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May. 9th, 2008

En la iglesia de San Pablo Santiago Sas, estaba despachando al último feligrés de la mañana en el confesionario. Después de dar la absolución, miró a través de las cortinillas granates, hacia los bancos por si quedaba alguno. Al ver  que no lo esperaba ningún pecador, salio rápido del confesionario y, casi a l trote, llegó a la sacristía.

Mientras se desvestía ayudado por un monaguillo, en el despacho del párroco de San Pablo, le esperaba su mentor y amigo Basilio Boggiero. Gracias a él, Santiago, dio un giro en su vida y acogió la senda de la Iglesia. Basilio, de origen genovés, le acogió como si fuera un hijo. Le enseño sobre humanidades, filosofía y teología de una manera que al joven Santiago le parecía una forma divina de pasar la vida ayudando a los necesitados y teniendo formación para enfrentarse a los caciques de turno por las mejoras de los trabajadores, niños sobre todo, sobre el descanso y que los más benjamines no trabajaran hasta que hubiesen cumplido los catorce años. A los cuarenta y dos años, Basilio, fue nombrado predicador supernumerario del Rey, gracias a sus sermones en la Basílica del Pilar. Con este título se codeo con la alta burguesía y los nobles Zaragozanos pero no por eso dejó de atender sus obligaciones como “hombre del Señor” que era, ayudando a los pobres, enfermos, tullidos y a todo aquel que quería consuelo y oración.

En cuanto entró Santiago noto por la cara del su maestro que algo le rondaba por la cabeza.

-         ¿Qué ocurre Basilio? Le preguntó santiago al pasar la puerta

-         ¡Ah, ya estas aquí! Nada solo pensaba.

-         Y ¿en qué? Si puede saberse.

-         En esta carta que me ha llegado esta mañana al alba. Es del Abad del Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial. En la carta me exponen unos hechos, de los cuales algo sabíamos, ocurridos en Madrid las días dos y tres de Mayo de este año. Hace una quincena.

-         Y…

-         Pues que Madrid se sublevó contra los franceses. Todo el pueblo de Madrid se alzó en armas frente al invasor. Y los franceses se vengaron de toda esa pobre gente, que Dios tenga en su Gloria, asesinándolos como a pendencieros. No les importó en absoluto que fuesen niños o mayores, hombres o mujeres, laicos u hombres de Dios. Nada les importo una vez aplastado el alzamiento, todos los sospechosos de tomar parte en ese refriega fueron pasados por las armas y algunos colgados durante días a las puertas de la ciudad.

 

Santiago se dejo caer en el sillón de cuero viejo que tenia detrás de la amplia y reluciente mesa de caoba con los ojos fuera de órbita. Su cabeza intentaba asimilar la noticia mientras intentaba inútilmente sacar una palabra de su asombrada boca.

Te comento esto –dijo mirando por encima del hombro hacia atrás para asegurarse que estaba solo- porque despues de Madrid, Barcelona, Pamplona, Bilbao solo queda Zaragoza. Y que tarde o temprano estos gabachos entrarán en la Ciudad.

-         ¿Y que hacemos? Preguntó Santiago

-         Tenemos que Informar al Capitán General Jorge Juan de Guillelmi, aunque supongo que las noticias van más rápido entre los soldados que entre los hombres de paz.

Mientras Santiago asimilaba las palabras y un sudor repentino y frío le cubrió el cuerpo  que acababa de escuchar las campanas de la Seo de Zaragoza, tocaban a una de la tarde.

Decidieron salir a comer algo a la taberna que se encontraba a escasos treinta metros de la parroquia. Allí, despues de saludara a  todos los que se encontraban en la taberna se sentaron en una mesa. La Taberna era oscura, aún como ahora, el sol estaba en lo alto. La iluminación entraba por una ventana abierta y por la infinidad de candiles encendidos que colgaban del techo. Una camarera grande de carrillos pecosos y morena de ojos grandes se les  acerco con una jarra de vino y una hogaza de paz. Comieron conejo a la brasa con verduras y patatas y unas cuantas pintas. Mientras comían hablaron sobre el tema.

 

Pensaron que antes de comunicárselo al Capitán General, intentarían comunicárselo a otros ciudadanos de Zaragoza, a algunos hombres de bien que les apoyaran ante el Capitán. Sabían que Guillelmi era un afrancesado y no las tenían todas consigo en que entendiese lo que se avecinaba.

Apr. 30th, 2008

Mientras Palafox se terminaba de vestir con la ayuda de Elvira, Santiago le esperaba en la biblioteca observando los mapas que se desparramaban por encima de la mesa. Como buen militar la mirada recorría los mapas, los cuales se apreciaban las defensas de la ciudad con sus puertas y el temido ejercito a las puertas. Santiago se obcecaba en encontrar sentido a las distintas llamadas que figuraban por todo el mapa a distintos colores pero por más que observaba no comprendía, ya que no figuraba ninguna llamada en el mismo. Al cabo de unos minutos esas rayas, asteriscos, colores, rectángulos, flechas se le abrieron a la mente y los comprendió

 

Mientras tanto la ciudad de Zaragoza, a esa hora, rebosaba alegría. Todo era un ir y de venir de la gente más o menos ocupada. Se mirase a donde se mirase era un ajetreo alegre de personas ocupadas en sus quehaceres, en pequeños corros, hablando o gritando sus mercancías. En definitiva era una ciudad viva. Como vivo era ese muchacho de ropas roídas y descoloridas por el uso. Unos pantalones viejos por la rodilla con manchas, a saber de qué, con unas medias de lana acabadas en unas sandalias desgastadas y una blusa , que al principio sería blanca pero que ahora se veía casi gris que miraba con miedo al otro grupo de chicos que estaban jugando a la peonza en el suelo. Casi todos los días le obligaban a poner pies en polvorosa por ser el hijo mayor de un hortelano que vendía sus productos unos metros más abajo. El chico agacho la cabeza y apresuro el paso asiendo firmemente el cántaro que portaba para rellenarlo de agua fresca como le mando su padre.

Pasó por la acera de enfrente y la suerte ese día estaba con él, ya que el grupo no se percato de su presencia gracias a la discusión que tenían.

Jaime que así se llamaba el chaval, suspiro aliviado al verse a salvo. Torció por la calle empinada en dirección a la fuente pensando en sus quehaceres.

Jaime era el mayor de los siete hermanos. Sus padres un hortelano y su madre, su madre un poco de todo. Cuando no estaba preñada, se valía para cuidar a los niños y ayudar al padre en el puesto. También sacaba tiempo para mantener la casa limpia y hacer unos bordados finísimos que vendía, de vez en cuando, a una tienda de la calle San Gil donde las señoras de alta burguesía aperciban el valor y la maña de esos bordados. Poco a poco se iba ganado una reputación. Al ser el mayor, y según el derecho Aragonés, en cuanto su padre dejase este mundo de Dios, todas las partencias las heredaría él por ser el primogénito. Jaime acababa de hacer trece años. Era alto, guapo aunque flaco. Tenía la tez blanca como su madre y sus mismos ojos grandes y verdes poblados de unas pestañas negras. Al ser flaco, ya que la comida escaseaba a veces, los músculos de su adolescente cuerpo, eran finos y nervudos.

Llegó a la fuente para llenar el cántaro y volver presuroso a sus quehaceres. Al volver cambió de camino para evitar encontrarse con los zagales que le hacían correr. Siguió con su paso rápido para no demorarse.

A la altura de la calle Santiago torció y abandono el paso presuroso ya que se acercaba a la casa donde habitaba una chica que cuando estaba delante de ella, el corazón se le aceleraba, notaba la sangre en la cara y sus palabras se volvían monosílabas. Esta vez quería entablar conversación con esa chica. La noche anterior, antes de dormirse, repaso más de quince veces, un diálogo imaginario para poder hablar con ella.

La divisó a unos treinta metros. Enseguida noto que el corazón se le aceleraba, que las manos se le empapaban y empezaba a respirar agitadamente. Cuando llegó casi a su altura esta se volvió, como si lo esperase. Su sonrisa blanca como la nieve, con unos labios carnosos le parecía a Jaime, la mejor sonrisa del mundo. Sus pómulos blancos, con una pequeña motas de color, unidos a unos ojos negros y grandes además de su melena negra recogida bajo una redecilla blanca hicieron que Jaime caminase más despacio para poder aprovechar la vista. Ella bajo la vista con coquetería, mientras ella vaciaba a las calles una gran palangana.

