habitantes de las aldeas y pueblos vecinos como Torrero, Casetas, Villanueba acudian con lo puesto a resguardarse, de lo que pudiese pasar, tras las murallas de la Ciudad. La población en estos días se encontraba cerca de los cincuenta mil entre hombres, mujeres, ancianos y niños. 

El cierzo soplaba así que Santiago se subio el cuello del tabardo y se encogio sobre si mismo mientras aceleraba el paso. Santiago de Álvarez y Miranda, ese era su nombre, pensaba mientras caminaba hacia la casa de su antiguo camarada y compañero militar José de Rebolledo y Palafox. Santiago y José se conocian muy bien pues aunque uno de Zaragoza y el otro de Huesca coincidieron en la escuela militar. Ambos fueron destinados, casi imberbes, a una de las compañías con más solera, arraigo y tenaces de todos los tiempos. Herederos del los famosos Tercios españoles. La compañía Flamenca de las Reales Guardias de Corps. Aquellos años en los que juntos pasaron penalidades y gloria en las guerras de Las Provincias, hizo que entre los dos creciese una amistad y lealtad inquebrantable. Juntos descubrieron la dureza de las batallas, la muerte por doquier, el tifus, el escorbuto. Por suerte ellos seguian en este mundo, muchos camaradas y amigos los esperaban en las puertas del mas allá.

Recordándolo a Santiago se le esbozaba una sonrisa que le iluminaban sus ojos color miel. Aunque caminaba encorvado a causa del viento, su silueta era de un hombre fornido y bien dibujado. Su cara, si no fuera por ese espadazo que en forma de cicatriz le recordaba lo cerca que estuvo de la muerte durante la última batalla y que se libro en el último instante cuando el enemigo asestaba ya su golpe de gracia, apareció por suerte para él, la espada de Palafox deteniendo el golpe que lo hubiese dejado como una res muerta en canal. De vez en cuando aun le dolía esa cicatriz, sobre todo cuando el tiempo cambiaba bruscamente como pasaba en ese momento. Ese día Santiago le debía una a José y este, en forma jocosa, siempre se lo recordaba cosa que hacia que riesen como si fueran niños.

El eco de sus pasos rebotaba por la estrecha calle Real Aduana, donde estaba el palacio de la familia de José Palafox. Se planto delante de la gran puerta doble de nogal abatió por tres veces la anilla en forma de serpiente, fuertemente. Al momento una sirvienta abrió el portalón apartándose a un lado, dejo libre el umbral de la puerta que traspaso Santiago en dos zancadas mientras le daba el sombrero y el tabardo a la muchacha que aguardaba pacientemente.

-         El señor Palafox le esta esperando, señor Álvarez.

-         Gracias, Elvira.

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