Al Llegar a su altura se paro y la miró fijamente con una amplia sonrisa que fue devuelta con una franqueza que hizo que las piernas le temblasen.

-         Mi nombre es Jaime.

-         Lo sé. Contesto. El mío es Natividad. Y vivo aquí.

Así estuvieron sin hablar largo rato mientras se miraban con la sonrisa puesta hasta que una llamada estridente de dentro de la casa los sacó que trance en el que flotaban. Natividad giro sobre sus talones y volvió corriendo hacia la casa con una risita que ha Jaime le pareció la mismísima risa de los ángeles.

En la biblioteca, donde le esperaba el General, llena de libros y documentos que tapizaban toda la estancia. Los libros y documentos versaban de las cosas más dispares. Se podría encontrar desde un tratado de estrategias militares pasando por otros de leyes, muchos de historia, otros de las colonias –escritos en su mayoría por los Jesuitas-, derecho romano, arquitectura, pintura y como no, todos los clásicos. En fin, era una biblioteca que cualquier erudito se dejaría sacar tres muelas para poder pasar en esa confortable habitación un día entero. Palafox, se encontraba sentado detrás de su mesa de escritorio de caoba, sobre ella se encontraban legajos que estaba leyendo en ese instante gracias a los candelabros repujados y dorados iluminaban la mesa sin ningún problema.

Palafox alzo la vista y moviendo el documento que sostenía con la mano hizo un gesto para que se sentase. Siguió leyendo unos minutos hasta que los dejo sobre la mesa y miro directamente a Santiago.

-¡Que escabechina, Santiago, que escabechina!

-¿De que me hablas?

De que va a ser de Madrid. La revuelta de hace quince días, la que el pueblo se levanto contra esos malditos gabachos. Todo el pueblo de Madrid se ha sublevado contra los franceses. ¡Todo el Pueblo! -dijo esto golpeando la mesa- desde los panaderos, carpinteros, carniceros, herreros, zapateros, mujeres, prostitutas, niños, ancianos. Todos menos, claro esta los burgueses, y el clero y todos esos hideputas de los afrancesados como ese cabrito de Godoy, ha obligado al ejercito a mantenerse al margen de la sublevación. Mientras sigue como siempre, besando las posaderas de “mesieur Napoleón”. Dejando que el pueblo muera de hambre, despues que nuestra gloriosa marina, tuviese su día más negro en Trafalgar dirigido por ese incompetente marino de agua dulce que llevó a nuestros gloriosos Churruca, Gravina a la muerte cuando todos los nuestro le decían que ir a buscar a los ingleses era una misión suicida. ¡Pero Claro! Ese “enfant terrible” quería darles un escarnio y lo que encontró fue su primera derrota. Nos ha echado toda la culpa a los españoles, y en Madrid nadie ha contestado y nadie ha cogido a los afrancesados y los ha colgado de un palo. No la Revolución francesa ha hecho añicos la Europa que se sostenía con hilos. Sus ideales, si los observas en frió, son una inyección para la humanidad, pero estas no son las formas. No se puede engañar a todo un país como el nuestro y esperar que no se rebrinque. Lo que te digo Santiago, dentro de poco tocará a Zaragoza, estos gabachos saben muy bien la oportunidad que tienen de dejar este centro neurálgico que es Zaragoza bajo su poder.

-         ¿No estás exagerando José?

-         No, no estoy exagerando, te lo comento muy en serio. Creo que después de Madrid, vamos nosotros.

-         Pero, ¿Qué te hace pensar eso?

-         La situación estratégica de la ciudad. Como sabes se encuentra en el centro del triángulo formado por Madrid, San Sebastián y Barcelona. Aquí tienen a las puertas de la ciudad, bajo el cargo del Gobernador Guillelmi a un ejército inmenso para poder mandar hacia donde les plazca sus contingentes de Infantería y Caballería.

-         Bueno, bueno, creo que eres demasiado pesimista. Lo de Madrid si que fué algo extraño, pero la mecha que incendió todo fue que creyeron que transportaban todos los miembros de la Familia Real a Francia.

-         ¡Pero si están todos allá, exceptuando al Infante Fernando! Que al final, según un despacho que me ha hecho llegar un Capitán del cuerpo de Granaderos Real, el Infante también ha salido ya para Francia.

-         ¡Vaya!, esa noticia si que es mala.

-         Mala no Santiago, es Peor.

Mar. 5th, 2008

Día 13 de Mayo de 1808.

 

El cielo clareaba a las primeras horas del alba mientras Santiago, recorría las empedradas calles del Coso a un paso rápido. A esas horas todavía no se encontraba atestada de gente. Algunos hortelanos, chichorreros, carniceros con sus carros y sus caballerizas se acercaban al mercado central para que apunto de la mañana todo ese genero apareciera como un manjar delante de los asustados habitantes de Zaragoza, componían las únicas siluetas que se veían por la calle. Las noticias que llegaban de la capital del Reino producían en la población un inmenso temor. Por todos los barrios, casas de citas, albergues, monasterios, hospitales circulaba el rumor que la siguiente ciudad seria Zaragoza. Los habitantes de las aldeas y pueblos vecinos como Torrero, Casetas, Villanueba acudian con lo puesto a resguardarse, de lo que pudiese pasar, tras las murallas de la Ciudad. La población en estos días se encontraba cerca de los cincuenta mil entre hombres, mujeres, ancianos y niños. 

El cierzo soplaba así que Santiago se subio el cuello del tabardo y se encogio sobre si mismo mientras aceleraba el paso. Santiago de Álvarez y Miranda, ese era su nombre, pensaba mientras caminaba hacia la casa de su antiguo camarada y compañero militar José de Rebolledo y Palafox. Santiago y José se conocian muy bien pues aunque uno de Zaragoza y el otro de Huesca coincidieron en la escuela militar. Ambos fueron destinados, casi imberbes, a una de las compañías con más solera, arraigo y tenaces de todos los tiempos. Herederos del los famosos Tercios españoles. La compañía Flamenca de las Reales Guardias de Corps. Aquellos años en los que juntos pasaron penalidades y gloria en las guerras de Las Provincias, hizo que entre los dos creciese una amistad y lealtad inquebrantable. Juntos descubrieron la dureza de las batallas, la muerte por doquier, el tifus, el escorbuto. Por suerte ellos seguian en este mundo, muchos camaradas y amigos los esperaban en las puertas del mas allá.

Recordándolo a Santiago se le esbozaba una sonrisa que le iluminaban sus ojos color miel. Aunque caminaba encorvado a causa del viento, su silueta era de un hombre fornido y bien dibujado. Su cara, si no fuera por ese espadazo que en forma de cicatriz le recordaba lo cerca que estuvo de la muerte durante la última batalla y que se libro en el último instante cuando el enemigo asestaba ya su golpe de gracia, apareció por suerte para él, la espada de Palafox deteniendo el golpe que lo hubiese dejado como una res muerta en canal. De vez en cuando aun le dolía esa cicatriz, sobre todo cuando el tiempo cambiaba bruscamente como pasaba en ese momento. Ese día Santiago le debía una a José y este, en forma jocosa, siempre se lo recordaba cosa que hacia que riesen como si fueran niños.

El eco de sus pasos rebotaba por la estrecha calle Real Aduana, donde estaba el palacio de la familia de José Palafox. Se planto delante de la gran puerta doble de nogal abatió por tres veces la anilla en forma de serpiente, fuertemente. Al momento una sirvienta abrió el portalón apartándose a un lado, dejo libre el umbral de la puerta que traspaso Santiago en dos zancadas mientras le daba el sombrero y el tabardo a la muchacha que aguardaba pacientemente.

-         El señor Palafox le esta esperando, señor Álvarez.

-         Gracias, Elvira.

LOS SITIOS DE ZARAGOZA 1808

ANTECEDENTES



 

Tras la derrota que el ejército de Napoleón Bonaparte sufrió en la Batalla de Trafalgar en 1805, el emperador francés decretó el Bloqueo continental, por lo que ningún país de Europa podía comerciar con Reino Unido. Sin embargo, Portugal transgredió la ley impuesta por Napoleón al firmar el Tratado de Tilsit en Julio de 1807. En Paris, la reacción del gobierno napoleónico no se hizo esperar. Las fuerzas francesas intentaron capturar a la flota real del Rey Juan VI, quien huyó a la colonia portuguesa de Brasil. La única alternativa que le quedaba a Bonaparte era entrar al territorio portugués vía España. Manuel Godoy, primer ministro del Rey español Carlos IV firmó un pacto con los franceses por el que se le permitiría al ejército napoleónico entrar a España para planear la invasión a Portugal. El 18 de Octubre de 11807 las huestes de Napoleón entraron en Barcelona y al poco tiempo ocuparon Valencia

Al auspicio de la alianza franco-española que Manuel Godoy impulsó para contentar al expansionista vecino transpirenaico, tropas francesas habían cruzado la frontera en 1807 con la excusa de hacer cumplir a Portugal el Bloqueo Continental. Acantonadas ya a lo largo de España, y dada la apatía y dejadez de la monarquía Borbón, Napoleón decidió reemplazarlos por su hermano José Bonaparte. Es así como hace firmar a finales de ese año tanto al rey Carlos IV como al príncipe y heredero Fernando (futuro Fernando VII) las conocidas como Abdicaciones de Bayona en las que renunciaban a sus derechos al trono de España en favor de Napoleón, que a su vez renunció en favor de su hermano.

A pesar de las instrucciones de cooperar con las nuevas autoridades, el descontento popular por la ocupación militar motivó el levantamiento del 2 de mayo de 1808 en la capital. Tras la dura represión del mismo por parte francesa, diversas juntas autónomas se declararon en rebeldía en todo el país. En Zaragoza, el pueblo depuso al gobernador afrancesado Guillelmi y nombró el 25 de mayo al militar José de Palafox y Melci, partidario del Príncipe de Asturias y cabeza de la rebelión en Aragón. Éste repartió las armas del arsenal de la Aljafería y formó Tercios de voluntarios, iniciándose la fortificación de la ciudad por el coronel de ingenieros Sangenis. Las fuerzas al mando de Palafox llegaron a los 5.000 soldados, aunque sin experiencia ni entrenamiento.

Un ejército al mando del general Moncey fue destinado a tomar la ciudad, de gran valor estratégico tanto por su relativa cercanía a la frontera francesa y su categoría de capital del Reino de Aragón, como por su posición clave como nudo de comunicaciones donde se cortaban el eje que unía la capital, Madrid, con Barcelona con el que enlaza el País Vasco con la costa valenciana. Así mismo, la línea logística del ejército francés comenzaba en Navarra y embarcaba los víveres en el Canal Imperial de Aragón, siendo Zaragoza un punto clave para garantizar el aprovisionamiento de las fuerzas francesas de Tortosa y Tarragona.

 

Nuevo Escrito LOS SITIOS DE ZARAGOZA

Hola a todos los posibles lectores de este blog.

Acabo  de empezar otro escrito que iré colgando aquí. 

Este tampoco va de Zombies, ni detectivesco.

Va a Hablar sobre los Sitios de Zaragoza en el año 1808

Si os gusta o no dejazme algún comentario

Adios

Oct. 31st, 2007

-         Pero no crea que “he ganado”- dijo Camarero, a la pandilla de los Casado los han detenido en Lisboa cuando estaba a punto de coger u vapor para Brasil.

-         ¡Vaya! Eso si que es un contratiempo importante para sus pesquisas. Entonces, si no fueron los casado ¿Quiénes fueron Sr. Casado?

-         No lo sé. Aunque como Ud. sabrá no solo existe una cuadrilla que se dedica a asaltar casas. Supongo que será alguna de las que ya tenemos constancia, y si no será una cuadrilla nueva. Salen como setas en otoño desde un tiempo a esta parte.

-         También puede ser, Sr. Camarero, también.

-         Bueno pues sin más me voy. Tengo que llegar a la comisaría. He pedido uno telégrafos. Voy a ver si tengo respuesta. Si no le molesta Sr. Latorre, ¿podría darme alguna pista sobre lo que usted piensa?

-         Ya se la di- dijo mi amigo estirándose todo lo largo que era para acercar sus pies a la chimenea- que es todo una falsedad.

-         Sr. Latorre, seamos serios por favor. Si lo que dice usted es verdad, ¿con que motivo se hace el engaño?

-         Eso no lo sé… aun.

 

Después de una cena majestuosa, digna de un rey, nos sentamos en la salita a tomar- yo un chinchón y Latorre un Oporto- y hablar sobre cosas banales, aunque mi compañero no daba mucho pie para entablar conversación. Seguía estirando sus pies al fuego de la chimenea, y se quedaba absorto otros momentos. Yo intentaba poner algo de mi parte para sacarle algo.

 

-         si, querido Corvinos, tengo algo en mente –dijo de pronto como si leyese el pensamiento.-

-         y ¿Qué es lo que tiene?

-         Espero Noticias de un momento a otro.

-         ¿a estas horas?

-         Si.

-         Pues si no le importa, le diré que me pareció un poco arrogante y malintencionado la forma en que trato usted a Camarero.

-         Vamos, vamos Corvinos, hace tiempo que me conoce y creo que nunca le he dado pie para que desconfíe. ¿Qué no le he dado todo lo que sé? Pues si.

-         ¿y eso?

-         Mire –dijo recogiéndose y sentándose apoyando la espalda en el sillón- lo que yo sé es extraoficial, y lo que sabe Camarero es oficial. ¿me explico? Yo puedo juzgar por mi mismo, cosa que el no puede por ser el investigador oficial y tener superiores a los que debe informar. Aparte, si yo le digo todo el sueldo que se gana, tendría que ser para mi ¿no cree? –dijo esto último con una sonrisa en los labios-.

-         Y ¿Cuándo espera usted las noticias?

-         Ya, mismo ¿no ha oído el timbre?

-         Si, y oigo los pasos subiendo la escalera…

 

La puerta se abrió y se vio en ella dibujada la figura de la Sra. Encarna seguida de un hombretón en toda regla. La Sra. Encarna se aparto para dejarlo entrar después de presentar al hombretón que le seguía respondía al nombre de Capitán D. José Maria Lasierra de Loscos. Era un hombre que rondaría el metro noventa. Ojos oscuros como la noche. Barbilla cuadrada y unos hombros formidables, y una envergadura de brazos espectacular. De tez morena, como otros tantos andaluzes que pululan por nuestra España. El recién llegado nos miro a los dos, como quien no sabe a quien dirigirse.

-         Tome asiento Sr. Lasierra recibió usted mi telegrama por lo que veo.

-         Si señor, Recibí su telegrama, y aquí estoy a la hora que me indicaba.- eran la diez y media de la noche- Me he enterado de que ha estado en la Central, y he visto que era difícil, por lo que comentan, desembarazarse de usted. ¿Qué va hacer conmigo? ¿delatarme? ¿encerrarme? Dígamelo ya.

-         Tranquilícese, y tome una copa de este oporto que esta realmente bueno. Mire señor Lasierra, si yo creyese por un solo momento, que usted es un criminal, no estaría sentado allí tan tranquilo eso seguro. Ahora le ruego que se tranquilice  y me responda a las preguntas que voy a efectuar. ¡Ah! Y le digo que no me podrá engañar. Al primer atisbo de mentira le entrego a la policía.

El gigantón se bebió de un sorbo el vino que le habíamos servido, y empezó a mordisquear un cigarro que llegaba en la boca.

-         ¿Qué quiere que le diga Sr. Latorre?

-         La verdad, únicamente la Verdad. Y luego ya veremos…

-         Esta bien. Ya me da lo mismo. Acataré lo que ud decida. Y también le digo que me da igual lo que me depare el futuro. Volvería a hacer lo que hice sin ningún género de dudas. Cuando pienso en la pobre señora, Elisa Campoviejo, me negare siempre a llamarla Sra. Llamazares, se me derrite el alma. Bueno les cuento- suspiro, dio una larga calada a su cigarro, y empezó a contar los hechos-.

Supongo que ustedes sabrán que a la Sra., la conocí en el trayecto que hizo en el barco “El Montenegro” en su travesía desde Chile a España. Desde el primer día que la vi en cubierta, me robo el corazón. Era una señorita, guapa, elegante, vistosa, inteligente, educada.

-         ¿Se le declaró usted? –intervino Latorre-

-         No, no lo hice, su doncella me comento que venia a España a Casarse con el Sr. Llamazares, y como usted comprenderá al oír ese nombre, vi. que mi empresa era imposible.

-         Siga, siga.

-         Bueno, la sra. Me trató como nadie en mi vida me ha tratado. Con dulzura, con cariño y amistad. Y la trate como un enamorado trata a su enamorada. ¿Cómo se iba a fijar en mí si en España la esperaban títulos, riquezas, joyas, alta sociedad? Y yo ¿Qué podía ofrecerle? Si mi amor incondicional pero un marinero sin más. Ella ha nacido para lo bello y lo mejor de esta cloaca que es el mundo. Y yo no podía proporcionárselo. Me alegré por ella, pero no evito que intimáramos en el viaje como dos grandes amigos. Como sabrán me ascendieron a capitán y el barco no estaba preparado para hacerse a la mar y por suerte me quede hospedado en Madrid. Un día caminando distraídamente por la Gran Vía, me encontré de bruces con la doncella. Entablamos conversación y me puso al día de ella, y de él. Mientras me comentaba todo yo tenia que hacer reunir toda mi fortaleza para no salir disparado hacia la Finca Doménech y darle un sobo bien dado al Conde. Según me comento la Doncella, el duque era un borracho que día si y día no le propinaba unas palizas monumentales aderezadas de insultos hacia su persona, por su piel o raza. Dos días después volví a encontrarme con la doncella como habíamos quedado, y me contó más de lo mismo y que la Sra. Quería que la visitara. Estuvimos viéndonos varios días y pude ver los efectos que los salvajes golpes le dejaban en la cara, en los brazos, y hasta en la cadera y piernas pues la última vez que fui a visitarla, la noche anterior el Conde le había propinado una paliza que llego a sangrar por la boca, nariz, oreja, y varias heridas en las piernas ocasionadas por el bastón que siempre portaba el Conde. Menos mal que el Conde no se encontraba en la casa si no allí mismo le hubiese dado su merecido. Hace unos días recibí la orden de trasladarme a Málaga, ya que a la semana tendría que partir en mi nuevo buque. Y decidí hablar con la doncella. Fue ella quien me informo que la señora tenia unas costumbres fijas de leer en el cuarto de la planta baja antes de irse a dormir. Así que no lo pensé más y me presente la noche anterior en la casa furtivamente esperando a que todo estuviese en calma para poder hablar por última vez con la Señora. Me presente allí y la vi. Llame en la ventana con los nudillos, se sobresaltó pero abrió la ventana. Allí me contó otro episodio parecido a los anteriores. Hablando, y digo solo hablando si hacer nada indecoroso, y apareció él de pronto, chillando como un loco. La llamaba, perra, puta, pordiosera… a la vez que empezó a golpearle en la espalda mientras la tenia agarrada por la muñeca. Yo sentí un volcán en mi interior. Me acerque a la chimenea y cogí el hurgón y nos dispusimos a luchar en igualdad de condiciones. Primero me golpeo a mí en el antebrazo –mientras decía esto se remango la camisa dejándonos ver un hematoma bastante grande a la altura del antebrazo- y yo le devolví el golpe con toda la fuerza que pude en toda la cabeza. El chasquido que se produjo fue de la más desagradable. Puso los ojos en blanco y cayo fulminado al suelo sangrando por su cabeza abierta como una sandia. ¿creen que me arrepentí? No. Y lo volvería a hacer. ¿Podía dejar a la Señora con ese loco? De ninguna manera. ¿No hubiesen actuado ustedes como yo? –nos pregunto mirándonos ora a uno ora a otro-.

La doncella acudió rauda al oír los gritos de él y ella y cuando se presento ya todo estaba finalizado. Descorche una botella de vino y le hice beber a la Señora ya que se había quedado inconsciente tanto del susto como de los golpes. La doncella se dispuso a ayudarnos y a preparar una treta. Teníamos que hacer creer que habían sido salteadores de casas. La doncella alecciono a su señora de cómo debía contar la historia, mientras yo me encaramaba a la chimenea y cortaba el cordón de la campañilla. Después la até a la silla y deshilache un poco el cordón para que diese la impresión de haber sido arrancada. Luego reuní algunas piezas de plata que estaban por la habitación para aparentar el robo. Luego repasamos por enésima vez el plan y lo que debían decir las señoras y me marché. Dejando caer la plata en el estanque.

Y eso Sr. Latorre es lo que sucedió, aunque me vaya el garrote vil. Esto es lo que pasó.

 

 

Latorre se quedo pensando, como si durmiese, y de pronto se levanto y fue hacia el hombretón dándole la mano.

-         Aquí tiene usted lo que pienso. Creo que me ha dicho totalmente la verdad. Apenas ha dicho algo que yo no supiese. Nadie podría haber hecho los nudos que mantenían a la señora atada si este no era un marino. Solo una vez la señora había estado en contacto con marinos, y fue en su travesía por el Atlántico, y tendría que ser alguien de su escala social, más o menos, una señora como ella no se dirigiría a los carboneros, por ejemplo. Y también demuestra dos cosas una que la señora no quería delatarlo y la otra, consecuencia de esta, es que sentía amor por usted.  Ya ve que fácil ha sido cogerle a usted en cuanto he dado con la pista correcta.

-         Creí que la policía no daría nunca con los hechos verdaderos.

-         Je, Je, y aun no lo ha hecho. Ni lo conseguirán, espero. Y ahora señor Lasierra, comprenderá usted que esto es un tema grave de verdad. Así, que si usted quiere, puedo dejarle un día de ventaja para escabullirse de la Justicia. Yo lo veo inocente pero entenderá usted que el Jurado Popular igual no lo entiende así y le condenan a Garrote, por eso, y por eso le comento que si quiere puede marchar. Yo tardare veinticuatro horas en avisar a la Guardia Civil y Policía.

-         Y al cabo de ese tiempo… ¿se hará todo público?

-         Si por supuesto, ya sabe la calaña de los Tabloides.

-         Y ¿QUIERE QUE ME VAYA Y PUEDAN CULPAR A LA SEÑORA? –mientras decía esto se incorporo del sillón y rojo de cólera, movía los brazos cual aspas de molino- ¿Esta usted en su sano Juicio? Antes de que le recayese a ella cualquier culpa bajaba yo a los infiernos y le arrancaba el rabo al mismísimo Satán.

-         Je, je, Tranquilo hombre de Dios, esta era mi última prueba para ver si realmente todo los sentimientos que ha contado usted eran reales y veo que sí.

-         y ¿Qué hacemos?

-         Yo al Sr. Camarero, le di mi opinión y la pista, que no ha querido seguir. Es harto improbable que consiga desentrañar el misterio si siguen actuando así.

Vamos a ver, Usted Lasierra es el reo, usted querido Corvinos es el Jurado. Y yo como nadie queda seré el juez…. Ejem, señores de Jurado ya han escuchado todo el caso. ¿Cómo declaran al reo Culpable o No Culpable?

-         No culpable –Continué intentando hacer dignamente el papel que Latorre me había dado-

-         Bien, el Jurado ha hablado. Mientras la Justicia no prenda a algún inocente, que no creo, nada tiene usted que temer por mi parte. ¡Ah! Y un consejo tarde un año más o menos en volver con la señora. Si les viesen ahora juntos podría ser peligroso.

-         Gracias Sr. Latorre. Muchísimas gracias.

 

Y Así termino el caso de la Granja Doménech, Nunca se cogió a ningún criminal y se le acuso de este crimen.

Este también fue el único caso donde mi amigo “perdono” a un “culpable”. Mucho más adelante, cuando Latorre ya se había retirado, me entere de la Animadversión que tenía Latorre hacia los hombres maltratadotes de sus mujeres. Era algo que le sacaba de sus casillas… pero eso ya es otra historia.

Oct. 11th, 2007

-         ¿pero qué? Pregunto Camarero.

-         Esos vasos…

-         ¿Qué le pasa a los vasos?

-         ¿Cómo usted no ve nada extraño?

-         Pues…

-         Nada, nada dejémoslo correr. El cerebro mío carbura demasiado deprisa intentando buscar alguna solución para idioteces algunas veces… esta puede ser una de ellas. Esto de los vasos debe ser pura casualidad. Por lo que veo Camarero usted ya tiene a sus sospechosos, bueno, a sus culpables por lo que mi estancia aquí sobra. Corvinos, vayámonos a aprovechar lo que queda del día.

 

En el trayecto hasta la estación Latorre estuvo ensimismado en sus pensamientos, con lo que casi no me dirigió la palabra. Conociendo como conocí a Latorre, veía su rostro acerado y su brillante mirada como que algo no le cuadraba, pero sabía que en ese estado era mejor no interrumpir su maquinaria pensante.

Ya en el tren seguía ensimismado, hasta que, como si despertara de un sueño, me comento:

-         Corvinos, le pareceré un loco, pero me parece una locura dejar este misterioso caso tal y como dice Camarero. Llámeme loco si quiere, pero por muchas vueltas que le doy no me cuadra en absoluto. Si ya se que la honorable Señora y su criada no han dejado lugar a dudas… pero hay algo que me huele a podrido.

-         ¿Los vasos?

-         ¡Exactamente! Los vasos. Ya sabe usted que a mi me gusta empezar una investigación por mis propios medios, no que me den una caso casi, no, yá resuelto. Yo, hubiese empezado por los vasos, cosa que Camarero, los ha dejado casi de lado. Yo hubiese actuado así, y ahora borre de su mente todo lo dicho anteriormente por la señora, su criada, y Camarero. ¿De acuerdo? Bien ahí va.

Los Ladrones han actuado hace dos semanas a poca distancia, y según los tabloides y la policía se apropiaron de un gran botín, y de cómo esa cuadrilla actuaba dejando claras pistas por si alguien quisiera usar esta información como un plan. La mayoría de los ladrones, incluyendo a estos, cuando dan un buen golpe se retiran durante un tiempo por dos cosas: una que se calme toda la investigación y otra disfrutar de paz y sosiego mientras planean el próximo movimiento, no se arriesgan a dar otro golpe y menos tan poco provechoso como este, dejando una grañidísima cantidad de objetos valiosos a su alcance y con un asesinato a sumar a sus ya numerosos delitos.

La cuadrilla es por así decirlo, profesional. ¿Qué asaltador profesional entra en la casa y le da un puñetazo a la inquilina para que no grite, cuando lo más seguro es que grite por el puñetazo y no por el susto? Y por último no es corriente que gente como esta descorchen un Excelente vino y no se lo terminen o no se la lleven ¿me sigue usted Corvinos? ¿Qué impresiones saca Ud de todo esto?

-         Pues la verdad que visto así, impresiona un poco, pero desgranando como la ha hecho todo parece factible. Lo que no ha comentado usted es que la señora fue atada en la silla.

-         Mire Corvinos;  lo de atar a la señora, me parece que solo tenían dos opciones, o la mataban, como al Conde, o la inmovilizaban. Para que no diese la alarma cuando hubiesen terminado de consumar el robo. Pero esta los de los vasos.

-         Dígame ya, por Dios, que barrunta usted con los dichosos vasos de vino.

-         Nos dijeron que bebieron tres hombres en ellos ¿le parece a Ud verosímil?

-         Claro ¿Por qué no? Había resto de vino en los tres vasos.

-         ¡Exactamente! Pero solo en uno de ellos había posos de vino ¿lo recuerda?

-         Pues que seria el último vaso el que tenga el poso.

-         No, la botella lo tenía en abundancia como yo me fije. Y es imposible que los dos primeros vasos aparezcan limpios de posos y solamente el último tenga poso y bastante. He llegado a la conclusión que solo hay dos opciones para eso; una es que una vez lleno los dos vasos, para fastidiar al tercero, agitaran violentamente la botella, cosa poco probable, ¿no cree?

-         Y entonces ¿Qué es lo que cree?

-         Que solo fueron utilizados dos vasos. Y que los posos de ambos fueron vertidos en el tercer vaso. Para dar credibilidad a la engañifa de que fueron tres personas las que había en la habitación. En ese caso ¿Dónde se encontraría el poso? ¡Exactamente! En el último vaso. Y aquí es donde viene lo bueno por que si tal y como yo sostengo, solo se usaron dos vasos, eso quiere decir Sr. Corvinos que…

-         ¡La doncella y la Condesa nos han mentido!

-         Excelente, Corvinos, excelente- dijo riendo por lo bajini- y que del relato que nos han contado la señora y su doncella no debemos creernos nada en absoluto. No debemos creer nada de lo que esas señoras digan, deben tener una razón poderosísima para urdir un plan tan bien expuesto y ocultar al verdadero criminal. Nosotros tenemos que empezar con este cabo para desenmarañar el ovillo que esta un poco enredado. Camarero ira por su lado y nosotros por el nuestro. ¿esta conmigo Corvinos?

-         Hasta el Infinito y más allá.

 

 

Cuando los habitantes de La Granja Doménech nos vieron aparecer de nuevo no pudieron ocultar su extrañeza al vernos de nuevo.

Tuvimos suerte ya que, Camarero no se encontraba en la casa puesto que fue ha a informar a sus superiores de cómo iba el caso.

Latorre y yo fuimos directamente al salón donde ocurrieron los hechos. Todo estaba tal y como nosotros lo dejamos exceptuando, claro, el cadáver de Sr. Llamazares, que no estaba y en su lugar se veía un perfil de una figura humana en el suelo pintado con tiza blanca.

Latorre cerro con llave y acto seguido se puso a investigar a sus anchas. Yo me acomode en un confortable sillón orejero y me dispuse a ver, como otras tantas veces, el trabajo concienzudo de mi amigo.

Observo la ventana, la silla, el cordón de la silla, la alfombra con la mancha de sangre aun fresca, las cortinas… en fin todo lo que estaba en la habitación fue escudriñado por el ojo y la mente rápida y deductiva de mi querido Latorre.

 

De pronto dio un ágil salto y se encaramo a la repisa de la chimenea y observó, durante unos minutos, el trozo de cordón que quedo en el techo agarrado aun al alambre. Lo miró y requtemiró  con detenimiento y yo vi que casi se le iluminaba la cara. Aun hizo el movimiento de intentar agarrar el trozo pero se quedaba a escasos centímetros del cordón. Luego salto al suelo con una pequeña sonrisa de satisfacción en la cara.

-         Todo esta bien, Corvinos, muy bien diría yo. Nuestra cadena de acontecimientos esta casi con todos los eslabones perfectamente colocados. ¡Ah, si hubiese hecho caso a Camarero! Vaya torpeza hubiésemos conseguido.

-         ¿Ya dio con los hombres? –dijo yo incorporándome casi de un salto-

-         Con el HOMBRE, Corvinos, y extraordinario por cierto.

-         ¿Cómo que Extraordinario?

-         Pues sí. Si no, fíjese en el hurgón, esta doblado del impacto, o sea, que debe tener una fuerza descomunal. Rondara entre el metro ochenta y cinco y el metro noventa. También será ágil y diestro con el empleo de los dedos. Y, ahora lo más destacable, tiene una inteligencia superior como demuestra que, creo, fue el a quien se le ocurrió todo este teatro. Pero, como siempre le digo, siempre hay alguien más listo que tu ¿no es así? Se le pasó por alto el cordón, y no contaba con que me llamaran.

-         ¿Dónde estaba la pista para poder deducir todo esto?

-         ¡Bah! Cuando se lo explique desaparecerá todo el misterio. Bueno, bueno no se impaciente querido amigo. Contésteme a esta pregunta ¿si usted hubiese sido el asesino y fuera a dar un tirón para arrancar el cordón de la campanilla por dónde se hubiese roto?

-         En la unión con el alambre –conteste yo-

-         Efectivamente, pero ¿Por qué se ha roto a unos siete centímetros del alambre?

-         Por que estaría deshilachado.

-         Muy bien, como vemos en el cordón con que ataron a la Sra. Esta deshilachado. Hasta en este pequeño detalle este asesino, pensó en ello  y por eso esta tal como lo vemos. Pero el otro extremo, el que cuelga del techo no esta deshilachado. Lo hubiese visto Ud. mismo si hubiese subido a la repisa como he hecho yo. El del techo tiene un corte limpio. No se ha hecho tirando bruscamente. No. Debió pensar que si tiraba para atar a la señora igual podían oír el tañido de la campanilla y despertar al resto de la casa. No se quiso arriesgar, y trepo donde yo trepé y alcanzo el cordón. Y le dio un tajo limpio con una navaja muy afilada. Yo mido un metro ochenta y dos centímetros y no he llegado a tocarla. Me faltan unos siete centímetros, por eso pienso en la estatura del asesino rondara casi el metro noventa.

-         Ahora, querido Corvinos, fíjese en la mancha de la silla, en el asiento. ¿Qué cree que es?

-         Sangre, sin ninguna duda.

-         Y ¿no le dice nada?

-         Pues…

-         Con esto se desbarata el relato, el cuento de la señora. ¿Cómo va a haber una mancha si estaba la señora atada y sentada en la misma?

-         Entonces se tuvo que sentar después del golpe en la cabeza a su marido.

-         Exactamente, y su vestido negro tendrá que llevar una mancha como esta de la silla. Tendremos que volver a molestar a la doncella antes de dejar ver nuestras cartas ¿no opina Ud. igual?

-         Por supuesto que sí- respondí con una cara llena de asombro y veneración-

 

La criada se presento ante nosotros con el rostro que dibujaba resquemos hacia nosotros.

La doncella era una mujer de piel oscura pero radiante. Unos ojos negros y grandes que acompañaban unas pestañas de tigresa. Sus rasgos redondeados y sus sobrantes carnes hacían que pasara desapercibido el detalle que de cara era una señora muy bien agraciada.

Al principio de la entrevista contestaba únicamente con monosílabos, pero Latorre, cuando quería era capaz de ser un autentico Don Juan. Viendo como vió que la doncella no quería contarle nada nuevo, desplegó durante bastantes minutos una andanada de cumplidos y pequeños chascarrillos hasta que se gano la confianza de la doncella.

Al cuarto de hora la doncella ya no ocultaba su odio hacia su difunto señor.

-         Si señor, varias veces me había puesto la mano encima. De normal, cara afuera, era un respetable y rico señor con títulos nobiliarios. Dentro de la casa era un demonio. Cuando bebía, y lo hacia constantemente, se volvía en una persona dura, áspera, maleducada, y violenta. Las veces que me pegó fue siempre por defender a mi Señora, a la que quiero más que a mi vida, pues la conozco desde casi nació. A mi no me importaba recibir si con ello evitaba que pegara a mi querida señora.

-         ¿Le comento la señora las rozaduras del brazo que portaba hoy’

-         No, no me comento nada, pero no me extrañaría en absoluto que hubiese sido esa bestia de hombre. Lo que pasa es que la señora es muy orgullosa, y antes de aceptar que su marido borracho la maltrataba, se hubiese dejado ahogar, sobre todo por los amigos del Sr. que son todos muy parecidos y no veían con buenos ojos que una mujer de ultramar viniese a una de las casas más antiguas de España.

Cuando conocimos al Sr. era todo mieles, engatuso y engaño a mi pobre señora hasta que la convenció que viniese para la madre patria. Para vivir aquí una vida plena decía. Plena de horror y de disgustos. Pues en cuanto llegamos a España el señor empezó a ser muchísimo más severo con todos y se volvió un ser despreciable.

-         ¿Fue el primer viaje de la señora a España?

-         Si era el primero que hizo. Vino engatusada con el título, y el ser grande de España.

-         ¿Vinieron directos o hicieron alguna escala en el mar?

-         No vinimos directos en una Goleta a vapor.

No hubo terminado casi de contestar cuando en el umbral de la puerta vimos la estilizada e imponente figura de la señora de la casa. Rápidamente la doncella nos dió la espalda y fue junto a su señora que seguía un poco fatigada por los sucesos.

-         No creo Sr. Latorre que hayan venido a hacerme más insoportables preguntas ¿verdad?

-         No señora. Creo que me tiene usted por lo que no soy. Se que usted a sufrido mucho durante mucho tiempo. Le ruego a usted que se muestre confiada conmigo yo sabré devolverle esa confianza sin ninguna duda.

-         No entiendo Sr. Latorre, ¿Qué quiere que haga yo?

-         Solo una cosa.-dijo esbozando una sonrisa lo más cariñosa que le he visto yo en la vida- Que me diga usted la Verdad.

-         ¡SEÑOR LATORRE!- exclamó con un deje señorial que impresionaba a todos menos a Latorre, claro-

-         Vamos, vamos Sra. Llamazares, cuénteme la verdad

-         ¿Qué verdad Sr.?

-         No se si usted sabe, ya que lleva poco tiempo en España, que yo, como decirlo, gozo de una reputación ganada ya en mis años de extraños casos. Pues bien, mire lo que le digo. Estoy dispuesto a jugármela entera en que el relato pormenorizado que usted y su doncella nos hicieron es todo una FALSEDAD.

Tanto la doncella como la Señora, se habían quedado lívidas y sus ojos abiertos como platos denotaban un nerviosismo creciente en su interior.

-         Sr., Latorre, es usted un maleducado diciendo estas cosas a mi joven señora. Y más hoy después de lo ocurrido esta noche.

-         Sigo esperando…

-         ¿Qué quiere decir? ¿Qué mi señora le ha contado un cuento, un engaño?-decía la doncella que la palidez de su rostro había desaparecido y unas manchas rojizas estaban ahora alojadas en las mejillas-

-         ¿No tiene nada usted que decirme?-pregunto Latorre mientras hacia un ademán de levantarse-

-         Ya le he contado todo lo que paso esta noche- dijo la señora.-

-         Por última vez Sra. ¿no tiene nada nuevo que decirme?

-         Ya le he contado todo lo que sé – yo me fije que unas pequeñas perlas de sudor le bajaban por las sienes.

-         Lo siento por Ud.-dijo Latorre levantándose y dirigiéndose a la puerta-

 

 

Saliendo por la puerta principal se descubría ante nosotros el gran jardín en todo su esplendor iluminado por el sol frío de invierno de ese día. En la derecha vimos un hermoso estanque rodeado de un parterre, ahora desnudo. En estanque, helado menos en el centro, le llamó la atención a mi amigo que se acerco a curiosear y cuando se satisfizo me alcanzo con grandes zancadas cerca ya de la salida de la finca.

En la puerta se encontraba un Guardia Civil esperando; tal y como le ordeno Camarero. Latorre escribió una nota y se la entrego con orden de que se la diese al Sr. Camarero nada más que le viera.

 

Nosotros nos encaminamos hacia la estación de tren.

-         ¿Hacia a donde vamos Latorre?

-         Aquí hemos terminado de momento- me dijo- Volvemos a la capital a las oficinas de la Línea Marítima Estrella Polar.

-         ¿Para qué quiere ud. ir allí?

-         De momento no se lo voy a decir… solo le digo que si allí no encontramos lo que busco, tendremos que ir a otras dos líneas más que tienen sus oficinas centrales en Madrid.

-         No entiendo que…

 

El viaje se hizo monótono, pues en el trayecto Latorre, se dedico a estirar sus piernas, juntar las manos sobre el pecho y bajarse el sombrero hasta taparse los ojos. No abrió la boca en todo el trayecto. Yo observaba como los árboles desnudos pasaban ante mí a una gran velocidad.

Llegamos a la Línea Marítima Estrella Polar, y solo cuando se identifico mi amigo, nos dejaron traspasar la puerta en la que colgaba un letrero de “privado”. Allí se sentaba, como un rey ante su súbditos, un personaje gordo con unas gafas minúsculas, que cuando nos vio entrar sonrió amablemente y se levantó a estrechamos las manos. Resulto ser que tenía un primo trabajando en el Ministerio del Interior y le había hablado mucho de Latorre, con lo que el hombre estaba más contento que unas pascuas por conocer al Gran Latorre, como era conocido en chascarrillos políticos.

En poco más de veinte minutos, Latorre ya tenía toda la información que quería. En el año 1932 solo dos grandes buques habían venido de Chile hacia España. “El Montenegro” –así se llamaba el Vapor- fue el barco en el que la Sra. Llamazares había venido a España. Así lo confirmo el orondo jefe después de buscar la lista de pasajeros del buque. Ahora mismo, el Buque había salido de Lisboa dirección Chile con paradas en Cuba, Venezuela, y luego por el Canal de Suez llegarían a Chile.

Latorre le pregunto que si la tripulación que navegaba en el era la misma que cuando llego.

-         Si. Son la misma tripulación a excepción del Segundo de Abordo, D. José Maria Lasierra de Loscos. Ya que ha ascendido a Capitán y se hará cargo del nuevo buque de la Estrella Polar. Este saldrá en diez días de Málaga en dirección Roma y Atenas. Tiene que venir a recoger unos papeles, pero no sé cuando lo hará.

-         No, no le diga usted nada de esta entrevista, por favor. Pero me gustaría que me facilitase su hoja de servicios, si es posible.

-         Por supuesto Sr. Latorre. – y le dio una carpeta llena de papeles que Latorre los leyó atentamente.

-         ¡Vaya! Este capitán Lasierra, es un marinero de los que ya no quedan por lo que veo. Cumplidor con su deber, Honesto en el trabajo y con sus subordinados, estudio en Salamanca y luego en Cádiz… Sopla, ¿Qué tenemos aquí? Es leal y honrado pero se ve también que fuera de su trabajo es un poco irascible y se exalta con facilidad… Interesante.

Garabateo unas cuantas palabras en su bloc de notas y devolvió la carpeta a su dueño. Después de saludarnos y despedirnos salimos en dirección a casa ya que estábamos cansados del día tan ajetreados que llevábamos. En el Taxi, Latorre no pronuncio palabra. Se le vía, bueno yo veía, que estaba su cabeza funcionando como un reloj suizo por sus expresiones faciales

 

Cuando llegamos a nuestras habitaciones y colgamos nuestros abrigos, ya sentados delante de la Chimenea, Latorre volvió a la vida tan repentinamente que yo salté en mi sillón.

-         No, no y no. Esto es más fuerte que yo. Una vez dado el auto de procesamiento ya nada ni nadie podría salvar a ese hombre. Una o dos veces en mi carrera me he arrepentido de descubrir al culpable y entregarlo a la Ley.

-         ¿QUÉ ME DICE? Sr. Latorre.

-         ¡Uy!  Perdone Corvinos, pero es que, eso que una o dos veces he hecho más daño descubriendo al criminal que no haciéndolo. Luego la Ley es la Ley y eso, querido amigo son cosas mayores. He aprendido a ser cauto ya con estos de la policía.

-         ¿Eso quiere decir que ya lo tiene?

-         Más o menos.

En ese instante cerca ya de las nueve y media de la noche se presento en nuestra casa el Sr. Camarero un poco alterado.

-         Sr. Latorre, usted es brujo. Y si no es brujo cerca le anda. ¿Cómo es posible que supiese donde estaba la Plata Robada?

-         No lo sabía.

-         Pero en su nota me “recomendaba” que registrase el estanque

-         Y ¿encontró la Plata?

-         Si la encontré. No falta nada.

-         Me alegro haberle podido ayudar sr. Camarero.

-         Pero no me ha ayudado- dijo esto dejándose caer en el sofá con las manos en la cabeza- ¿Qué ladrones entran a robar en una casa, atan a la señora y matan al marido y luego tiran lo que han robado?

-         Si que es raro, sí –apostillé- igual se asustaron y tiraron la plata al estanque para poder huir más velozmente.

-         Si lo que dice usted, puede ser. –dijo Latorre- Al salir vieron el agujero y decidieron ocultar allí la plata para, quizá, volver otro día a buscarla.

-         Si, ahora lo veo -dijo Camarero- claro la ocultaron porque si les veían por los caminos con esa plata en sus manos seguramente hubiese caído en nuestras manos. y dejándola a buen recaudo en el estanque nadie hubiese imaginado que allí estaban los objetos robados. Esto suena bien, si señor, suena bien.

-         Tengo que reconocer que esa en una buena teoría, y tengo que reconocer que en este caso Usted Sr. Camarero me ha ganado por la mano.

Camarero se hincho como un globo. Mientras yo miraba perplejo a Latorre. ¿Había dicho lo que yo había escuchado? ¿Reconocía que había perdido? Me tenía alucinado.

Sep. 14th, 2007

 

La cara de Latorre era un poema ¿lo habían despertado para semejante causa? ¿Le habían hecho salir de su confortable casa para llegar y ver que era un asunto sin importancia? ¿Qué pensaría un arquitecto al que le llaman a altas horas para hacer el trazado de una acequia? El rostro de Latorre expresaba eso y más. Sus ojos ya no relampagueaban intentando descubrir no sé que detalle imperceptible.

Cuando pasamos al comedor, esa mirada, volvió a ser escudriñadora. El comedor era una amplísima habitación que magnificaba el poder de sus propietarios. El techo era de madera noble con unas vigas macizas grabadas con figuras en guerra. Todos los laterales estaban forrados de la misma madera, dando una luz especial. Había una gran librería rellena de libros, de lo más variopinto. Algunos parecían nuevos y otros, en cambio parecían incunables. En la pared paralela a esta había diversos trofeos de caza con sus cornamentas de ciervo tanto en hueso como con pelo, y encima de la chimenea había tres escopetas antiguas.  La chimenea era profunda,  grande, majestuosa, rematada en el final por una gran viga de madera.

La puerta daba justo enfrente de la ventana puerta que la Sra. Nos comento en su relato. A su lado otras tres ventanas para que entrase la luz de la mañana y tarde, ya que según me susurro Latorre, la casa estaba orientada al Sur para aprovechar todas las horas de luz.

A un lado de la chimenea se disponían dos coquetos sillones de madera noble con los asientos de travesaños. En uno de ellos aun estaba el cordón con que los asaltantes ataron a la Sra. Llamazares, habían cortado el cordón pero los nudos estaban intactos. Estos detalles a mi se me pasaban por alto, pero siguiendo la vista de Latorre, veía que algo empezaba a gustarle. ¡Algo no encajaba! Pero no puedo hacer nada ya que aun estaba presente el frío cuerpo del Conde.

El conde era u hombre alto, yo diría que cerca del metro ochenta. Bien formado y con un hundimiento de cráneo mortal por necesidad. Estaba con la espalda apoyada en el suelo, los ojos abiertos y los brazos a la altura de las orejas con el bastón de madera entre ellos. La habitación estaba impregnada con multitud de gotas de sangre y masa encefálica debido al tremendo golpe propinado. Cerca, a unos cincuenta centímetros se hallaba el hurgón con restos de sangre, pelo y masa encefálica. Latorre se agacho ágil como un gato y se lo puso a observar detenidamente el hurgón.

-         El viejo salteador debe ser un hombre de una fuerza hercúlea- Comento Latorre-

-         Si según tengo entendido es de Armas tomar-contesto Camarero_

-         Tiene que ser muy fácil para usted apresarlo.

-         Pues ahora que lo dice, sí. Desde hace cerca de un año la cuadrilla ha estado asaltando cortijos o mansiones como esta y se ha llevado una gran cantidad de objetos nobles. Se supone que querrán ir a América para empezar una nueva vida sin sobresaltos de la justicia. Supongo que querrán salir de Valencia, Barcelona, Málaga o Sevilla, ya que la frontera con Portugal la tenemos bien cerrada en caso que quieran ir al país vecino. Lo que no comprendo, siendo que la Sra. Los delataría, como demonios, han cometido este salvaje crimen.

-         ¡Exactamente! –exclamo mi amigo mientras reía por lo bajini- lo más normal es que hubiesen asesinado también  a la señora de la casa.

-         Quizás no se dijeron cuenta de que volvió en si…- dije yo-

-         Muy bien dicho corvinos. Pero Camarero ¿Qué me dice  del muerto? Tengo oído que era un poco, por así decirlo, rarito

-         Pues como le ha dicho la Condesa, el Conde era un personaje totalmente abyecto cuando bebía. Sin embargo, cuando no, era un hombre cabal y de buen corazón, pero con unas copas, no hacia falta que estuviese borracho perdido, era el autentico hijo de Satanás. Según me informado este asunto ya le había dado varios problemas, que no llega a ser por su incontable fortuna, estaría en manos de los Jueces, ya que siempre pudo pagar una buena a las dos personas que, estando borracho ataco casi hasta matarlos.

Pero ¿Qué esta haciendo Sr. Latorre?

Mi amigo estaba casi tumbado en el suelo y examinaba con gran atención el cordón de la silla donde la Sra. Llamazares estuvo amordazada. Siguió agachado siguiendo el cordel minuciosamente, hasta el extremo donde el cordón quedo roto y deshilachado cuando el ladrón lo arranco de la campanilla.

-         Cuando el asaltante tiro tan fuerte del cordón de la campanilla para atar a la señora, debió hacer un estrépito importante.

-         Recuerde Latorre que la Cocina esta en el medio, a la parte trasera, y el servicio ya estaba descansando en sus respectivas habitaciones.

-         ¡Exactamente! Corvinos, ahí es donde quiero llegar. ¿Cómo sabia el asaltante que nadie le podía escuchar? ¿usted se hubiese arriesgado de esa manera sin saber si le podían oír? Yo creo que no.

-         Eso es lo que me ronda a mí por la cabeza, contesto Camarero, no me cabe la menor duda que el asaltante tenía que conocer la casa y sus horarios. Tendría que saber que el servicio vive en el ala más alejada y que se suelen ir a dormir relativamente temprano y era imposible oír el tintineo de la campanilla de la cocina.

-         ¿Ha entrevistado Ud. a los criados?

-         Si, y son nada más que ¡ocho! Pero todos con unos informes muy fiables de sus anteriores amos. Además ninguno de ellos escucho nada.

Latorre observaba con detenimiento toda la habitación. A veces parecía, si no lo conocías su forma de trabajar, que miraba sin ver. Se acerco a la ventana por donde entraron.

-         aquí no se ven huellas. Lastima de este invierno tan dura. El suelo esta como un pedernal. Poco podremos sacar de aquí. Hola ¿Qué veo? esas velas que están en la repisa de la chimenea has sido encendidas

-         Si. Esas son las que portaban los asaltantes cuando entraron en la habitación.

-         ¿Qué ha desaparecido?

-         Pues no mucho. Todos esos estantes estaban con cachivaches de plata y tres bandejas de plata y un abrecartas del mismo material. La condesa dice que igual la muerte de su marido les asusto un poco dejando todo lo de valor aquí.

-         Si, eso puede ser… pero ¿no se echaron unos tragos de vino?

-         Para tranquilizarse

-         ¿han tocado la botella y los vasos?

-         No esta todo como yo lo encontré.

-         Perfecto, perfecto. Voy a echar una ojeada.

Los tres vasos estaban encima de la mesa al lado de un vino de una buena marca. Los tres vasos tenían aun restos de vino. En uno de ellos había posos.

La cara Latorre se volvió acerada. Sus ojos se entrecerraron. Y su poderosa mandíbula se apretaba una y otra vez. Su maquinaria pensante ya estaba a pleno rendimiento. Algo le había llamado la atención. Cogio en corcho y lo examino durante unos buenos minutos. El corcho aparecía impregnado en vino dado que ejemplar era un buen reserva.

-         ¿Cómo han descorchado la botella? A si ya veo. En ese cajón medio abierto tendrá que haber un buen sacacorchos  ¿no es así?

-         Si sr. Latorre. Me sigue usted asombrando.

-         ¿Le dijo la Condesa si usaron este sacacorchos?

-         No recuerde que estaba desmayada.

-         Cierto, cierto… pero este no es el sacacorchos.

-         ¿Cómo dice Ud?

-         Que no es el sacacorchos. Fíjese en la botella y en el corcho. Esta botella ha sido abierta con un pequeño sacacorchos como el que tienen las navajas multiusos, ve aquí, aquí y aquí, intentaron por tres veces descorchar la botella, pero al ser un sacacorchos corto,  se les escapaba, ya que el corcho esta muy maduro, casi podrido. Si se hubiese sacado con eses sacacorchos, lo habrían sacado de un solo estocazo…. Pero lo que me intriga de verdad son esos tres vasos. La condesa a dicho que vio bebiendo a los tres ¿me equivoco?

-         No Sr. Latorre, en eso fue categórica.

-         Pues no hablemos más de eso. Pero…

Sep. 14th, 2007

 

Mientras se levantaba de su sofá para acercarse hacia donde estábamos, la manga de la bella bata que llevaba se le deslizo hasta el codo.

Latorre lanzo una exclamación -¡Señora, tiene Ud. mas heridas! ¿Qué es esto?- dijo señalando a su antebrazo.

Dos manchas de rozaduras vivas marcaban su piel morena. Ella, rápidamente bajo su manga hasta que las oculto.

-         No es nada, no tiene que ver que lo que pasó esta noche Sr. Latorre. Si quiere, puedo empezar a relatarle ya la historia. Mi nombre es Señora Latorre, bueno eso después de casarme. Llevo casado casi un año con el Conde de Llamazares. El matrimonio, si es que se puede llamar así, no fue muy feliz. Es inútil que intente disimularlo, ya que según tengo entendido por su reputación lo descubriría a nada que hiciese sus deberes. Como sabrá mi origen es chileno. Y allí fui educada en una familia de posición muy importante y sin ningún problema económico. En América, la educación es más libre que aquí, en la madre patria, con todos sus “que dirán” “políticamente correcto” etc. Usted me entiende ¿verdad señor Latorre? –Latorre, que estaba sentado apoyando las yemas de los dedos entres si, con los ojos semi cerrados, como si casi durmiera, asintió con la cabeza- Pero la razón de que mi matrimonio fracasase fue, sin ninguna duda, que mi marido, el Conde Llamazares, era un borracho empedernido. Pasar un día con el  ya es algo dañino ¿se imaginan lo que es vivir todo un año? No, no se pueden hacer idea del infierno que es eso. Y la leyes de la madre patria para deshacer el matrimonio no eran más que largas e impedimentos.

Como supongo que sabrán el servicio hace la vida en el ala moderna de la casa. Nosotros vivimos en esta ala que como puede comprobar esta separado por este amplio salón y la cocina. Mi sirvienta es la única que vive en este lado de la casa, en el piso superior, el que hace guardilla, pues vino conmigo cuando salí de mi país.

-         ¿únicamente ustedes viven en esta ala?

-         Si Sr. Latorre. Como vera hay suficiente distancia para que los ruidos de los salteadores no se oyesen en el resto de la casa si cierran esta puerta.

-         Siga, con el relato por favor, Señora

Los salteadores debían saber esto, por que sino, no hubiesen actuado como lo hicieron. El conde se había retirado ya a su habitación hacia las diez y media. Toda la servidumbre, se habían retirado a su estancias. Yo permanecí hasta las once más o menos leyendo un libro. Cuando decidí ir a descansar hice una ronda para ver si todas las ventanas estaban correctamente cerradas. El recorrido que hice… fue primero la cocina, después la habitación de las trofeos y escopetas de caza, luego la de al lado, la de los billares, y por último el comedor. La ventana como ve es grande, y es de las que son puerta de acceso al jardín. Había hecho la ronda con la palmatoria y al acercarme a la ventana vi. El rostro de los tres personajes que intentaban entrar en el salón. Intente retroceder, pero el primero, enseguida entro en la habitación y me cogio por la muñeca y por el cuello. Instintivamente intente gritar, pero me propino un puñetazo en la cara –mientras decía esto nos señalaba el cardenal de tenia en la ceja que casi le impedía abrir el ojo- y me derribo al suelo. Me quede inconsciente; pues lo que recuerdo es que estaba sentada en este sillón amarrada por las manos y los pies con el cordel de la campañilla que avisa en la cocina. La boca no podía emitir sonido alguno ya que me pusieron un pañuelo anudado fuertemente para evitar sonido alguno. En ese mismo momento, entró mi marido. Seguramente debió escuchar el estrépito de mi golpe y el entrar en la habitación. Se presento ante ellos con una garrota que usaba para caminar. Ataco al que estaba mas cerca de mi, pero yo veía como el más mayor se agachaba y asía el hurgón, y le descargo un golpe en toda la cabeza  de mi marido que lo dejo blanco y al segundo se desplomó como un saco de patatas. De semejante espectáculo me desmayé, pero esta vez debió de ser pocos minutos, y cuando recobré el conocimiento vi. Que en ese estante se habían llevado toda la plata que había en el y aun habían tenido la osadía de beber una botella de vino, como usted puede comprobar con los tres vasos que hay encima de la mesa al lado de la botella. Dando unos grandes sorbos se retiraron por donde entraron cerrando tras de sí la ventana.

Aun tuve que luchar durante unos minutos para deshacerme de la mordaza, creo que pasaron entre cinco y diez minutos, y una vez libre de mi mordaza me puse a chillar para avisar al servicio. La primera que acudió fue mi fiel amiga –más que servidora- y después avisamos a toda la casa. El jardinero partió raudo a avisar a la Guardia Civil. Salio con uno de mis mejores alazanes por eso fue todo tan rápido.

 

Muy bien sra. Llamazares, siento muchísimo este horrendo suceso. Sr. Latorre, ¿tiene alguna pregunta para la Sra.? Intervino  Camarero.

-         no deseo que la señora pase aun más mal rato pero lo que si desearía es escuchar el relato de lo que la doncella, o su ama, vio.

-         Yo, como ha relatado la señora- Contesto la doncella- estaba en el piso superior, pues hacia escasa media hora que había subido a retirarme. Al correr las cortinas de mi ventana vi. a lo lejos, en el linde, a un grupo de personas, ya que la noche era clara, lo observe durante unos segundos pero me dieron la impresión que seguían su camino y corrí las cortinas sin preocuparme más por eso. Supuse que irían  del hostal que hay a diez minutos hacia el sur.

Al cabo de unos cuarenta minutos de eso escuche el alarido de mi señora. Baje todo lo que mis piernas dieron, y cuando entre en la habitación, me encontré con el panorama. Mi pobre señora, atada y amordazada, manchada de sangre de su esposo y el señor muerto en el suelo con la cabeza aplastada por el golpe.

-         Lleva con ella desde niña –nos comento Camarero por lo bajo-  se traslado a España con ella cuando salieron de Chile. Pero pase por aquí Sr. Latorre.